Sueño humedo

JuanitoBandolero

Usuario Nuevo nvl. 1
22 Oct 2026
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Iquique
Este es un sueño húmedo donde cambie el nombre de la doncella.....para proteger a los inocentes. Espero les guste.

El calor en el viejo edificio Sindicato de Artesanos estaba espeso de tanta concurrencia a la peña donde minutos antes había tocado, pero la cosa cambió cuando vi que ella había ido. Fui hacia ella, sonreí y saqué a Adelita de la multitud, y nos fuimos escalera arriba. Los peldaños de madera crujían en cada paso, ahogando de a poco el ruido de las guitarras hasta quedar como un murmullo. Yo iba detrás suyo viendo el espectaculo que ofrecía su contoneo. Entramos a una pieza vacía que olía a encierro, a madera vieja y a la humedad de la noche.
La acerqué despacio contra la pared. Estábamos completamente solos y le tomé la cintura mientras me quedé mirando su boca en la penumbra.
Me acerqué a su oído y le susurré, casi rozándole mis labios a un volumen que solo ella pudiera oir:
—Tanto tiempo aguantándo las ganas en la oficina... hoy no.
Se estremeció entera. Empecé a recorrerla sin apuro, subiéndole la falda despacio para sentir el calor de sus contorneadas piernas. Subí mi mano hasta acariciar su suave cola a la vez que buscaba llegar a la humedad de su sexo que ya traspasaba su ropa interior, sintiendo cómo se aflojaba a mi tacto. Con la otra mano, buscaba sus lindos pechos, esos que me gusta ver de reojo cuando usa escote, para sentir sus latidos.
Ahí empezó todo. La levanté un poco para afirmarla contra la pared. Ella me rodeó la cintura con las piernas y se aferró mi camisa mientras entraba en ella despacio, abriéndome paso desde el primer instante. Soltó un gemido denso que ahogó apretando la cara contra mi hombro, entregada por completo al momento.
Estuvimos así marcando un ritmo que hacía crujir la madera de la casona. Después la bajé con cuidado y la llevé hacia una mesa baja que había en un rincón. La giré y le apoyé las manos sobre la tabla. Adelita inclinó el cuerpo hacia adelante, respirando hondo, expuesta a la luz tenue que entraba por la ventana dejando ver esa colita que seguía cada vez que la veía caminar.
Desde atrás entré de nuevo con una estocada lenta y larga. Las manos se me afianzaron en sus caderas para llevar el ritmo. El sudor ya nos pegaba la piel. Las embestidas cambiaban entre un ritmo lento que la hacía arquearse y ráfagas más rápidas que la dejaban casi sin aire. Apoyada sobre la mesa, entregada al vaivén, sentí como no aguantó más: su cuerpo se apretó en espasmos seguidos y terminó temblando, hundiéndose contra la tabla.
Sin darle tiempo a reaccionar, aproveché el impulso y la humedad para meterme por el camino más estrecho. Fue directo, sin aviso. Adelita soltó un gemido sordo, ahogado, y se agarró con fuerza del borde de la mesa, con el cuerpo rígido ante lo inesperado. Pero a medida que me movía, la sorpresa dio paso a un placer que no se esperaba. La tomé del pelo y volvió a arquear la espalda, entregándose a esa presión distinta y más apretada, hasta que apuré el ritmo hasta que no pude aguantar más. Un último temblor me arrastró a mí, dejándome caer encima de ella en la penumbra.