La Tierra completa un giro sobre sí misma cada (aproximadamente) 24 horas. Ese es el motivo de la sucesión de días y noches que experimentamos, ya que a medida que el planeta rota sobre su eje, diferentes partes de su superficie van quedando expuestas a la luz proveniente del Sol. El perímetro de nuestro planeta, medido sobre el ecuador, es de 40.000 kilómetros. No es extraño que se trate de un número redondo, ya que originalmente -en 1791- se definió al metro como la “diezmillonésima parte de la distancia que separa el polo de la línea del ecuador terrestre”. Con estos dos valores podemos calcular la velocidad lineal a la que se desplaza un cuerpo situado sobre el ecuador: basta con dividir los 40,000 kilómetros que recorre cada día por 24 horas para obtener unos bonitos 1666 kilómetros por hora.
Ninguna estructura hecha por el hombre podría resistir un golpe semejante.
Ninguna estructura hecha por el hombre podría resistir un golpe semejante. Tampoco quedaría un árbol en pie, y las laderas de las montañas serían “lavadas”, dejando al descubierto rocas que llevan sepultadas millones de años. Con el paso del tiempo el agua buscaría una posición de equilibrio, y las tierras altas volverían a estar secas. Pero como veremos más adelante, la configuración de los océanos sería muy diferente.
Ninguna ciudad sobreviviría a una detención brusca del planeta. Dejando de lado el colosal Tsunami, las fuerzas en juego sobre las estructuras, al producirse la desaceleración brusca, harían que cada ladrillo que compone cada edificio salga disparado. Hay que aclarar que la velocidad calculada anteriormente sólo es válida sobre el ecuador, y a media que nos acercamos a los polos esta velocidad lineal es menor. No obstante, las zonas pobladas -generalmente ubicadas en zonas alejadas de los polos- igualmente quedarían destruidas.
Lo mismo pasaría con las represas, centrales nucleares, depósitos de combustible y todo lo que puedas imaginarte. Primero se derrumbarían, y luego serían barridas por las aguas. El planeta quedaría limpio de ciudades, que serían reemplazadas por grandes extensiones de escombros y trozos de acero.
Las ciudades serían reemplazadas por grandes extensiones de escombros.
Pero aun si la Tierra se detuviese lentamente (algo que, de hecho, está ocurriendo aunque a un ritmo prácticamente imperceptible) y no fuésemos barridos por las aguas, igualmente las cosas se pondrían bastante feas. En primer lugar, el 50% de nuestro planeta quedaría sumido en una noche eterna, mientas que el resto “disfrutaría” de un día perpetuo. Estos cambios serían catastróficos para la vida, porque producirían una brutal alteración del clima.
La cara de la Tierra que quedará permanentemente orientada hacia el Sol acabaría convertida en un desierto, con temperaturas insoportables que convertirían a los océanos en cuencos hirvientes de los que se levantarían monstruosas columnas de vapor de agua. Esa cantidad de vapor convertiría la atmósfera una especie de invernadero, que a su vez provocaría más cambios climáticos.
Se crearian centenares de volcanes en pocas horas.
Mientras tanto, la “cara oscura de la Tierra”, soportaría temperaturas bajísimas y lluvias torrenciales, que se convertirían en un grueso manto de hielo. Como consecuencia de las extremas diferencias térmicas entre ambas caras (la expuesta al Sol y la oculta), violentos vientos huracanados azotarían constantemente el globo. Si bien no pereceríamos instantáneamente víctimas de la aceleración o los derrumbes de las ciudades, la pasaríamos muy -realmente muy– mal. Existe alguna posibilidad de supervivencia en refugios adecuados, pero a largo plazo sería bastante difícil mantenerse vivo, sobre todo porque el resto de la vida sobre el planeta (que constituye nuestro alimento) quedaría prácticamente reducida a cero.
No hemos considerado en nuestro ejercicio de imaginación los efectos que tendría sobre el planeta la esfera de hierro fundido que conforma su núcleo. Es posible que, al detenerse la tierra, la inercia de esta masa de metal líquido interactuase de formas difícilmente imaginables con las placas tectónicas de la superficie, creando cientos de terremotos de una intensidad jamás vista, originando centenares de volcanes durante el proceso.
Es posible que a esta altura del artículo –suponiendo que hayas llegado hasta aquí- estés pensando que nos hemos drogado con algo en mal estado para ponernos a pensar en estas cosas. Sin embargo, hubo científicos absolutamente respetables que se han planteado la cuestión seriamente, y hasta han elaborado sofisticados modelos informáticos destinados a calcular los efectos que tendría una catástrofe como ésta. En el Applications Prototype Lab, una plataforma experimental de la casa de software de información geográfica ESRI, se elaboró un programa destinado a averiguar qué les sucedería a los océanos de nuestro planeta si éste dejase de girar.

La gravedad del planeta sería la fuerza dominante sobre las masas de agua.
La respuesta del simulador es sorprendente, aunque se limita a mostrar lo que la física determina. El mapa que acompaña este artículo muestra los resultados de la simulación. Al no existir las fuerzas originadas por el movimiento circular, la gravedad del planeta sería la fuerza dominante sobre las masas de agua. Una gran parte del contenido de los océanos migraría hacia las regiones polares, donde el campo gravitatorio es más fuerte que en el ecuador, debido a la peculiar forma de geoide de la Tierra. De un día para otro aparecerían dos grandes océanos polares, y una gran franja de tierras ecuatoriales emergería de las aguas. La línea roja del mapa representa la divisoria entre los dos nuevos hemisferios según el balance de las aguas entre ellos.
Naturalmente, esto únicamente es un ejercicio imaginario, alejado de cualquier escenario real. Considerar la posibilidad de que nuestro planeta dejara algún día de girar, por cualquier motivo, es absolutamente absurdo, pero no puedes negar que resulta interesante jugar un poco con los resultados que tendría semejante cosa.
INSPIRADO EN LA NASA
NEOTEO