Aprovechando que hace poco subi la historia del reencuentro con Sandra (https://www.portalnet.cl/temas/reencuentro-con-mi-primer-amor-anos-despues.1560285/#post-195226807 ), me di el impulso de realizar la historia de un nuevo encuentro con ella hace un par de semanas en Santiago y Viña.
Habían pasado poco más de cuatro meses desde esa noche en la cabaña en Puerto Varas y a pesar de seguir con mis relaciones calientes con Paulina (mi pareja actual) el recuerdo con Sandra seguía más vivo que nunca. No solo en mi mente, sino en mi cuerpo, todavía podía imaginar la humedad de su sexo en mi lengua, el calor de sus piernas rodeándome mientras me susurraba que me amaba. Era miércoles, pleno invierno en Santiago y estaba en mi oficina cerrando algunos informes antes de una reunión importante el jueves, pero no podía concentrarme, ya que Sandra me llego a la mente y un impulso hizo que abriera mi whatsapp y busqué hasta la ultima conversación con Sandra, si bien no habíamos hablado en días, pero el último mensaje suyo me excitaba, ya que era una foto de sus pechos desnudos desde la ducha.
Sin pensarlo más, le escribí:
—Sandra, ¿y si esta vez vienes tú a Santiago?
Ella no tardó ni un minuto:
—¿Me estás invitando a pecar otra vez?
—Te estoy rogando que lo hagas.
Hubo un breve silencio en donde no tuve respuesta y me puse a trabajar, cuando de pronto me llegó una notificación y era una nota de voz de ella, así que busqué mis auriculares y lo escuché cerrando los ojos. Mensaje el cual decía algo así:
—Gabriel… tengo unas ganas de tí que no te imaginas. A veces me toco pensando en ti, con tus gemidos en mi cabeza, con tus dedos dentro mío. Si tú me dices que me quieres allá, yo armo todo y voy, pero si me tienes, me vas a tener todo el fin de semana para ti. Solo para ti.
Al escuchar este audio, sentí un cosquilleo bajando por mi espalda, como así también había algo que se endurecía entre mis piernas.
Le respondí al tiro:
—Te quiero todo el fin de semana. Te llamo en minutos para coordinar.
Al llamarla me di cuenta que ese viernes ya era muy encima, ya que tenía que coordinar el dejar a sus hijos con su madre y buscarle una excusa a su marido para que viniera tranquila a la capital y ni siquiera insinúe el deseo de acompañarla. Con esto, nos dimos cuenta que el fin de semana siguiente era ideal, el tenia faena en Chiloé y sus hijos seguirán de vacaciones, Tras conversar con ella de las posibilidades, me tocaba a mi coordinar las cosas... partiendo del tema que no podía llevarla a mi casa en Buin, ya que corría el riesgo de que Paulina nos pillara, así que opté por mi vieja confiable.. arrendar un departamento... y que mejor que el departamento arrendado en múltiples ocasiones en Viña del Mar, utilizado en mis encuentros con Raquel. Como ya el dueño del departamento es bastante conocido por mi, le comenté que lo deseaba arrendar entre el viernes y el lunes, así que hice esa reserva por esos días. No sin antes quedarme el jueves en la noche con Paulina, ya que le dije que me iría al campo de mis padres (en Linares) por temas de ellos. Y por ende, debía cumplir con mi cuota de sexo con ella previamente. También me preocupé de comprar los pasajes aéreos de Sandra a Santiago. Con todo esto visto, el viernes, tomé mi auto y me fui a primera hora a Viña del mar, para dejar todo preparado para un fin de semana intenso. Compré velas, comida rica, vino, su postre favorito, cosas de picar. Después de esas compras, compré una ayuda azul y las dejé escondidas en partes del baño (para tomarlas sin que se diera cuenta) Y así me conecté un poco en mi trabajo, hasta que a las 15hrs, Sandra me dice que ya estaba en El Tepual, así que con eso, tomé mi auto y fui rápido al aeropuerto de Santiago a recibir a mi amor.
A las 17:30 yo había llegado al aeropuerto, así que me fui a la salida de llegadas y veo las pantallas y veo que recién había aterrizado su vuelo. Con ansiedad me puse a esperar su arribo. Pasó cerca de media hora cuando de pronto la vi salir, en donde corro a abrazarla. Sin importar el entorno detuve su silla, me agache y la besé. Estaba vestida con una chaqueta larga negra, jeans, labios rojos, el pelo suelto y ojos que brillaban como brasas. Tenía una bufanda de lana gruesa que se quitó una vez que entró a mi auto, revelando su cuello y escote.
—Hola, amor, bienvenida a Santiago —le dije mirándola desde arriba con una sonrisa de cómplice peligrosa.
—Hola, mi amor te extrañé tanto, pero al menos no pasaron años, solo unos pocos meses en volver a vernos.
Salimos de la puerta de llegada y nos fuimos a mi auto. La ayudé en acomodarse dentro de mi vehículo y cuando ya emprendía rumbo a Viña por la 68, me dice:
—Vengo sin ropa interior.
En ese momento, casi pierdo el control de mi auto y llevé mi mano derecha a sus tetas y ella me las guió por debajo de su chaleco, en donde sentí sus tetas libres y con sus pezones duritos. Luego me llevó la mano a su entrepiernas y me doy cuenta que no traía nada, ni sostén, ni calzones. Solo había sentido piel tibia y húmeda en su vagina.
—Le dije a mi esposo que venia al traumatólogo aqui en Santiago.
—Si supiera lo que harás...
Allí nos reímos y hablamos de nuestras vidas, de nuestras parejas (que curiosamente no nos causaba celos) Y después de un poco mas de una hora llegamos a nuestro nido. Un departamento a orilla de playa en Viña del mar. Tenia una vista grandiosa al mar, así que cuando entró al departamento, me dice:
—Gabriel, no puedo creer que estoy aquí, viendo el mar de noche y con el amor de mi vida.
Nos acercamos al balcón y había una reposera, en donde acomodé de espaldas a Sandra, allí empecé a besarla y a desnudarla con rapidez en donde le quite la chaqueta, jeans, suéter. Teniéndola desnuda, me arrodillé frente a ella y contemplé sus tetas grandes, firmes, perfectas, su vientre suave y su sexo depilado, húmedo.
—¿Sabes cuántas veces me masturbé imaginando esto? —le dije mientras acariciaba sus muslos.
—Y yo… pensando en ti recordando como me lames, tal como esa noche.
Le levanté las piernas y las coloqué sobre mis hombros. Me hundí directo entre sus labios inferiores, besando, lamiendo, succionando. Sus gemidos empezaron a llenar el balcón, si bien estábamos en la terraza, esta era cerrada y no se escuchaban sus gemidos en el exterior. Sus gemidos eran suaves al principio, luego más intensos. Le metí dos dedos con delicadeza mientras mi lengua se concentraba en su clítoris y ella comenzó a temblar. Se aferraba al borde de la silla, se mordía los labios, su espalda se arqueaba. No paré hasta que gritó mi nombre y su cuerpo entero se estremeció. Su orgasmo fue húmedo, largo, profundo.
Me levanté, me desvestí frente a ella, ya que mi pene estaba duro. Se lo mostré y ella lo miró como si fuera un dulce que llevaba esperando semanas. Se inclinó, lo tomó con una mano, lo acarició con su boca y luego se lo tragó entero. Sentía su lengua, su saliva, sus jadeos. Y al soltarme me dice:
—Ahora hazme tuya —susurró—. Ya me hiciste acabar con tu lengua. Ahora quiero acabar con tu pene adentro.
