Reencuentro con mi primer amor, años después...

Palomoo

Usuario Habitual nvl.3 ★
5 Ene 2020
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Puerto Varas
Haré un pequeño resumen antes de iniciar esta nueva historia, cuyos orígenes viene de hace años…

Cuando estaba en la universidad, yo hacía clases particulares de matematicas paa generar lucas, en donde le hice clases a varias personas (obvio que tenía mi preferencia a mujeres que ayudar a hombres) y dentro de esas personas estaba Sandra, una chica (de ese entonces de 18años) la cual era muy tímida y con problemas de ego, ya que era lisiada por un accidente en su niñez (aqui esta la historia https://www.portalnet.cl/temas/pituteando-de-profe.1523754/#post-194944430 ). Al poco tiempo de empezar sus clases, empezamos a tener una mayor cercanía y confianza, hasta que se dieron las cosas y debutó sexualmente conmigo y se convirtió en mi mujer por ese año (ella iba en 4to medio) y después de ese año perdimos el contacto y en pandemia nos volvimos a reencontrar, en donde ella aún sigue en silla de ruedas, pero está casada, tiene un par de hijos y vive en Puerto Montt… pero a pesar de todo, eso no fue impedimento para vernos después de más de 15 años (aqui la historia del reencuentro https://www.portalnet.cl/temas/reencuentro-anos-despues-con-mi-alumna.1524602/#post-194949785 ).

Ya habían pasado algunos años desde aquel inolvidable encuentro en Puerto Montt. Aunque nuestras vidas siguieron caminos distintos. Por mi lado enfocado al desarrollo profesional y Sandra enfocada a su familia y trabajando part time en lo que estudio. Pero pese a eso, después de ese viaje quedó entre nosotros una línea directa de deseo… una especie de promesa tácita. No hacían falta muchos mensajes para encender la chispa. Bastaba un emoji, una foto sugerente o un simple “¿te acuerdas?” para que todo volviera a vibrar. Y tener una sesión de sexting, una videollamada caliente o decirnos Te Amo y Te Deseo.

Y volviendo a esta historia, estábamos en Marzo (en donde se recrea esta historia), habían pasado unas semanitas desde mi viaje a Coyhaique con mi pareja y un día martes me dicen en mi trabajo que tenía que viajar el jueves a Puerto Montt, asi que apenas me dijeron eso, me acordé de Sandra y le mande un mensaje:

—“Sandra… ¿estás libre el jueves en la tarde para el viernes?”

La respuesta no demoró ni un minuto:

—“¿Vienes? Te espero con las piernas abiertas.”

Tras esa respuesta, la llamé y le dije que llegaba el jueves en la mañana a Puerto Montt, en donde tendría unas reuniones y que a media tarde ya estaria desocupado y que en vez de regresar ese día a Santiago, me quedaría una noche. Ella me dijo que su marido estaría en Chiloé hasta el viernes por la mañana y que sus niños dormirían donde su madre. Después de esa conversación, me di cuenta que estaba todo estaba alineado, asi que realicé la solicitud de un fondo por rendir, compré los pasajes, hice la reserva de un airbnb y llegando a Puerto Montt arrendaría un auto (el reencuentro sería financiado por mi empresa)

Llegó el jueves, a las 5am estaba en el aeropuerto y a las 8 ya estaba saliendo con un auto sedan arrendado desde El Tepual, directo a la empresa que iba a visitar y a las 15horas estaba saliendo de un almuerzo, quedando libre para juntarme con Sandra, asi que con ansiedad le dije que estaba listo y me dice que la pase a buscar en media hora, asi que pasé a comprar unas cositas para la estadía) y en pocos minutos ya estaba en la entrada de su villa, con el motor andando me tome ayuda azul (por el hecho que me gusta eyacular y luego tener mi miembro listo para otro round) y de pronto ella salió de su casa en su silla, vestida con un suéter de cuello alto, rojo ajustado (realzando sus tetas) y unos jeans claros. Además andaba con su pelo suelto, labios pintados y usaba un perfume dulce que sentí apenas la ví. Anduvo unos metros en su silla y se acercó al auto en donde estaba y la ayudé en subir al auto, sujetándola de la cintura, acariciando su espalda baja mientras la acomodaba.

