Eran pasadas las cuatro de la madrugada, casi no había locomoción colectiva, así es que decidimos caminar. Era complicado esconder la excitación. Lo ocurrido en el baño del pub no estaba en los planes de ambos y menos del modo en que se fueron dando las cosas. Por lo menos estaba nublado y no hacía frío. Parece que va a llover, digo, tratando de cambiar de tema y despejar un poco la mente de esas imágenes mentales que aun rondaban por mi mente. Ella me responde con una sonrisa y me hace una curiosa invitación:
- Vamos a la biblioteca.
- Bueno, digo después de varios segundos en los que me quedé pensando de lo excitante que sería revolcarnos entre tantos libros.
- La relación sexual es darle patadas a la muerte mientras cantas.
- ¿Ah? pregunté. No tuve respuesta. Luego de un par de minutos de silencio, replico:
- Bukowski.
- Bien, pequeñín me respondió con una sonrisa pícara.
- El vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar o despreciar, amar u odiar, ni cuantos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. le digo tratando de seguir con el juego y en eso me interrumpe:
- No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos y tratémosle como un igual.
Nos quedamos en silencio. Miré para ambos costados y al ver que no venía nadie, la arrinconé a la oscura entrada de un callejón y nos comenzamos a besar con locura. Mis manos no pudieron detenerse y de inmediato empezaron a acariciar sus senos. Entre besos, jadeos y manoseos, le digo: Baudelaire, a lo que ella me responde: Calla, tonto y besándome el cuello y agarrándome el paquete de tal forma que llegué a exaltarme. La situación estaba muy caliente, ya no dábamos más, pero me dijo que entre los callejones siempre hay vagabundos y mirones, por lo que sería mejor continuar hacia la biblioteca.
Llegando a ella, ella revisa entre sus ropas, pero sin éxito.
- Se me quedaron las llaves adentro fue lo único que dijo.
- Vamos a mi casa le respondí.
- ¿A tu casa? preguntó
- A mi casa, ¿Te incomoda? le expresé con recelo.
- Demos la vuelta, por la parte de atrás hay una puerta, en una de esas está abierta, nadie anda por allá replica, tomándome de la mano, caminando hacia la esquina, doblando y corriendo hasta el final de la biblioteca.
Llegando allá, entramos a un callejón que a medida que nos internábamos en él la oscuridad dominaba. De hecho no se veía el final del mismo, lo que me causó cierto cuidado. Trató de forzar la puerta, que estaba sobre pequeños escalones, pero fue imposible, estaba cerrada. Vámonos, le dije, pero no tuve respuesta. En eso se voltea, me mira y baja con movimientos felinos, me abraza y empieza a besar. Sus besos eran exquisitos, muy suaves, pero a la vez intensos y provocadores. Se sienta en los escalones y toma mi pantalón con fuerza, baja el cierre y sin más me empieza a lamer con destreza. Estaba en las nubes, su lengua sabía lo que hacía, qué mujer más caliente, se tragaba todo el pene sin mayor dificultad y luego lo recorría entero con lamidas desde mis testículos hasta el glande. No aguanté más y la tomé, la di vuelta, subí su falda y sin pensarlo le di una embestida tan profunda que soltó un grito ahogado. Esperé un momento y poco a poco comencé con suaves movimientos. Era un placer sentir como su vagina palpitaba con cada clavada. Con una mano la tomaba de la cintura y con la otra sus senos, que calientes, parecían estallar. Ya era imposible controlarme, cada vez le daba más fuerte y ella gemía de goce, se masturbaba el clítoris a la velocidad de la luz, como si estuviera tocando un charango y de repente comienza a dar saltos, gimiendo e intensificando su trabajo personal. Grita y se aleja de mí quedando de rodillas en los escalones. Estaba en éxtasis, su orgasmo fue tan intenso que parecía conmocionada. Esperé un minuto y la tomo de la cabeza, metiendo de nuevo mi pene en su boca, aún estaba con ganas, quería seguir saciando mi sed de sexo desenfrenado. Puso mi pene entre sus senos mientras seguía lamiendo y chupando. Sus tetas eran hermosas y ahora las podía sentir suaves y calientes, mimando a mi fiel amigo.
Entregado total. No había otra forma de explicar mis actos. Esta misteriosa diosa, que de día tiene apariencia de ser sosa, pero de noche es una guarra, me tenía atrapado en su red. Podía hacer lo que quisiera, incluso matarme si lo deseara y yo me dejaría.
Comienza a llover. Se pone de pie y me sienta con autoridad en los escalones, se acomoda sobre mi pene y mirando hacia el otro lado, se sienta sobre él, engulléndolo con sus fauces vaginales. La tomé de la cintura y empecé a darle con fuerza, estaba vez estaba dispuesto a terminar mi faena. Estaba loca, se tocaba los senos y se agarraba el pelo con locura. Se me cruzó la idea de darle por atrás, pero ya estaba tan extasiado, a punto de acabar que la tomé con más fuerzas que sus gemidos se escuchaban en todo el callejón. Estábamos empapados y en esa posición y sin mirarme, comienza a ahorcarme con fuerza, pero sin causar dolor, subiendo y bajando por mi pene con alevosía. No pude más, la llené de semen en un orgasmo intenso, ayudado por la esfixia y compartido, ya que sus gritos avisaron de su segundo orgasmo. Poco a poco dejó de moverse, su respiración era entrecortada y sus gemidos desaparecían. Nos quedamos quietos por varios segundos. Sacó papel higiénico de uno de los bolsillos de la chaqueta y procedimos a limpiarnos. Había sido fabuloso y no sabía si esto se iba a repetir. Sentimos un ruido en el fondo del callejón y luego un se pasó, mijita, que fue suficiente para salir corriendo del lugar bajo la intensa lluvia.