La acomodé en la reposera, le abrí sus piernas la apunté y entré de un solo golpe. Ella jadeó fuerte y se me aferró del cuello. Empecé a moverme lento, luego más rápido. La penetraba con fuerza, con ternura, con historia acumulada. Sentía que cada embestida era un “te amo”.
La puse de lado, luego de espaldas, la levanté sobre mí. Nos movíamos como si hubiéramos nacido para encajar así. Y cuando llegó su nuevo orgasmo, apretándome por dentro y temblando, no aguanté más. Y me corrí dentro de ella, derramando todo, gimiendo con la boca en su cuello. Ella me abrazó con las piernas, impidiendo que saliera, como queriendo quedarse con todo de mí.
Nos quedamos abrazados largo rato, desnudos, sudados, respirando juntos.
—Estoy enamorada de ti, Gabriel —me dijo, con los ojos cerrados.
—Y yo de ti, Sandra. Aunque no sepa cómo ni cuándo, quiero más fines de semana contigo. Pero desde ya te prometo que nos estaremos viendo continuamente.
Después de ese primer orgasmo compartido, aún entrelazados en la reposera, el cuerpo de Sandra temblaba con pequeños espasmos involuntarios. Su cabeza descansaba en mi pecho, sus dedos dibujaban círculos suaves sobre mi piel. El balcón olía a sexo, a calor humano, a deseo satisfecho, así que la tomé en brazos y nos fuimos al dormitorio y descansamos un rato juntos. El reloj marcaba las 22:00, suena el teléfono de ella y era su marido, preguntándole como había llegado a Santiago, allí conversó con el, le decia "Te Amo", a pesar de estar desnuda en la cama con otro hombre. Luego yo llamé a Paulina y lo mismo, le decía "Te Amo", a pesar de haber penetrado a otra mujer unos minutos previos. Luego de esas llamadas, comimos algunos picadillos que había comprado en la mañana. Aún era temprano y sabíamos que esa noche no estaba hecha para descansar.
—¿Tienes hambre? —le pregunté, acariciando su cabello.
—De ti. —respondió, girando sobre sí misma y comenzando a lamerme el abdomen con una sonrisa—. No me voy a saciar esta noche… así que prepárate.
La tomé por la nuca y la besé fuerte, hundiéndome en su boca como si la acabara de descubrir. Su lengua se enredó con la mía mientras sus caderas se movían sobre mi muslo. La sentía húmeda de nuevo, resbalando, ansiosa. Nos devorábamos. Sin pausa, sin tregua, asi que la senté sobre el borde de la cama y me puse detrás de ella. Desde esa posición, podía vernos reflejados en el espejo del closet. Ella se apoyó sobre sus brazos, mostrando su espalda recta, sus pechos erguidos, sus pezones todavía húmedos. Yo la sujeté de la cintura y la penetré con fuerza desde atrás, mientras ella me miraba a través del espejo, mordiéndose el labio con la cara enrojecida y el placer en los ojos.
—Mírate… —le dije, jadeando—. Mírate cómo te follo… cómo me dejas entrar hasta el fondo.
Ella no respondía con palabras. Solo gemía. Su cuerpo lo decía todo. Estaba entregada y caliente.
Le tomé los brazos por detrás y la empujé más contra mí, haciendo que mi pelvis chocara contra sus glúteos en cada embestida. Su humedad era tal que cada movimiento producía ese sonido delicioso de cuerpos mojados chocando. La besé en el cuello mientras bombeaba y ella gemía mi nombre sin vergüenza.
—¡Gabriel… más… más fuerte!
Y le di más.
Con una mano libre, le tomé el cabello y la obligué a mirar al espejo mientras la follaba sin parar. Sus tetas rebotaban, su rostro se tensaba de placer y verla así —tan puta y tan mía a la vez— me hacía enloquecer.
Cuando estuve a punto de venirme, me susurra:
—Quiero probar unos juguetes… anda a mi bolso y hay una bolsa negra.
Simplemente sonreí.
Fui al comedor, abrí su bolso y vi una bolsa negra y saqué el plug de silicona negra y el vibrador de succión. Ella ya estaba en la cama, con las piernas abiertas, tocándose lentamente mientras me esperaba.
—Pónmelo tú… —me dijo, señalando el plug.
Le unté lubricante que tenia en ese bolso y sin dejar de mirarla, se lo introduje en su culo, sintiendo cómo se abría paso dentro de ella. Sandra se mordía los labios, se tocaba el clítoris y su mirada no se despegaba de mí ni un segundo.
—Ahora ven… y fóllame así.
Me acerqué. Apoyé su espalda en la cama, abrí bien sus muslos y comencé a jugar con el vibrador. Primero lo deslicé por sus labios, luego por su clítoris, y su reacción fue inmediata un gemido fuerte, involuntario, visceral.
—¡Oh, por Dios… eso… eso…!
Mientras el juguete la estimulaba con movimientos circulares, yo la empezaba a penetrarla otra vez con el plug en su culo. Ella se retorcía, se aferraba a las sábanas y con un temblor agudo, se vino otra vez. Su cuerpo entero vibró como si el orgasmo le sacudiera hasta el alma.
—¡Me corro, me corro otra vez! —gritó.
Y no paré. Aumenté la velocidad, le metí el plug más profundo dentro de ella y la penetré con fuerza. Nuestros cuerpos sudaban, resbalaban, se estrellaban. El ambiente era denso y cuando sentí que iba a explotar, la puse nuevamente en 4, le saqué el plug y en su lugar puse mi pene erecto y mojado con sus jugos, pero lo lubriqué y con cuidado, se lo introduje a ella mientras aún la tenía empalada. Su grito fue agudo, profundo.
—¡Ahhh… Gabriel… me estás llenando entera!
—Y aún falta más —le dije.
Comencé a moverme, sintiendo cómo la estrechez de su ano apretaba mi pene y ella tomó su vibrador y acariciaba su conchita al mismo tiempo. Le agarré fuerte y era como estar atrapado en su cuerpo. Y me vine, con fuerza dentro de ella, con un rugido, con un espasmo que me dejó sin aire.
A los segundos se vino conmigo. El cuarto se llenó de jadeos y nos abrazamos, aún con mi pene dentro de su culo, sintiendo el temblor compartido, el sudor frío bajando por nuestras espaldas, los labios aún deseando más.
Luego de ese orgasmo, nos fuimos a la ducha para refrescarnos y luego dormir en la cama.
La luz suave del amanecer se colaban entre las cortinas del dormitorio, acariciando nuestros cuerpos desnudos, aún tibios del fuego que nos consumió la noche anterior. Sandra dormía sobre mi pecho, su pierna cruzada sobre la mía, su respiración pausada y su cabello alborotado rozándome la mandíbula.
Eran las 7:30. No quería moverme. Quería quedarme así con ella por siempre.
Pero mi pene ya comenzaba a endurecerse de nuevo. El roce de su piel, el aroma de su cuerpo, la tibieza entre sus piernas me despertaba no solo el cuerpo, sino el alma. Lentamente, comencé a acariciar su espalda con las yemas de los dedos. Dibujé líneas suaves desde su nuca hasta la curva de sus caderas. Ella se despertó y medio dormida, me dice:
—¿Ya estás despierto…? —murmuró, sin abrir los ojos.
—Estoy… despierto, duro y con muchas ganas de ti —le respondí en un susurro, besándole el cuello.
—Mmm… ¿y qué piensas hacer con esas ganas…?
—Lo que tú quieras.
Giró sobre sí misma, quedando de espaldas, y llevó una de mis manos hacia su entrepierna. Estaba húmeda, caliente y receptiva.
—Hazme el amor lento… despacito, como si esta mañana fuera eterna…
Y lo hice.