—Te ves increíble —le susurré cerca del oído.

—Y tú hueles a ganas —me respondió, con esa sonrisa pícara que me dejaba sin defensa.

Durante el camino hacia la cabaña no hablábamos mucho, solo nos mirábamos. Sus dedos jugaban con mi muslo, yo me concentraba en ver de reojo el tamaño de sus tetas, ya que se veian bastante más grandes desde la ultima vez que nos vimos, entonces un poco antes de llegar a la 5, para tomar camino a Pto.Varas (rumbo a la cabaña), hice un desvio y no aguante las ganas de besarla y manosearla. Allí en el auto le quito su chaleco y aparece el cuerpo de ella con una polera blanca de tirantes y sostén rojo.

Tras su sesión de besos y manoseo, le desabroché el sostén, con un agil movimiento se lo quita y asi quedó con una polera a la cual se le marcaban sus pezones y los cuales los chupé por sobre la polera, dejando con mi saliva húmeda esa parte de la polera. De eso retomé rumbo a la cabaña, pero con ella asi, sin vestirse más y aprovechaba cada momento en poner mis manos en sus tetas. Al llegar al recinto de la cabaña, estacioné, apagué el motor y me giré hacia ella.

—¿Estás lista?

—He estado lista desde que me escribiste ese mensaje, Gabriel.

—Voy a buscar la llave de la cabaña y entramos

Esta vez, bajé a buscar la llave de la cabaña, me demoré unos minutos y volvi al auto, encendi el auto y lo dejé estacionado en la puerta de la casa, asi que luego saque los bolsos (de ella y mio) y entré la silla de ruedas a la casa y la llevé en brazos, colocando sus tetas en mi rostro. Entré y la senté al borde de la cama y yo me acomodé a su lado. La tome de sus manos y sin dejar de mirar sus ojos, empecé a besarla con deseo contenido por años. Sus manos acariciaban mi cuello, mis mejillas, como si quisiera confirmar que no era un sueño.

—Te extrañé tanto —me dijo al oído, jadeando apenas—. Nadie me hace sentir lo que tú.

Mis manos se perdieron bajo su polera, acariciando su espalda, bajando por su cintura hasta llegar a su trasero. Su piel estaba tibia, suave. Al subirle la polera, vi sus hermosas tetas, bien grandes y formadas, asi que la recosté en la cama con cuidado. Le saqué el jeans con paciencia, quedando solo en una tanga también roja. Mientras la desnudaba y tocaba ella me miraba sin decir nada, solo respirando profundo, con los ojos brillando, sus pezones ya duros, su vientre temblando.

Me quité la ropa rápido, pero sin perder la conexión visual con ella. Cuando quedé completamente desnudo, sus ojos bajaron a mi erección y sonrió.

—No has cambiado nada… sigues igual de rico.

—Tú sí que estás mejor… mucho mejor —le dije mientras me arrodillaba entre sus muslos abiertos.

Le bajé lentamente su tanga, dejando expuesta su piel húmeda, su aroma inconfundible. Besé sus muslos, su pubis, sus caderas y cuando llegué a su centro, me hundí en ella, disfrutando de su sabor, su calor, sus gemidos. Ella se arqueaba, apretaba la sábana, se aferraba a mí. Su cuerpo vibraba al ritmo de mi lengua, y cuando le metí los dedos y empecé a estimularla con precisión, su voz se quebró:

—¡Gabriel…! ¡Me vengo!

Su cuerpo se sacudió, sus piernas temblaron, ya que su clímax fue largo, húmedo, cálido. La lamí entera, bebí de ella como un sediento. Luego subí por su cuerpo besándola, lamiéndola, adorando cada centímetro de su piel. Nos miramos, y sin decir nada, ella llevó mi pene a la entrada de su conchita y finalmente entré en ella, muy despacio y hasta el fondo.

Nos quedamos allí, unidos, pegados, respirando juntos. Sus ojos estaban húmedos. No de tristeza, sino de esa emoción profunda que mezcla el placer con lo prohibido, con lo que no se olvida.

