La Revolución Bolchevique fue financiada por los banqueros de Londres y Wall Street para, entre otras cosas, conseguir el control de Rusia. El plan era extender la revolución comunista, una vez triunfara en Rusia, a otros estados que aun no estaban bajo su control. Una vez hubera tenido éxito esa primera fase, para desalentar el ideal comunista, harían fracasar a esos nuevos gobiernos y los transformarían en socialdemocracia.
Todo iba estupendamente, pero pasó algo imprevisto: Lenin murió y Trotsky, que se supone que iba a sucederlo, se encontraba enfermo, lo cual permitió a Stalin, que no era un agente de Wall Street como esos otros dos, tomar el control del estado transformando el cargo de Secretario General del Partido Comunista, cargo que sus compañeros detestaban porque implicaba tener contacto directo con las bases y tener con ellas interminables reuniones, en la más alta magistratura del estado, haciéndose, de esa forma de facto, presidente de la Unión Soviética (aunque ese cargo nunca existió hasta Gorbachov).
Stalin desarticuló todos los intentos de los Bolcheviques de extender la revolución comunista a otros países, lo cual frustró los planes de Londres y Wall Street que vieron impotentes como su magnífica conspiración se vino abajo.
Stalin a su vez, inmediatamente tras tomar el control, inició una purga despiadada para eliminar del partido, del gobierno y del país a todos los amigos, simpatizantes y colaboradores de Trotsky, no dejó a ninguno vivo, porque sabía perfectamente que si no los borraba del mapa tarde o temprano, con éxito o con sin él, lo intentarían eliminar.
Stalin ha pasado a la historia como un cabrón, pero es gracias a él que el NWO no consiguió su plan de dominar a Rusia. Y a día de hoy todavía no lo ha conseguido.
Rusia hoy es capitalista.