Nos seguimos viendo por un tiempo, lo hicimos en la biblioteca como queríamos y en varios lugares más, pero como nada es eterno y sin mayor escándalo, cada uno siguió con su vida. No la he podido olvidar.
- Vamos a la biblioteca.
- Bueno, digo después de varios segundos en los que me quedé pensando de lo excitante que sería revolcarnos entre tantos libros.
- La relación sexual es darle patadas a la muerte mientras cantas.
- ¿Ah? pregunté. No tuve respuesta. Luego de un par de minutos de silencio, replico:
- Bukowski.
- Bien, pequeñín me respondió con una sonrisa pícara.
- El vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar o despreciar, amar u odiar, ni cuantos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. le digo tratando de seguir con el juego y en eso me interrumpe:
- No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos y tratémosle como un igual.
Nos quedamos en silencio. Miré para ambos costados y al ver que no venía nadie, la arrinconé a la oscura entrada de un callejón y nos comenzamos a besar con locura. Mis manos no pudieron detenerse y de inmediato empezaron a acariciar sus senos. Entre besos, jadeos y manoseos, le digo: Baudelaire, a lo que ella me responde: Calla, tonto y besándome el cuello y agarrándome el paquete de tal forma que llegué a exaltarme. La situación estaba muy caliente, ya no dábamos más, pero me dijo que entre los callejones siempre hay vagabundos y mirones, por lo que sería mejor continuar hacia la biblioteca.
Llegando a ella, ella revisa entre sus ropas, pero sin éxito.
- Se me quedaron las llaves adentro fue lo único que dijo.
- Vamos a mi casa le respondí.
- ¿A tu casa? preguntó
- A mi casa, ¿Te incomoda? le expresé con recelo.
- Demos la vuelta, por la parte de atrás hay una puerta, en una de esas está abierta, nadie anda por allá replica, tomándome de la mano, caminando hacia la esquina, doblando y corriendo hasta el final de la biblioteca.
Llegando allá, entramos a un callejón que a medida que nos internábamos en él la oscuridad dominaba. De hecho no se veía el final del mismo, lo que me causó cierto cuidado. Trató de forzar la puerta, que estaba sobre pequeños escalones, pero fue imposible, estaba cerrada. Vámonos, le dije, pero no tuve respuesta. En eso se voltea, me mira y baja con movimientos felinos, me abraza y empieza a besar. Sus besos eran exquisitos, muy suaves, pero a la vez intensos y provocadores. Se sienta en los escalones y toma mi pantalón con fuerza, baja el cierre y sin más me empieza a lamer con destreza. Estaba en las nubes, su lengua sabía lo que hacía, qué mujer más caliente, se tragaba todo el pene sin mayor dificultad y luego lo recorría entero con lamidas desde mis testículos hasta el glande. No aguanté más y la tomé, la di vuelta, subí su falda y sin pensarlo le di una embestida tan profunda que soltó un grito ahogado. Esperé un momento y poco a poco comencé con suaves movimientos. Era un placer sentir como su vagina palpitaba con cada clavada. Con una mano la tomaba de la cintura y con la otra sus senos, que calientes, parecían estallar. Ya era imposible controlarme, cada vez le daba más fuerte y ella gemía de goce, se masturbaba el clítoris a la velocidad de la luz, como si estuviera tocando un charango y de repente comienza a dar saltos, gimiendo e intensificando su trabajo personal. Grita y se aleja de mí quedando de rodillas en los escalones. Estaba en éxtasis, su orgasmo fue tan intenso que parecía conmocionada. Esperé un minuto y la tomo de la cabeza, metiendo de nuevo mi pene en su boca, aún estaba con ganas, quería seguir saciando mi sed de sexo desenfrenado. Puso mi pene entre sus senos mientras seguía lamiendo y chupando. Sus tetas eran hermosas y ahora las podía sentir suaves y calientes, mimando a mi fiel amigo.
Entregado total. No había otra forma de explicar mis actos. Esta misteriosa diosa, que de día tiene apariencia de ser sosa, pero de noche es una guarra, me tenía atrapado en su red. Podía hacer lo que quisiera, incluso matarme si lo deseara y yo me dejaría.
Comienza a llover. Se pone de pie y me sienta con autoridad en los escalones, se acomoda sobre mi pene y mirando hacia el otro lado, se sienta sobre él, engulléndolo con sus fauces vaginales. La tomé de la cintura y empecé a darle con fuerza, estaba vez estaba dispuesto a terminar mi faena. Estaba loca, se tocaba los senos y se agarraba el pelo con locura. Se me cruzó la idea de darle por atrás, pero ya estaba tan extasiado, a punto de acabar que la tomé con más fuerzas que sus gemidos se escuchaban en todo el callejón. Estábamos empapados y en esa posición y sin mirarme, comienza a ahorcarme con fuerza, pero sin causar dolor, subiendo y bajando por mi pene con alevosía. No pude más, la llené de semen en un orgasmo intenso, ayudado por la esfixia y compartido, ya que sus gritos avisaron de su segundo orgasmo. Poco a poco dejó de moverse, su respiración era entrecortada y sus gemidos desaparecían. Nos quedamos quietos por varios segundos. Sacó papel higiénico de uno de los bolsillos de la chaqueta y procedimos a limpiarnos. Había sido fabuloso y no sabía si esto se iba a repetir. Sentimos un ruido en el fondo del callejón y luego un se pasó, mijita, que fue suficiente para salir corriendo del lugar bajo la intensa lluvia.
Nos seguimos viendo por un tiempo, lo hicimos en la biblioteca como queríamos y en varios lugares más, pero como nada es eterno y sin mayor escándalo, cada uno siguió con su vida. No la he podido olvidar.
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