—Muévete, amor… —me dijo— Quiero sentirlo todo.

Y obedecí. La tomé de la cintura y empecé a embestirla. Su cuerpo se movía conmigo, sus tetas rebotaban delicioso. La penetraba con pasión, con ritmo, con cariño y con lujuria. Con cada gemido suyo sentía que lo nuestro no era simple sexo: era una explosión de historia, deseo y complicidad.

Después de varios minutos en esa posición, ella se sentó sobre mí. Moviéndose lenta, después rápida, después frenética. Yo tenía las manos en sus tetas, en su cintura, en su boca. La besaba como si me la fueran a quitar. Y cuando sentí que no aguantaba más, le dije:

—Me voy a correr…

Ella bajó, se arrodilló al costado de mi, me miró y abrió la boca. Y cuando estallé, recibió cada gota de mi leche con una sonrisa y con su lengua se tragó todo.

Después nos abrazamos, nos reímos, tomamos un poco del espumante que habia comprado, preparé la tina del jacuzzi que tenía la cabaña y mientras se llenaba de agua caliente, el vapor nos envolvía en una neblina húmeda y densa, dándonos la sensación de que el tiempo se hubiera detenido. Pasaron unos minutos hasta que la tina quedó llena de agua y le puse las burbujas, allí fui a la cama, con cuidado me traje a Sandra a la tina y la senté frente a mí.

Ella se metió a la tina dejando sus piernas sumergidas y el cuerpo apenas cubierto por el agua, sus tetas sobresalían húmedas, brillantes, coronadas por pezones endurecidos. Ella me miraba, juguetona, mientras acariciaba la superficie del agua con la yema de sus dedos, dibujando círculos lentos.

—Siempre quise hacer esto contigo —dijo en voz baja, con una sonrisa traviesa—. Estar en una tina de jacuzzi, así… mojada, desnuda… caliente.

—Y yo siempre soñé con verte así… —le respondí, acercándome y colocando mis manos sobre sus muslos sumergidos.

Acaricié su piel bajo el agua, subiendo lentamente hasta su centro, donde mis dedos sintieron su calor, su humedad natural mezclada con el agua tibia. Ella se mordió el labio y echó la cabeza hacia atrás mientras yo le abría las piernas y la senté en el borde para hacerle sexo oral.

La lamí con una lentitud calculada. El calor del agua y el sabor suave de su conchita eran una combinación embriagadora. Ella gemía bajito, con los ojos cerrados, mientras una de sus manos sujetaba el borde de la tina y la otra se enterraba en mi cabello. Mis dedos se unieron al juego, abriéndola con delicadeza, mientras mi lengua se concentraba en su clítoris, presionando, succionando, dibujando círculos lentos y sensuales.

Su respiración se volvió más agitada. Su cuerpo se arqueaba en pequeños espasmos controlados, como si el agua la fundiera poco a poco en puro deseo.

—No pares… por favor… no pares…

La hice temblar. Llegó al orgasmo gimiendo mi nombre, apretándome la cabeza contra su pelvis con una intensidad que me provocó una erección aún más feroz. Al salir de su entrepiernas, mis labios brillaban con su humedad. Me senté otra vez, respirando fuerte, mirando su cuerpo relajado y satisfecho, aún vibrante.

Pero no terminaba allí, ya que sali de la tina, me senté en el borde y con mi ayuda Sandra se sentó sobre mi, quedando de frente a mí. Mis manos la sujetaron por la cintura, y su mirada se clavó en la mía mientras con una mano guiaba mi pene a la entrada de su conchita, aún palpitante y abierta. Y se dejó caer sobre mí, despacio, haciéndome gemir al sentirla tan caliente, tan estrecha, tan viva. Se acomodó, exhalando y empezó a moverse con sensualidad, como si bailara en cámara lenta. El agua se agitaba en ondas que salpicaban nuestros cuerpos, pero el ritmo lo marcaban sus caderas, sus gemidos, sus uñas en mi espalda.