Me deslicé entre sus piernas, con cuidado y le besé sus muslos, el vientre y subí besando su vientre hasta llegar a sus pechos. Al tiempo que ella abrió más las piernas y me recibió con un gemido suave cuando mi pene la rozó, pero no la penetré, si no que baje mi cabeza y mis labios rodearon su clítoris y comencé a jugar con él mientras mis dedos se hundían lentamente en su interior.
—Ohhh… así… no pares…
La masturbé y la lamí al mismo tiempo, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba hacia mi boca. Sus manos apretaban las sábanas, su pelvis se movía buscándome. La llevé al borde, lento, saboreando cada estremecimiento.
Cuando estuvo a punto de correrse, me subí sobre ella, la tomé de la cintura y la penetré en un solo movimiento largo, profundo y firme. La penetré despacio, sintiendo cada centímetro de su vagina, besándola mientras la llenaba. Sandra me miraba a los ojos, con una sonrisa suave, el rostro relajado, el alma abierta.
—Me encanta así… sentirte dentro de mí sin prisa… como si fuéramos uno solo.
Nos movíamos sincronizados, sin palabras, solo miradas, gemidos contenidos y caricias. Yo quería que esa mañana quedara grabada en su memoria como un ritual, no solo un encuentro.
Cuando el orgasmo la alcanzó, tembló debajo de mí, con la boca entreabierta, los pezones duros contra mi pecho y sus piernas abrazándome con fuerza. Yo me corrí segundos después, dentro de ella, con una exhalación profunda, dejándome caer sobre su cuerpo cálido y rendido.
Nos quedamos abrazados, sudados, satisfechos.
Después de unos minutos, me levanté con una idea.
—Tú no te muevas —le dije—. Esta mañana te la dedico. Te haré el desayuno más sensual que hayas probado.
Sandra sonrió, aún con los ojos cerrados.
—Solo si vienes a traérmelo así, tal como estás… desnudo.
Y así lo hice.
Fui a la cocina, aún desnudo. Preparé el desayuno con pan tostado con palta, frutas frescas, yogur y café caliente. Pero también algo más: crema batida y frutillas.
Volví al dormitorio con la bandeja. Sandra estaba sentada en la cama, con mi camisa que use el dia anterior puesta, las piernas dobladas y el cabello revuelto. Hermosa, sensual, deseable como nunca.
—¿Crema y frutillas? —preguntó, alzando una ceja.
—Sí… para comer el postre en tu cuerpo.
Me acerqué, unté una frutilla en la crema y la pasé por su clavícula, bajando lentamente por sus pechos. Luego me la comí con la boca, saboreando su piel y el dulzor de la fruta.
Ella se reía, juguetona, pero ya respiraba hondo otra vez.
—¿No vas a dejarme descansar…?
—Imposible. Contigo… quiero que el desayuno también termine con otro orgasmo.
Y lo hicimos.
Desayunamos entre besos, lamidas y suspiros. Cada bocado y mordisco era una excusa para volver a tocarnos. El sábado recién empezaba y ambos sabíamos que ese fin de semana aún guardaba muchas más locuras por vivir, así que despues de ese orgasmo, nos quedamos en la cama, hasta que a las 1, salimos a almorzar a Reñaca, luego a pasear por Con con y a eso de las 17.30 en donde ya empieza a atardecer, fuimos a pasear a Valparaíso. El tránsito estaba pesado por Avenida España y el sol comenzaba a caer sobre el Pacífico, sin embargo yo estaba extrañamente caliente.
Sandra iba sentada a mi lado, con jeans, una polera de tirantes sin sostén y un chaleco con botones, que más que cubrir, provocaba. El escote dejaba ver el inicio de sus pechos y cada curva de su cuerpo me distraía de la conducción.
—¿A dónde vamos? —preguntó, mientras jugaba con su pelo y cruzaba lentamente las piernas, sabiendo perfectamente el efecto que tenía en mí.
—A donde no haya nadie… y podamos hacer lo que queramos —le respondí, con una sonrisa malévola.
Ella bajó mi mano lentamente y la dejó sobre mi muslo.
—¿Y si no llegamos? ¿Y si no podemos esperar…?
No respondí con palabras, pero su mano se deslizó, desabrochó mi cinturón, bajó el cierre de mi pantalón y comenzó a acariciar mi pene, que ya reaccionaba con firmeza. Mientras avanzaba subiendo y metiendome por calles, Sandra iba quitandose el pantalón, hasta que encontré un lugar ideal en Cerro Barón, buscando un rincón donde nadie nos viera, pero que aún dejara entrar la brisa del mar, hasta que llegamos a una calle que estaba tranquila, con pocos autos estacionados, asi que me estacioné. Desde ahí se veía parte del puerto y los containers apilados a lo lejos.
Apagué el motor. y Sandra me miró seria, con los labios húmedos.
—No aguanto más… necesito sentirte otra vez.
Se pasó al asiento del conductor, sentándose sobre mí, recliné mi asiento y cerré los ojos al sentir cómo su cuerpo me envolvía, cómo su sexo, cálido y mojado, se acomodaba contra el mío mientras comenzaba a moverse lenta, intensamente.
El auto crujía con cada embestida, mis manos le alzaron la polera, dejándola casi desnuda, con los pechos rebotando frente a mi boca. Los besé, los lamí, mientras ella me montaba con fuerza, sin contenerse.
—Mírame —me pidió, con la voz entrecortada—. Quiero que no olvides nunca esta tarde… aquí, sobre ti, en Valpo…
Sus caderas se movían con una cadencia perfecta, mientras los vidrios del auto comenzaban a empañarse. Afuera, la tarde avanzaba y alguna persona pasaba a lo lejos sin imaginar que, en ese rincón entre callejones, alguien se dejaba follar con furia y amor.
Sandra gemía en mi oído, me mordía el cuello, me apretaba fuerte. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el interior del auto y cuando estuvo a punto de correrse, me abrazó con fuerza y comenzó a convulsionar sobre mí. Yo no aguanté mucho más. La penetré con todo lo que tenía y me corrí dentro de ella, gruñendo contra su cuello, temblando.
Quedamos ahí, jadeando, sudados, su cuerpo sobre el mío. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente a nuestro pecado.
Sandra me acarició el rostro.
—Te juro que no hay nada como follar así… sabiendo que en cualquier momento alguien puede vernos.
—Y sabiendo que lo haríamos igual… aunque supieran.
Nos reímos. Luego se arregló la polera, se colocó el jeans, se sentó de nuevo en su asiento y encendí el motor.
—¿Vamos a un mirador? —pregunté.
—Sí… pero esta vez, prométeme que me vas a comer en el asiento trasero. Yo te quiero ver de rodillas… con el mar de fondo.
El trayecto desde Cerro Barón a Playa Ancha fue breve, pero cargado de miradas que decían más que cualquier palabra. El sol ya no estaba y la oscuridad cubria la ciudad, hasta que estacioné el auto en el sector de un mirador, cerca del final de una calle en donde casi nadie andaba a esa hora, solo el rumor del viento, el olor a mar y Sandra, mordiéndose el labio inferior con esa expresión entre ternura y puro instinto.
—Atrás —me ordenó con voz baja, firme—. Quiero que te arrodilles y me comas como si tu vida dependiera de eso.
No respondí. Solo obedecí.
Me fui al asiento trasero y ella me siguió por el lado del copiloto Y al entrar al auto, nuevamente se quita los pantalones y se sentó con las piernas bien abiertas, apoyando su espalda en el vidrio de la puerta de atras del copiloto, abrio su pierna y veia su calzon húmedo con sus jugos y mi leche, asi que me arrodillé entre sus piernas, respirando su aroma, sintiendo el vaivén suave del auto meciéndose con el viento costero.
—Hazlo lento al principio… y después, destrózame con tu lengua.
