Suele decirse que la agresividad, en los animales, es un instinto primario. Su misión estaría relacionada con la conservación de la especie, pero no con el mal. De hecho, la agresividad no es mala. Se trata de una herramienta necesaria para la supervivencia de todo ser vivo. Permite al pollo esforzarse para romper la cáscara. La agresividad es la responsable de instigar al girasol a orientar sus hojas y girar en dirección a la luz solar. Es el elemento que provoca que el bebé luche por la supervivencia en cada una de sus etapas. Aún y así, hay otras teorías que defienden que la agresividad es producto de la influencia del ambiente y por tanto lo relaciona con el aprendizaje social. Sin embargo, la violencia, con ensañamiento o no, parece que es únicamente patrimonio de la humanidad y en ello hay un acuerdo entre todos los antropólogos y etólogos.
Hay quien afirmará que el tiburón blanco y su ataque indiscriminado a todo lo que se mueve, ya sea un casco de una embarcación, una jaula metálica o a un hombre, es violencia o agresividad gratuita. Otros dirán que el ataque brutal de la ballena asesina y el desprecio con el que desgarra y hace saltar por los aires a sus presas, es violencia o agresividad gratuita. La etología nos dice que eso no es así y que todo tiene una explicación. Por ejemplo, se ha descubierto que el tiburón blanco se queda ciego antes de morder porque cierra los ojos para protegerlos, justo antes de cerrar la boca. Por tanto en realidad no sabe lo que está atacando o desgarrando.
En el caso de la orca, el comportamiento descrito, aparece cuando hay crías presentes a las que hay que educar y despertar el instinto cazador. Por lo tanto, podríamos determinar que hay una diferencia importante entre agresividad y violencia.
En cuanto al origen de esta última, tampoco hay un consenso ya que se mezclan muchas explicaciones, ya sean genéticas, ambientales, culturales o por efecto del consumo de estupefacientes. En ello los expertos no se ponen de acuerdo como tampoco lo hace la criminología en el momento de abordar el tema de los modelos explicativos del comportamiento criminal. Las estadísticas tampoco ayudan porque las encuestas de victimización no concuerdan con las estadísticas policiales y judiciales en el momento de determinar las tendencias al fenómeno criminal. Las estadísticas de criminalidad tienen sus defectos porque hay muchas variables que son extremadamente difíciles de controlar como los actos criminales no denunciados (cifras negras).
En cuanto a la agresividad en la mujer y en el hombre también hay diferencias y ello se puede detectar en la población presidiaria. Aún y así, los niveles de criminalidad en la mujer están aumentando mucho. Siguiendo los datos proporcionados por estadísticas de los Estados Unidos, las detenciones de hombres son del orden de cuatro o cinco veces superiores al de la cifra de las mujeres.
Aquellos que nos dedicamos a impartir clases de artes marciales o de defensa personal, nos damos cuenta de esta diferencia de la agresividad entre el hombre y la mujer. De hecho, los cerebros son diferentes y la respuesta ante un mismo estímulo externo como una agresión, no depende sólo de la cultura o de la educación, sino que tiene un origen fisiológico. La mujer tiene mucho más reparo en utilizar la agresividad o la violencia como respuesta a un ataque previo. A veces es difícil conseguir que golpeen, sin miedo, no sólo a su uke o sparring sino a incluso al palo o al saco.
Todo ello se puede explicar estudiando el funcionamiento del cerebro de la mujer en el que ejerce una función muy importante la parte emocional y la neurona espejo. Ellas son las responsables que hacen que la lástima, la empatía hacia el agresor, se manifiesten mucho más que la respuesta agresiva de autoprotección.
La amígdala, el monstruo indomable del cerebro y que es el horno de los instintos, es mayor en los hombres y es controlada por el córtex prefrontal que madura de uno a dos años antes en las mujeres y es mayor en ellas. Hay otros elementos importantes en esas diferencias entre cerebros, como son las hormonas. La hormona testosterona es predominante en el hombre y es la encargada del vigor, la agresividad, la insensibilidad, la energía, frente al estrógeno de la mujer; que tiene muy buenas migas con aquello que hace que el cerebro se apacigüe y se sienta bien; es decir con las dopaminas, oxitocinas y todo aquello que seda y calma.