—Gabriel… —susurraba con cada movimiento—. Te necesitaba tanto…

Yo lamía sus pezones, los atrapaba con mis labios, los mordía con suavidad, mientras ella cabalgaba sobre mí. Nuestros cuerpos mojados se deslizaban sin esfuerzo, fundidos por el agua, el deseo y el recuerdo. Aceleró el ritmo y yo la sujeté con más fuerza, mis manos en sus nalgas, haciendo cada embestida más profunda, más intensa, más húmeda. Estábamos tan compenetrados que apenas necesitábamos palabras.

—Dámelo adentro… quiero sentirlo todo.

Y con un par de estocadas más, exploté dentro de ella, un orgasmo fuerte, caliente, envolvente, que me hizo apretar los dientes y hundirme aún más en su cuerpo. Ella también llegó al suyo, temblando en mis brazos, con la boca abierta y las mejillas enrojecidas.

Nos quedamos así, pero bajamos a la tina fundidos, abrazados, rodeados por el calor del agua, por el aroma del deseo y el humo tenue del vapor. Sandra apoyó su frente en mi hombro y murmuró:

—Esto… no es solo sexo.

—No. Esto es más… fue lo que siempre debimos tener.

Después de un rato, salimos del agua, nos secamos con toallas tibias y nos acostamos desnudos en la cama frente a la chimenea encendida. Sandra se acurrucó sobre mí, su cabeza en mi pecho, mientras yo jugaba con su cabello húmedo.

Luego nos dimos el espacio para que nada uno avisara a sus parejas que estaba bien, Yo le dije a Paulina que estaba donde mis padres, mientras Sandra le dijo a su esposo que se habia acostado temprano y luego nos dormimos entre caricias suaves, suspiros dulces y promesas no dichas, sabiendo que lo que habíamos vivido esa tarde era más que un reencuentro era una deuda con el pasado, saldada con sudor, placer y fuego.

Y nos quedamos acurrucados hasta quedarnos dormidos, pero yo desperté pasadas las 3 de la mañana, la habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por los últimos restos de la chimenea que se resistía a apagarse. El aire olía a madera húmeda, a piel, a sexo recién vivido. Sentía el calor del cuerpo de Sandra pegado al mío, respirando suave, con una mano en mi pecho y una pierna entrelazada a la mía. Dormía profundamente, pero con una paz en su rostro que pocas veces había visto.

La miré largo rato, acariciándole el cabello, sintiendo cómo su respiración pausada se deslizaba por mi cuello. No podía evitar desearla de nuevo (ya que sabia que temprano ella se iría de mi lado y queria más), asi que me incliné con cuidado, besé su frente, luego su mejilla y al llegar a sus labios, ella abrió los ojos, con una sonrisa cansada y los ojos brillantes de madrugada.

—¿No puedes dormir? —susurró, con voz suave.

—No… —le respondí, acariciando su espalda—. Te estoy mirando… y deseando.

Sandra no dijo nada. Solo se mordió el labio inferior y se giró de lado, ofreciéndome su cuerpo desnudo entre las sábanas. Su piel seguía cálida, su aroma más fuerte, más mezclado con la intensidad de lo vivido. Mi mano se posó en su cintura, luego bajó lento por su cadera y ella cerró los ojos otra vez, entregándose por completo.

La besé, primero la espalda, luego el hombro, después el cuello. Todo en silencio, mientraS Ella se arqueaba apenas ante cada beso, su respiración volvia a ser intensa y sus pezones volvian a endurecerse al contacto con el aire y mis labios.

Sin apuro, la giré boca arriba, me posicioné sobre ella, mis labios buscando los suyos. Nos besamos largo, profundo, como si el tiempo se estirara. Luego bajé por su cuerpo con lentitud casi dolorosa. Lamí sus pechos, jugué con su ombligo, llegué a su entrepierna. Estaba húmeda otra vez. Cálida. Viva.

—Estás mojada de nuevo… —le susurré, con la lengua rozando apenas su clítoris.

—Es que mi cuerpo ya sabe lo que viene… —contestó.