Metí la cara entre sus muslos y comencé a lamerla. Primero suave, con la punta, rodeando su clítoris, jugando con sus labios menores, disfrutando de su humedad y ella gemía bajito, acariciándome el pelo, pero a los pocos minutos, sus manos se cerraron sobre mi cabeza con fuerza.
—Más… ahí… no pares…
Aceleré el ritmo. Le metí dos dedos, húmedos, mientras mi lengua la masajeaba con furia. Sandra comenzó a moverse contra mí, su pelvis empujando mi boca. Los gemidos se volvieron más altos. En cualquier momento alguien podría pasar cerca del auto, mirar dentro y ver a una mujer dejándose lamer con desesperación frente al mar.
Pero a ella no le importaba. Y a mí menos.
—Me vengo… —gimió con la voz fuerte y desgarrada—. Me estoy viniendo… ¡sigue, por favor!
Y entonces se vino. Tembló entera, sus piernas se apretaron contra mi cabeza y gritó, con el pecho erguido y la boca abierta hacia el techo del auto. La humedad empapó mis labios, mis dedos, su cuerpo entero.
Quedó tumbada, jadeando, los pechos subiendo y bajando.
—Dios… eso fue… —susurró—. No quiero que esto se acabe nunca.
Me incorporé, con la boca brillante. La besé sin pedir permiso y me puse sobre ella. Mi pene estaba erecto, asi que sin problemas me puse sobre ella y la penetré con la brutalidad de quien sabe que el tiempo es poco. Cada estocada era un recordatorio de que cada segundo valía.
Cuando me corrí dentro de ella por segunda vez ese momento, gritamos juntos.
Nos quedamos un rato juntos, pero sabía que ya pronto sería hora de volver al departamento.
Sandra me miró con esos ojos que mezclaban fuego y ternura.
—Esta ciudad ya no será la misma después de esto —me dijo, besándome.
Y yo lo supe con certeza: ni Valparaíso, ni ella, ni yo.
Recuperamos el aliento a los minutos y nos vestimos con lentitud en el auto, después de dejar el asiento trasero húmedo, tibio y con olor a sexo. Su calzón no se lo puso, ya que se lo guardó en la cartera.
—No quiero que nada me tape todavía. Déjame así… —susurró mientras viajabamos hacia Reñaca.
Elegí un restaurante discreto, con terraza cerrada, música suave y jugos (no quise alcohol, ya que debia estar lucido para lo que se venia). Ella se acomodó frente a mí, sin ropa interior, y jugueteando con susmirada. Le encantaba provocarme, incluso en público y yo respondía con miradas cargadas de promesas. Y una vez que íbamos en el auto, rumbo a Viña, le digo
—Nunca te vas a olvidar de lo que te haré —le dije con tono suave—.
—Ya estar en Viña del mar, ya que nunca había venido a Viña, follar en un balcon, hacer anal y ahora follar en un auto en Valpo... ¿Qué más inolvidable me vas a hacer?
—Esta noche, no estaremos solos.
La vi tragar saliva. Sus ojos se abrieron, entre la sorpresa y la excitación. En mi viaje del verano, me había comentado que ella tenia la fantasia de estar con una mujer, pero esta vez, esa fantasia la hariamos realidad, ya que estaríamos con otra mujer.
—¿Quién…?, ¿es tu polola?¿una prosti...? ¿otro hombre...?—mepreguntó en voz muy baja.
—Alguien que te caerá muy bien.
Sandra bajó la mirada, respiró hondo y asintió.
Y continuamos el viaje en silencio. Dejé el auto en el estacionamiento, ayude a bajar y a acomodar a Sandra en su silla y subimos al departamento. Allí le dije que se pusiera un babydoll azul que le habia comprado en Shein y al estar desnuda para colocarlo, suena el citófono.
—Ya llegó.
Noté tensión en Sandra, asi que puse música suave para llenar el ambiente. Allí estaba Sandra en babydoll en su silla. Para asegurarme de rendir esta noche, fui al baño por otros 100mg de azulita y al salir suena el timbre del departamento, voy a abrir la puerta y aparece Carla, una mujer de unos treinta y tantos, cabello rojizo hasta los hombros, labios gruesos, y unos ojos verdes.
Sandra se detuvo, la miró, y sonrió nerviosa.
—Hola, soy Sandra… —dijo.
Carla se acercó y no dijo nada. Cerró la puerta y la besó. Un beso suave, pausado, pero con una energía salvaje. Y Sandra de inmediato se entregó a ese beso, respondiendolo de inmediato. En segundos, las manos de Carla ya recorrían su cintura, sus muslos, su cuello.
Yo observaba, excitado, mientras me desabrochaba la camisa.
—Desde ahora, tú obedeces —dije en voz firme, al oído de Sandra— Mientras Carla y yo te haremos nuestra.
Carla le quitó el babydoll de un tirón y yo tomé a Sandra de los brazos y la llevé hasta el dormitorio, tumbándola sobre la cama, desnuda, completamente expuesta. Le atamos las muñecas con pañuelos de seda, suaves pero firmes.
Sandra jadeaba, entregada y Carla se desnudó lentamente. Tenía un cuerpo curvilíneo y firness, piel blanca, un par de tatuajes pequeños y se sentó al costado de Sandra y comenzó a lamerle los pechos mientras yo le abría las piernas y deslizaba un plug lubricado en su ano, con paciencia.
Sandra gritó de placer.
—No te corras todavía —le advertí.
Tomé un vibrador y se lo coloqué directo sobre el clítoris. Carla se movía arriba de ella, besándola, tocándola, mordiéndola.
—¡Dios, me están volviendo loca! —gritó Sandra, sin poder moverse, temblando—. ¡No puedo más!
Carla se acomodó y se puso a lamerle el clítoris mientras yo seguía dándole con todo. Sandra tuvo un orgasmo tras otro. Su cuerpo sudaba, se arqueaba, lloraba de puro goce.
Cuando por fin le quitamos las ataduras, su cuerpo cayó blando sobre la cama, temblando y agotada.
Pero aún no habíamos terminado.
—Ahora, te toca mirar —le dije, tomando a Carla de la cintura y empujándola contra la pared y penetrándola frente a ella, mientras no parábamos de besarnos.
Sandra, se sentó en la cama, mirando con ojos encendidos cómo yo me follaba a Carla, cómo la hacía gritar, mientras ella misma se masturbaba, sin dejar de jadear.
Luego llevé a Carla al borde de la cama, apoyó sus brazos sobre la cama y yo detrás de ella, poniendo mis manos sobre sus caderas y empecé a penetrarla. Entonces Sandra se acomoda frente a Carla y busca sus labios hasta encontrarla y seguí penetrándola, mientras el ambiente se llenaba de sexo y luego miraba por un espejo la escena de ambas mujeres besándose y yo detrás penetrando, hasta que Carla llegó a su orgasmo y al par de minutos de seguir penetrándola, derrame mi leche dentro de su vagina.
Tras esos orgasmos caímos rendidos sobre la cama, me acomodé entre ellas y empezamos a regalonear y a hablar de la vida.
Allí Carla contaba de ella y decía cosas como
—Conozco a Gabriel hace varios años… nos conocimos por Baddoo… si bien lo nuestro a sido puro sexo, hemos mantenido el contacto… actualmente tengo pareja, se llama Nicole (esto último le causó interés a Sandra)—
Al escuchar esto (los tres seguíamos desnudos sobre la cama) Sandra estaba, con las piernas entreabiertas y su respiración era lenta, pero no del todo calmada.
Carla y yo nos miramos. Sin hablar, ya sabíamos lo que venía. Esta noche era para romper todo control, asi que Carla se levantó y tomó un pañuelo negro de satin y tapó suavemente los ojos de Sandra. La vendó por completo. Enseguida le ató nuevamente las muñecas, pero esta vez por encima de la cabeza, estirándola sobre la cama.