Violencia, agresividad, violencia de género, criminalidad; su génesis, su origen, son elementos todos ellos que nos pueden hacer entender un poco más sobre este mundo tan complejo. Una de las conclusiones a las que se está llegando también, es que por lo que parece, el crimen no es monopolio de ninguna clase social igual que tampoco el de los malos tratos. Aunque, de nuevo, las estadísticas marquen que los crímenes con más violencia, se ejercen en las ciudades y desde las zonas más deprimidas, los informes de autodenuncia indican que también las leyes son vulneradas por las clases medias y alta. Un sinfín de preguntas quedan aún por responder y estudiar.
Por Oriol Petit
Instructor. Escuela Sui-Lin-Dao
Saludos
Hay quien afirmará que el tiburón blanco y su ataque indiscriminado a todo lo que se mueve, ya sea un casco de una embarcación, una jaula metálica o a un hombre, es violencia o agresividad gratuita. Otros dirán que el ataque brutal de la ballena asesina y el desprecio con el que desgarra y hace saltar por los aires a sus presas, es violencia o agresividad gratuita. La etología nos dice que eso no es así y que todo tiene una explicación. Por ejemplo, se ha descubierto que el tiburón blanco se queda ciego antes de morder porque cierra los ojos para protegerlos, justo antes de cerrar la boca. Por tanto en realidad no sabe lo que está atacando o desgarrando.
En el caso de la orca, el comportamiento descrito, aparece cuando hay crías presentes a las que hay que educar y despertar el instinto cazador. Por lo tanto, podríamos determinar que hay una diferencia importante entre agresividad y violencia.
En cuanto al origen de esta última, tampoco hay un consenso ya que se mezclan muchas explicaciones, ya sean genéticas, ambientales, culturales o por efecto del consumo de estupefacientes. En ello los expertos no se ponen de acuerdo como tampoco lo hace la criminología en el momento de abordar el tema de los modelos explicativos del comportamiento criminal. Las estadísticas tampoco ayudan porque las encuestas de victimización no concuerdan con las estadísticas policiales y judiciales en el momento de determinar las tendencias al fenómeno criminal. Las estadísticas de criminalidad tienen sus defectos porque hay muchas variables que son extremadamente difíciles de controlar como los actos criminales no denunciados (cifras negras).
En cuanto a la agresividad en la mujer y en el hombre también hay diferencias y ello se puede detectar en la población presidiaria. Aún y así, los niveles de criminalidad en la mujer están aumentando mucho. Siguiendo los datos proporcionados por estadísticas de los Estados Unidos, las detenciones de hombres son del orden de cuatro o cinco veces superiores al de la cifra de las mujeres.
Aquellos que nos dedicamos a impartir clases de artes marciales o de defensa personal, nos damos cuenta de esta diferencia de la agresividad entre el hombre y la mujer. De hecho, los cerebros son diferentes y la respuesta ante un mismo estímulo externo como una agresión, no depende sólo de la cultura o de la educación, sino que tiene un origen fisiológico. La mujer tiene mucho más reparo en utilizar la agresividad o la violencia como respuesta a un ataque previo. A veces es difícil conseguir que golpeen, sin miedo, no sólo a su uke o sparring sino a incluso al palo o al saco.
Todo ello se puede explicar estudiando el funcionamiento del cerebro de la mujer en el que ejerce una función muy importante la parte emocional y la neurona espejo. Ellas son las responsables que hacen que la lástima, la empatía hacia el agresor, se manifiesten mucho más que la respuesta agresiva de autoprotección.
La amígdala, el monstruo indomable del cerebro y que es el horno de los instintos, es mayor en los hombres y es controlada por el córtex prefrontal que madura de uno a dos años antes en las mujeres y es mayor en ellas. Hay otros elementos importantes en esas diferencias entre cerebros, como son las hormonas. La hormona testosterona es predominante en el hombre y es la encargada del vigor, la agresividad, la insensibilidad, la energía, frente al estrógeno de la mujer; que tiene muy buenas migas con aquello que hace que el cerebro se apacigüe y se sienta bien; es decir con las dopaminas, oxitocinas y todo aquello que seda y calma.
Violencia, agresividad, violencia de género, criminalidad; su génesis, su origen, son elementos todos ellos que nos pueden hacer entender un poco más sobre este mundo tan complejo. Una de las conclusiones a las que se está llegando también, es que por lo que parece, el crimen no es monopolio de ninguna clase social igual que tampoco el de los malos tratos. Aunque, de nuevo, las estadísticas marquen que los crímenes con más violencia, se ejercen en las ciudades y desde las zonas más deprimidas, los informes de autodenuncia indican que también las leyes son vulneradas por las clases medias y alta. Un sinfín de preguntas quedan aún por responder y estudiar.
Por Oriol Petit
Instructor. Escuela Sui-Lin-Dao
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