La devoré como la primera vez. Esta vez con más ternura, pero no menos intensidad. Usé mi lengua con precisión, acariciándola por dentro y por fuera con mis dedos, provocando pequeños espasmos en su pelvis. Se retorcía suavemente bajo mis manos, mordiéndose los labios para no gritar, cubriéndose el rostro con el antebrazo mientras su cuerpo se sacudía al ritmo de mi lengua.

Su orgasmo llegó de manera intensa y silenciosa. Cuando dejó de temblar, me arrastré sobre ella y nos volvimos a besar. Entonces me acomodé entre sus piernas y con una mano, guié mi erección dentro de ella otra vez. Entré despacio. Todo estaba en silencio, salvo nuestros jadeos y el crepitar leve del fuego.

Nos movíamos como uno solo. No había frenesí, si no que lo haciamos de manera lenta, íntima y deliciosa. Yo la miraba a los ojos mientras entraba y salía de su cuerpo con lentitud, sintiendo cómo me apretaba por dentro, cómo se aferraba a mí como si no quisiera soltarme nunca más. De pronto Sandra llevó sus piernas a mi espalda, cruzándolas, acercándome más, pidiéndome sin palabras que me quedara allí, dentro de ella.

—Hazme el amor así… lento… profundo… no te vayas —me susurró al oído, con un tono que me incendió por completo.

Y así lo hicimos.

Durante largos minutos, nos entregamos a esa sensación única de estar dentro del otro y cuando sentí que me venía, ella me miró y me dijo:

—Dentro, por favor… quiero que te vengas dentro mío otra vez… quiero quedarme con algo tuyo.

Y así lo hice. Me vine fuerte, intenso, derramando todo dentro de ella mientras la besaba sin soltarla. Mi cuerpo tembló, mis músculos se tensaron y luego todo se relajó. Ella me abrazó con fuerza, con las piernas aún rodeando mi cintura y se quedó así, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.

Nos quedamos abrazados, desnudos, entrelazados, susurrándonos cosas suaves, compartiendo silencios cómodos y besos lentos. No hacía falta decir mucho. Ambos sabíamos que esa madrugada había sido más que sexo.

A los pocos minutos nos quedamos dormidos, yo abrazado a Sandra, con su cuerpo aún tibio contra el mío y la luz de la chimenea ya convertida en brasas. Afuera comenzaba a aclarar, cuando de pronto sentí que algo se movía junto a mí. Era Sandra.

Me acariciaba el pecho con la yema de sus dedos. Su respiración era tranquila, pero sus ojos ya estaban abiertos, mirándome en silencio.

—¿Qué hora es? —susurré.

—Van a ser las seis… —me respondió—. Me tengo que ir en un rato más.

—No todavía —dije, girando hacia ella, mirándola con deseo renovado—. Aún no ha salido el sol por completo. Es nuestra última hora.

Ella asintió. Pero no dijo nada más. Solo me besó, despacio, como si supiera que ese beso tendría que durarnos semanas. Y mientras lo hacía, se movía sobre mí, buscando mi piel, el calor de mi cuerpo. Su mano bajó con naturalidad hasta mi entrepierna, acariciando mi pene ya despierto, que respondía como si nunca hubiéramos descansado.

Sandra no necesitaba pedir permiso. Solo se subió sobre mí, guiando mi erección con una facilidad que me encendía aún más. Se deslizó con una suavidad húmeda, cálida y dejó escapar un suspiro apenas audible al sentirme dentro.

Estábamos de costado, con la ventana justo al frente con un bosque y con volcán Osorno de fondo y el cielo comenzaba a teñirse de dorado. Ella empezó a moverse lento, con un vaivén sensual, con sus manos apoyadas en mi pecho, su cuerpo desnudo alumbrado con la luz del amanecer. Sus pechos se movían con ella, suaves, deliciosos y yo los atrapaba con mis manos, los acariciaba con dedicación.

—Me encanta cómo me miras… —me dijo, bajando su rostro hacia mí.

—Es que no puedo dejar de verte… estás hermosa, estás mía.