—Ahora no verás nada… solo vas a sentir —susurró Carla, mientras yo le deslizaba dos pinzas suaves en los pezones, provocando un gemido agudo, casi desesperado.
Le colocamos audifonos de los grandes, ya que no solo queríamos anular su vista, sino que distorsionar su oído. Todo lo que Sandra iba a experimentar esta vez sería piel, tacto, lengua, suspiros contra su piel. Entonces, Carla comenzó a pasarle un cubo de hielo por el vientre y luego entre los muslos, yo me arrodillé a un costado y le deslicé lentamente una bola china que me pasó Carla dentro de su vagina, una a una, muy despacio, viendo cómo su cuerpo temblaba al sentir cada esfera deslizarse dentro.
Sandra gritaba, pero sin saber bien por qué.
—No paren… no paren… —susurraba entre jadeos—. ¡Háganme lo que quieran!
Carla se sentó sobre su rostro, tomándole la cabeza con ambas manos. La hizo lamerla, morderla. Yo, desde los pies, la giré y comencé a lamerle el ano suavemente, con las bolas aún dentro, jugando con los límites de su resistencia.
—Eres nuestra esta noche —le dije con voz firme—. Y vamos a exprimir cada parte de ti.
Tomé mi cinturón y le di un azote en la cadera. Luego en la parte interna del muslo, pero no era dolor, era presión, juego, intensidad que se mezclaba con el placer.
—¡Sí! ¡Más fuerte! —gritaba ella, con Carla sobre su boca.
Le quité las bolas y entré con mi pene en ella con fuerza. Estaba caliente, resbalosa, convulsionando. Carla me besaba mientras Sandra gemía debajo de nosotros, perdida en su mundo privado, vendada, amarrada, sin oír más que sus propios gemidos mezclados con los de Carla.
La follé en esa posición mientras Carla se bajaba de ella, tomaba un consolador delgado, lo lubricó y se lo empezó a meter por su culo en sincronía con mis embestidas y sin más Sandra se vino dos veces seguidas.
Su cuerpo colapsó, jadeante, convulso, entregado por completo.
Le quitamos la venda. Le sacamos los auriculares. Lo primero que vio fue a nosotros dos abrazándonos sobre ella, observándola con ternura, con orgullo, con deseo aún no terminado.
—¿Quieres más, Sandra? —le preguntó Carla, acariciándole el pelo—. Porque aún no hemos terminado contigo…
Y Sandra, entre sonrisas, susurros y sus muslos temblorosos, dijo lo único que podía decir:
—Háganme lo que quieran. Soy suya esta noche. No me dejen dormir.
Pasó un rato, hasta que colocamos a Sandra de rodillas en medio de la cama y Carla se sentaba tras ella, abrazándola por la cintura mientras con una mano le acariciaba los pechos y con la otra se la pasaba por su cintura. La mirada de Sandra era de sumisión total, mientras yo estaba frente a ella, le sostenía la mandíbula mientras la hacía mirarme fijamente.
—Vas a hacer lo que te digamos, ¿verdad?
—Sí, amor —susurró, lamiéndose los labios.
Tomé un pequeño vibrador que me pasó Carla y lo coloqué justo en su clítoris, sosteniéndolo con fuerza mientras seguía excitandola. Carla por su lado, la había tomado del rostro y aumentaba la presión contra su boca, besándola y se sentían los gemidos entrecortados de Sandra.
—No vas a acabar todavía —le dije al oído—
Sandra temblaba, su cuerpo entero sudaba. Luego la inclinamos de espalda en la cama, Carla le introdujo lentamente un plug en el ano mientras yo me acomodé sobre ella, metiendo mi pene en su boca, el cual Sandra tragó todo sin chistar. Carla le puso el vibrador en el clítoris, mientras yo le follaba la boca, hasta que no aguanté más y acabe en su boca y al ver que había acabado yo, Carla comenzó a masturbarla con ritmo y fuerza y decía:
—Te vas a venir una vez más… y luego vas a dormir como nunca.
—¡Sí! ¡Sí, por favor! ¡sigue todo! —gritó Sandra, al tragarse toda mi leche.
Y llegó el orgasmo, el cual fue salvaje, un espasmo absoluto y todo su cuerpo convulsionó. Gritó, jadeó, gimió.
Carla y yo nos besamos y mirabamos como dos enamorados, mientras Sandra no decía nada, solo respiraba fuerte, con una sonrisa en los labios, sus pechos subiendo y bajando como olas lentas.
—Gracias… por todo esto —murmuró—
La besamos y luego nos fundimos los tres en la cama, hasta quedarnos dormidos, desnudos y con la certeza de que esa noche no la olvidaríamos jamás.
A las horas me despertó el sonido suave del mar y el leve roce de una mano en mi pecho. Abrí los ojos y vi a Sandra dormida entre mis brazos, su cabeza sobre mi hombro, sus labios entreabiertos, el pelo desordenado. Carla estaba a su otro lado, de espaldas, abrazándola también, desnuda y hermosa.
Todo olía a sexo, a piel mezclada, y también había calma. Entonces besé suavemente la frente de Sandra. Ella abrió los ojos lentamente y me miró con una sonrisa que no tenía palabras. Se encogió un poco más contra mi pecho y dejó escapar un suspiro largo.
—No quiero que esto se acabe nunca —murmuró.
—Ni yo —le respondí, acariciándole la espalda con los dedos.
Carla se dio vuelta, aún con los ojos entrecerrados y nos abrazó a ambos. Sus piernas se entrelazaron con las nuestras. Los tres quedamos en una especie de nudo cálido, sudado, pero lleno de ternura.
No dijimos nada por unos minutos y solo escuchábamos nuestras respiraciones.
Hasta que Sandra, con esa voz suave y de recién despertada, dijo:
—Anoche me sentí completamente viva. No solo por lo que hicimos, sino por cómo me miraban… por cómo me tocaron… por cómo me cuidaron después. No era solo sexo. Era algo más.
—Aqui hay amor, amor de verdad... no solo calentura. Ustedes dos se aman, por eso disfrutan de estar juntos. Si bien, aquí soy una invitada, me he sentido querida y deseada por ambos. Por la ternura tuya Sandra y las ganas de ti Gabriel. Yo pensaba que iba a ser un simple trio y que todo seria sexo, pero no solo ha sido eso.
La miramos sin decir nada, yo sabía lo que quería decir, pero dije:
—Nosotros tres tenemos un lazo invisible que se crea cuando el deseo se mezcla con cariño real, con confianza absoluta. Si bien Carla apareció en mi vida en una aplicación de citas y tuvimos relaciones bien ricas, con el tiempo ese amor furtivo pasó a ser una amistad intensa que con pocas personas se consigue. Contigo Sandra, todo empezó cuando te hacía clases de reforzamiento de matemáticas y de a poco empezamos a sentir cosas por el otro, hasta que por ser inmaduros nos ganó el tiempo y tarde nos dimos cuenta que nos amamos. En fin, cuando alguien se entrega y otro lo recibe con respeto, es una muestra de amor.
Sin decir más, nos besamos los tres, con besos lentos, profundos, sin apuros.
Luego, de esos besos, empezamos a hablar de ambigüedades Carla se levantó y fue a la cocina, para volver a los minutos después con una bandeja con café humeante, trozos de fruta, pan con palta y unas galletas, entonces desayunamos desnudos en la cama, entre risas suaves, caricias sin apuro. Carla le daba de comer a Sandra, y luego me pasaba trozos a mí con la boca. Sandra nos besaba los dedos después de cada bocado. Todo era juego, pero también ternura pura.
