Siendo cierto que tenemos un IDH muy alto, es claro que no somos un país desarrollado en términos relativos. Hemos avanzado bastante en esa dirección, pero seguimos estando "en vías de" en comparación al primer mundo. Empero, es bueno notar que lo que le exigimos a nuestra propia sociedad aumentó; varios ya están usando como parámetro de éxito a esos países del primer mundo. A mediados del siglo XX, cuando Chile era pobre, éramos un país del montón dentro de latinoamérica, por debajo de otros vecinos cercanos; hoy en cambio tenemos el IDH más alto de esta región, y ya no tiene mucho mérito ganarles. Nuestro umbral se desplazó, lo que es un indicio claro de avance.
Sobre el descontento, bueno, hay cosas que muchos chilenos hoy dan por sentadas, que parecen obvias, pero que a la luz de los datos y hasta el testimonio de generaciones más antiguas, antes no lo eran. Las buenas cifras en esperanza de vida, nivel de nacidos vivos, infraestructura vial, nivel de alfabetización, número viviendas con alcantarillado, y un enorme etcétera, son avances que Chile logró gracias a un proceso de décadas de crecimiento y desarrollo. Hoy siguen existiendo muchos países que tienen un pésimo desempeño en estas cuestiones, ya basales para nosotros.
Es comprensible que llegados a este punto muchos comiencen a concebir al desarrollo como algo relativo, piensen en la desigualad y pongan sus ojos en quienes tienen más. Todo este crecimiento de las expectativas y afán de movilidad social a través de cosas como la educación tiene como precedente el éxito de Chile hasta ahora. Lamentablemente este fenómeno tiene sus riesgos, porque, como se ha visto, las expectativas de la gente pueden crecer más rápido de lo que crece el país, y llevar a buena parte de las personas a sentirse frustradas por no tener el nivel de vida que observan en otros. Mauricio rojas llama a esto el "malestar del éxito". Bajo esta dinámica existe la posibilidad de que florezcan los populismos, porque éstos suelen usar el descontento, y pueden obtener buenos resultados electorales realizando ofertones en que se ""adelanta"" el desarrollo; convencen a la gente de que pueden obtener todos los beneficios del primer mundo ahora ya, y sin efectos secundarios indeseados, lo que por supuesto es más falso que billete de 700. Ese cortoplacismo del que se nutren los chantas es lo que puede frustrar nuestro camino al desarrollo real.