La besé y mientras nos besábamos, ella aceleraba el ritmo, con movimientos más intensos, más profundos. Mi pene se deslizaba dentro de su conchita mojada, sintiendo cada pliegue, cada contracción, cada espasmo. Ella jadeaba, me apretaba, se apoyaba en mis hombros para tener más fuerza, para rebotar más fuerte sobre mí.

El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con nuestros gemidos y me dice.

—Quiero acabar contigo adentro otra vez —me dijo al oído—. Quiero que te vengas mientras me vienes tú también… juntos.

La abracé con fuerza, hundiéndome más en su interior, y comencé a embestirla desde abajo, al ritmo de sus movimientos. Y de pronto, sin aviso, su cuerpo se tensó. Abrió los ojos y soltó un gemido ahogado mientras su conchita me apretaba con fuerza.

—¡Gaaabriel…!

Estaba viniéndose. Y eso me empujó a volver a correrme, pero alcancé a decir su nombre y ella se inclinó hacia mí, besándome fuerte mientras me corría dentro de ella por última vez, profundo, caliente, explosivo. Sus caderas se quedaron pegadas a las mías mientras mi semen llenaba su interior y nuestros cuerpos temblaban entrelazados.

Nos quedamos así varios minutos, con la respiración agitada, el corazón latiendo fuerte. Sandra acariciaba mi rostro y yo jugaba con sus mechones, ya que no hacía falta hablar, pero el reloj no perdonaba. Dieron las 7:30am, en donde me dice:

—Gracias… por hacerme sentir viva.

—Gracias a ti… por darme esta madrugada perfecta.

Nos fuimos a la ducha, juntos nos duchamos sintiendo el cuerpo del otro pegado, pero nos duchamos rapido, tratando de borrar rastros de lo vivido, asi que salimos luego de la ducha y nos vestimos en silencio. Yo la ayudé con suavidad a ponerse su ropa, como si cada , pero al ponerse la polera del dia anterior, le quité el sostén y le dije:

—Me lo quedo como trofeo —le dije.

—Y yo me quedo con tu semen dentro… —respondió, mordiéndose el labio.

Tras eso, ella se puso un sueter y una chaqueta que traia. Eran las 8:30 y aprox las 10 llegaba su esposo, asi que salimos raudos de la cabaña, no la devolví ya que tenia el vuelo a las 3pm, asi que la fui a dejar y la dejé en la esquina en donde abordó el auto. No sin antes de bajarla del auto, inclinarmé a besarle los labios, los pechos, las manos. Me quedé un minuto con la frente apoyada en su cuello, oliéndola, saboreando ese último instante.

—Si alguna vez volvemos a vernos… —empezó a decirme.

—No me lo digas —le interrumpí—. Solo dime dónde… y cuándo.

—Te Amo Sandra.. a pesar que cada uno este con pareja, Tu y Yo nos amamos.

—Y yo a ti Gabriel, haz sido mi unico gran amor.

—En unos meses más vuelvo, ahora sé que no pasaran años en vernos, asi que constantemente nos estaremos viendo.

—Yo feliz.

—Yo también.

Y la ayude a bajar del auto, alli se acomodó en su silla y la vi alejarse del auto en su silla, con ritmo firme y silencioso, como si no acabáramos de vivir una historia que quemaba por dentro.

Volví a la motel, vi en los lugares que habiamos tenido sexo, me recoste en la cama, me masturbé y tipo 1pm recogí mis cosas y tomé el camino al aeropuerto con el sabor de ella aún en mi boca y el pecho latiendo como un tambor de guerra. Sentía que una parte de mí se quedó en esa habitación y otra se quedó con Sandra.

Al recordar lo vivido, no pude evitar llorar un poco, pero ambos sabíamos que el somos el amor del otro.

Hasta unos meses, que en julio nos volvimos a ver, pero volviendo a disfrutar de su culito en unas jornadas de sexo y amor.
 
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Reacciones: Alves y Bruenor.77
Recordaba esta mina de tus historias!
tremendo relato, caliente y con buenos detalles!
maestro, usted le promete el mundo entero a todas... que genio.. todas son "mi amor" jajaja

se agredece el aporte como siempre
esperamos el reencuentro de julio!!