—¿Y ahora qué? —preguntó Carla.
—Ahora solo esto —dije—. Estar juntos, saber que esto fue real y disfrutarlo.
Nos abrazamos. Sandra apoyó su cabeza en mi pecho otra vez y Carla sobre su vientre. Las dos cerraron los ojos yo me quedé mirándolas un rato largo, con una emoción suave y profunda palpitando en el pecho. Y la mañana avanzó despacio, sin prisas ni culpas y solo habia piel, ternura y una certeza silenciosa: lo vivido ese fin de semana no era solo un exceso de placer.
Pasaron varias horas y el sol ya se alzaba alto cuando Carla comenzó a vestirse (ya que la llamó Nicole). Lo hizo en silencio, lentamente, mirándonos de reojo mientras Sandra aún permanecía desnuda sobre la cama, enredada en una sábana blanca y yo estaba apoyado en el marco de la ventana, tomando un café frío, observando cómo Carla abrochaba uno a uno los botones de su blusa sin apuro y nos miró por última vez antes de ponerse los botines.
—Gracias por todo —dijo con una sonrisa suave, casi triste—. Por el deseo, por la confianza… y por el cariño.
Se acercó a mí, me besó profundo, con lengua, con sabor a despedida. Luego se agachó junto a Sandra y la besó en los labios, lento, suave, con los dedos deslizándose por su cuello.
—Fue perfecto —murmuró.
Sandra no dijo nada. Solo la tomó de la mano por unos segundos, como si no quisiera soltarla del todo y cuando Carla cerró la puerta tras de sí, la habitación quedó en silencio espeso y yo miré a Sandra que tenía la mirada clavada en el techo, respirando hondo, como si intentara no quebrarse.
Me acerqué a ella y le acaricié la cara.
—¿Estás bien?
—No quiero que este fin de semana se acabe —dijo.
Entonces me miró y en sus ojos ya no había ternura.
—Ahora fóllame duro. Sin pausas y hazme tuya completamente. Quiero olvidarlo todo y recordarlo al mismo tiempo.
La frase se quedó flotando entre nosotros. No dije nada, solo la tomé del cabello, lleve su silla al borde de la cama y la acomode alli en cuatro patas sobre las sábanas desordenadas. Mi pene estaba duro desde que Carla se despidió, ya que había demasiada tensión contenida.
La tomé por la cintura y la empujé hacia mí. Le abrí los glúteos con las manos y sin avisar le escupí el ano y ella jadeó fuerte.
—¿Estás lista?
—Hazlo.
Metí dos dedos empapados de saliva, sin suavidad y ella gimió, arqueándose. Su cuerpo ya estaba acostumbrado a mi ritmo. Saqué los dedos y presioné la punta de mi pene contra su culo. Y empujé fuerte y ella gritó.
—Sí… sí… ¡así!
Me metí entero de una embestida, hasta el fondo. Sandra temblaba, gemía sin pudor, con la cara enterrada en las sábanas. Le agarré los brazos por la espalda y comencé a embestirla con fuerza, golpeando su culo contra mi pelvis con cada estocada brutal.
—Más… ¡más!
No aflojé. La follaba con furia, con rabia, con amor convertido en pura posesión. Su cuerpo se estremecía con cada golpe. Le tiré del pelo, la obligué a mirarme mientras la rompía desde atrás. Su cara estaba desencajada, roja, sudada, hermosa.
La giré y la dejé boca arriba con las piernas abiertas. Le escupí en el pecho, le mordí los pezones y volví a metérsela, esta vez en la vagina, con igual violencia.
—Tú eres mía —le dije al oído mientras la embestía—. Mía.
—¡Sí! ¡Soy tuya, toda tuya!
Volví a sometiendola, esta vez con una mano ahorcándola levemente, su mirada fija en la mía, tptalmente entregada y sus gemidos eran gritos de placer.
Me vine adentro de ella, profundo, con un rugido animal y Sandra se vino segundos después, con un orgasmo que hizo que su cuerpo se sacudiera como una ola.
Nos quedamos así, pegados, respirando entre jadeos. Su ano dilatado, mi semen goteando por su muslo, nuestros cuerpos enredados como si fuéramos parte de la misma carne.
Después de aquella sesión de sexo, caimos rendidos sobre la cama, para luego quedarnos dormidos abrazados, para que al rato volviera a despertar y viera a Sandra estaba de espaldas, con una pierna cruzada sobre la mía, con su cabello desordenado cayéndole por la espalda, la piel aún tibia, oliendo a sexo. Pero no podria evitar pensar que esta aventura estaba por terminar y que en menos de 24 horas, ya estarpiamos separandonos. Mientras pensaba, me moví y Sandra me dice:
—Esto es un sueño... me siento plena y no quiero irme.
Se giró hacia mí, buscó mi boca y me besó despacio, con ese deseo tranquilo, profundo, de querer estar cerca, de fundirnos con ternura después de tanta intensidad.
La besé de vuelta, esta vez más lento, más sentido. Mis manos recorrieron su cintura, sus caderas, su vientre. Mientras los besos llegaban, ella se acomodó sobre mí, montándome con suavidad, guiando mi nuevamente erecto hacia su vagina húmeda y caliente.
Entró en mí con facilidad y se movía despacio, ondulando las caderas, con la frente apoyada en la mía, mirándome a los ojos.
—Así me gusta —susurró—. Lento, profundo. Como si no quisiéramos que se acabara nunca.
Le acaricié el rostro, la besé en la mejilla, en la clavícula, en los pechos suaves que se alzaban con cada movimiento. Ella gemía bajo, como si cantara. Me apretaba con las piernas, con los brazos y mi pene la llenaba por completo, entre sus suspiros y mi respiración agitada.
Sandra empezó a temblar, un orgasmo lento y dulce le recorría el cuerpo. Se aferró a mí con fuerza mientras se venía, gimiendo contra mi cuello, húmeda y hermosa.
Yo la abracé fuerte, me dejé ir con ella, sintiéndome dentro, profundo, sin soltarla, llenándola una vez más, pero esta vez sin gritar. Solo un murmullo de placer, como si quisiéramos quedarnos así para siempre.
Cuando todo terminó, no nos separamos. Nos quedamos abrazados, sudados, mirándonos sin palabras.
—Gracias —susurró.
—No digas gracias.
Ella sonrió, y esa sonrisa quedó grabada en mi mente.
Luego, nos fuimos a la ducha juntos, para luego salir a dar una vuelta a Reñaca y Concon para ver el atardecer como dos pololos enamorados y regresamos a las 8pm al departamento y nos fuimos al dormitorio para estar desnudos nuestra ultima noche juntos.
Pero esta vez, más que deseo, habia ternura, asi que abrazados nos quedamos dormidos, pero a eso de las 2am desperté y al verla tan bella y vulnerable, empecé a llevar mis dedos a su vientre y bajaron entre sus muslos y luego a su entrepierna y la sentí alli... estaba húmeda, increíblemente húmeda y al tocarla, se giró despacio, aún entre sueños, y sin decir una palabra, me besó. Un beso denso, lento, cargado de deseo dormido, pero vivo. Me montó de inmediato, guiando mi verga adentro con una facilidad que me arrancó un gemido bajo.
—No quiero dormir más —susurró entre jadeos—. Quiero que me folles otra vez… pero así… medio dormida… encima tuyo… hasta que me tiemblen mis débiles piernas…
Se movía lento al principio, con la respiración agitada y la frente apoyada en mi pecho. Yo la sujetaba por las caderas, sintiendo cómo su sexo se abría y se cerraba sobre mí, húmeda, tibia, perfectamente apretada.
Luego la sujeté del pelo y la forcé a levantar la mirada. Nuestros ojos se encontraron en la penumbra y en ese cruce de miradas todo se volvió más intenso. Sandra empezó a moverse más fuerte, golpeando su pelvis contra mí con un ritmo cada vez más desesperado.
Me senté, tomándola por la cintura, y embestí hacia arriba con fuerza, haciéndola gritar. La alcé con las manos bajo sus muslos y la follé con fuerza, sin pausa, mientras ella mordía mi hombro, jadeando contra mi oído.
—Así… así… —decía—. Hazme tuya otra vez… fóllame fuerte, como si no fuera a volver a verte…
Sus uñas se clavaban en mi pecho. Su respiración se rompía en gemidos desgarrados. Y yo la penetraba profundo, con golpes secos, haciéndola rebotar sobre mi verga como si estuviéramos ardiendo por dentro.
Entonces la eché boca abajo sobre la cama, tomé su cintura y me metí de nuevo, fuerte, rápido, sin filtro. Ella se aferró a la sábana, gritando ahogada contra la almohada mientras la cogía con toda la rabia dulce del deseo acumulado.
Un último gemido, largo, quebrado, fue el preludio de su orgasmo. Se vino convulsionando, empapando mis muslos, mientras yo la llenaba por dentro una vez más, rugiendo su nombre al venirme.
Quedamos exhaustos. Sudados. Respirando como si hubiéramos corrido kilómetros. Me tumbé junto a ella, la abracé por la cintura y sentí cómo se relajaba entre mis brazos.
—No me sueltes —murmuró, con la voz casi apagada—. No todavía…
La abracé más fuerte. El sol aún no salía, pero ya todo ardía entre nosotros. Pasaron varias horas, hasta que aparecieron los primeros rayos de la luz del día ya se colaba clara por las ventanas, marcando las esquinas del cuarto desordenado. Entre ropa tirada y sábanas revueltas, nos movíamos lentamente, conscientes de que cada minuto que pasábamos juntos se deslizaba como arena entre los dedos.
A eso de las 9am, tomamos desayuno y nos duchamos, fuimos a dar una vuelta por Viña del mar y al regresar al departamento, volvimos a follar en el primer lugar en donde follamos al llegar (en el balcon) y luego pasamos a la cama a regalonear, hasta que nos dieron las 12hrs, entonces empezamos a recoger las cosas de nosotros, pero sin perder la oportunidad de rozar su piel cada vez que pasaba a su lado.
Cuando ya teníamos todo listo, me acerqué por detrás y apoyé mi cuerpo contra su espalda, sintiendo cómo su piel se erizaba y mis manos subieron despacio por su cintura, deteniéndose en sus costados, jugueteando con la curva de sus caderas.
—¿Ya lista para irte? —susurré, justo detrás de su oído.
Ella se giró apenas, mordiendo el labio con esa sonrisa pícara que aún tenía desde la noche anterior.
—Si tú quisieras, podrías convencerme de quedarme un rato más.
Me acerqué más, rozando su mejilla con la mía. Con una mano acaricié su cuello y con la otra bajé hasta sus muslos, dejando un leve contacto que hizo que sus piernas temblaran.
Y antes de marcharnos, la levante, la puse de pie frente a mi, la tomé por la cintura y la giré hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso lento y profundo, cargado de toda la pasión que habíamos disfrutado durante el fin de semana.
—No quiero que esto termine —dijo, susurrando contra mis labios.
—Todavía no termina —respondí, deslizando una mano por su espalda hasta bajar a su trasero, apretándolo con suavidad.
Volvimos a movernos hacia la puerta, pero en el pasillo me detuve, la tomé de la mano y empujé de manera brusca su silla contra la pared, nuestras respiraciones se mezclaron y mientras la besaba con deseo, mis manos exploraban su cuerpo, buscando cada rincón.
—Este fin de semana fue inolvidable y lo repetiremos muy pronto —murmuré.
Bajamos, llegamos al auto, subí su bolso, su silla de ruedas y a ella y empecé a conducir con algo de apuro al aeropuerto mientras conducía por entrando a la 68, pero mi atención estaba fija en Sandra, que viajaba a mi lado, con la mirada fija en la ventana, envuelta en un suéter rojo que realzaba sus curvas y jeans. Bajo el chaleco llevaba una polera y sostén..
Después de un póco mas de media hora de viaje, ya estaba altura de Casablanca y deslicé mi mano lentamente desde el apoyabrazo, rozando la suya con los dedos. Ella volteó apenas, con una sonrisa pícara y los ojos brillantes. Mis dedos empezaron a acariciar la palma de su mano, subiendo por el dorso, hasta enredarse en sus rizos de piel suave. Luego, disimuladamente, bajé hacia su muslo, cubierto por el suéter, sintiendo cómo su piel respondía al contacto, erizándose.
Ella inhaló profundo, sus ojos clavándose en los míos, y sin dudarlo, apoyó su pierna contra la mía, deslizando el pie con delicadeza, pero con intención. El roce de su piel contra mi pierna fue eléctrico. La música suave del radio acompañaba el ritmo lento y constante de la carretera Mis dedos comenzaron a trazar círculos sobre su muslo, mientras sus manos se movían hacia mi cuello, acariciándolo, bajando hacia mi pecho, donde sentía los latidos acelerados de mi corazón.
En un movimiento casi imperceptible, ella deslizó su mano por dentro de mi camisa, apretando mi torso con ternura, mientras yo respondía con un beso suave en su cuello, inhalando su aroma dulce y salvaje.
La tensión crecía a cada segundo, mientras nuestras respiraciones se volvían más profundas y el auto parecía un mundo aparte en donde el tiempo se estiraba y la distancia se acortaba.
Por un instante, ella apoyó la cabeza en mi hombro y susurró:
—No quiero que esto termine.
Yo apenas pude responder con un beso en su cabello, prometiéndole sin palabras que esto era solo un hasta luego.
Pero antes de que el aeropuerto apareciera en el horizonte, la mano de Sandra se deslizó hacia mi entrepierna, rozándola suavemente, provocando que mi respiración se entrecortara.
—¿Quieres que pare? —pregunté, con la voz.
—No —respondió con una sonrisa atrevida—. Haz que cada segundo valga.
Y con ese pacto silencioso, seguimos el camino, hasta llegar al estacionamiento del aeropuerto, ella antes de bajarse, me dice:
—Espera, no bajes, tengo un regalo.
Se levantó el chaleco, luego la polera y al quedar en sostén, lleva sus manos a la espalda, quitandoselo y quedando en topless en pleno estacionamiento. Mi pene de inmediato se erectó y atine a besar sus pezones por un instante, mientras colocaba sus manos en mi cabeza. Tras recibir ese regalo, lo guardé en la guantera y volvio a vestirse en el auto, mientras yo bajé para dejar lista su silla y bajar su bolso.. Al estar frio el ambiente (y para que no se le marquen sus pezones en el suerter) se acomodó una chaqueta y cuando terminó, me acerqué a ella y, sin decir palabra, le tomé las manos entre las mías. Sus ojos buscaban los míos, brillando con una mezcla de deseo y tristeza contenida.
Con suavidad, la acerqué hacia mí, lo justo para rozar su cuerpo con el mío, sintiendo el calor que aún quedaba tras la noche y la mañana juntos.
Le susurré al oído:
—Cuídate mucho hasta que volvamos a vernos.
Ella respondió con un suspiro, apoyando la frente contra mi pecho y dejándose envolver en mis brazos por unos segundos más.
Después, la besé con delicadeza, un beso corto pero lleno de significado, un pacto silencioso de que esto no era un adiós definitivo.
—Te amo Gabriel
—Te amo Sandra.
Sandra sonrió y entramos al recinto del aeropuerto y al haber pocas personas hizo el tramite del check in en el counter y fuimos hacia la puerta de seguridad, en donde nos apartamos con lentitud, en donde lagrimas surgieron en ambos al separarnos
—No sabes cuánto voy a extrañarte —susurró ella, apoyando su frente contra la mía.
—Yo también —le respondí, con voz triste—. Pero esto no es un adiós. Solo un hasta pronto.
—Prométeme que pronto nos veremos.... y quizas los tres con Carla
—Promesa, antes de juntarme con ella, prefiero mil veces ser tuyo amor.
Nuestras manos se entrelazaron, aferrándonos a ese último instante de cercanía. Una brisa movió su cabello y sin más nos dimos cuenta que era momento del adiós. Ella debía ver a sus hijos y a su marido y yo de volver a mi casa de soltero en Buin y de pololo con Paulina, pero con el recuerdo de haber vivido un fin de semana inolvidable y que fue mucho mas intenso de lo esperado. Ella entró y al pasar el control de los rx se empezó a alejar lentamente y alli la llamé por telefono y la hice girar para ver su sonrisa que contenía toda la promesa de futuros encuentros.
Tras esa despedida, pase a comprar un café y me fui al auto solo, con una tristeza contenida, en donde no aguante el llorar y una vez desahogado, opté por llamar a Carla para pasar este momento y me responde lo mismo que Sandra, que me agradecía esta sorpresa y que deseaba volver a estar con nosotros. Tras esa llamada, Sandra me dice que estaba en el avión. Y a la noche, me manda un video acostada con su marido al lado que dormía, mientras ella tocaba sus tetas por mi.
Habían pasado poco más de cuatro meses desde esa noche en la cabaña en Puerto Varas y a pesar de seguir con mis relaciones calientes con Paulina (mi pareja actual) el recuerdo con Sandra seguía más vivo que nunca. No solo en mi mente, sino en mi cuerpo, todavía podía imaginar la humedad de su sexo en mi lengua, el calor de sus piernas rodeándome mientras me susurraba que me amaba. Era miércoles, pleno invierno en Santiago y estaba en mi oficina cerrando algunos informes antes de una reunión importante el jueves, pero no podía concentrarme, ya que Sandra me llego a la mente y un impulso hizo que abriera mi whatsapp y busqué hasta la ultima conversación con Sandra, si bien no habíamos hablado en días, pero el último mensaje suyo me excitaba, ya que era una foto de sus pechos desnudos desde la ducha.
Sin pensarlo más, le escribí:
—Sandra, ¿y si esta vez vienes tú a Santiago?
Ella no tardó ni un minuto:
—¿Me estás invitando a pecar otra vez?
—Te estoy rogando que lo hagas.
Hubo un breve silencio en donde no tuve respuesta y me puse a trabajar, cuando de pronto me llegó una notificación y era una nota de voz de ella, así que busqué mis auriculares y lo escuché cerrando los ojos. Mensaje el cual decía algo así:
—Gabriel… tengo unas ganas de tí que no te imaginas. A veces me toco pensando en ti, con tus gemidos en mi cabeza, con tus dedos dentro mío. Si tú me dices que me quieres allá, yo armo todo y voy, pero si me tienes, me vas a tener todo el fin de semana para ti. Solo para ti.
Al escuchar este audio, sentí un cosquilleo bajando por mi espalda, como así también había algo que se endurecía entre mis piernas.
Le respondí al tiro:
—Te quiero todo el fin de semana. Te llamo en minutos para coordinar.
Al llamarla me di cuenta que ese viernes ya era muy encima, ya que tenía que coordinar el dejar a sus hijos con su madre y buscarle una excusa a su marido para que viniera tranquila a la capital y ni siquiera insinúe el deseo de acompañarla. Con esto, nos dimos cuenta que el fin de semana siguiente era ideal, el tenia faena en Chiloé y sus hijos seguirán de vacaciones, Tras conversar con ella de las posibilidades, me tocaba a mi coordinar las cosas... partiendo del tema que no podía llevarla a mi casa en Buin, ya que corría el riesgo de que Paulina nos pillara, así que opté por mi vieja confiable.. arrendar un departamento... y que mejor que el departamento arrendado en múltiples ocasiones en Viña del Mar, utilizado en mis encuentros con Raquel. Como ya el dueño del departamento es bastante conocido por mi, le comenté que lo deseaba arrendar entre el viernes y el lunes, así que hice esa reserva por esos días. No sin antes quedarme el jueves en la noche con Paulina, ya que le dije que me iría al campo de mis padres (en Linares) por temas de ellos. Y por ende, debía cumplir con mi cuota de sexo con ella previamente. También me preocupé de comprar los pasajes aéreos de Sandra a Santiago. Con todo esto visto, el viernes, tomé mi auto y me fui a primera hora a Viña del mar, para dejar todo preparado para un fin de semana intenso. Compré velas, comida rica, vino, su postre favorito, cosas de picar. Después de esas compras, compré una ayuda azul y las dejé escondidas en partes del baño (para tomarlas sin que se diera cuenta) Y así me conecté un poco en mi trabajo, hasta que a las 15hrs, Sandra me dice que ya estaba en El Tepual, así que con eso, tomé mi auto y fui rápido al aeropuerto de Santiago a recibir a mi amor.
A las 17:30 yo había llegado al aeropuerto, así que me fui a la salida de llegadas y veo las pantallas y veo que recién había aterrizado su vuelo. Con ansiedad me puse a esperar su arribo. Pasó cerca de media hora cuando de pronto la vi salir, en donde corro a abrazarla. Sin importar el entorno detuve su silla, me agache y la besé. Estaba vestida con una chaqueta larga negra, jeans, labios rojos, el pelo suelto y ojos que brillaban como brasas. Tenía una bufanda de lana gruesa que se quitó una vez que entró a mi auto, revelando su cuello y escote.
—Hola, amor, bienvenida a Santiago —le dije mirándola desde arriba con una sonrisa de cómplice peligrosa.
—Hola, mi amor te extrañé tanto, pero al menos no pasaron años, solo unos pocos meses en volver a vernos.
Salimos de la puerta de llegada y nos fuimos a mi auto. La ayudé en acomodarse dentro de mi vehículo y cuando ya emprendía rumbo a Viña por la 68, me dice:
—Vengo sin ropa interior.
En ese momento, casi pierdo el control de mi auto y llevé mi mano derecha a sus tetas y ella me las guió por debajo de su chaleco, en donde sentí sus tetas libres y con sus pezones duritos. Luego me llevó la mano a su entrepiernas y me doy cuenta que no traía nada, ni sostén, ni calzones. Solo había sentido piel tibia y húmeda en su vagina.
—Le dije a mi esposo que venia al traumatólogo aqui en Santiago.
—Si supiera lo que harás...
Allí nos reímos y hablamos de nuestras vidas, de nuestras parejas (que curiosamente no nos causaba celos) Y después de un poco mas de una hora llegamos a nuestro nido. Un departamento a orilla de playa en Viña del mar. Tenia una vista grandiosa al mar, así que cuando entró al departamento, me dice:
—Gabriel, no puedo creer que estoy aquí, viendo el mar de noche y con el amor de mi vida.
Nos acercamos al balcón y había una reposera, en donde acomodé de espaldas a Sandra, allí empecé a besarla y a desnudarla con rapidez en donde le quite la chaqueta, jeans, suéter. Teniéndola desnuda, me arrodillé frente a ella y contemplé sus tetas grandes, firmes, perfectas, su vientre suave y su sexo depilado, húmedo.
—¿Sabes cuántas veces me masturbé imaginando esto? —le dije mientras acariciaba sus muslos.
—Y yo… pensando en ti recordando como me lames, tal como esa noche.
Le levanté las piernas y las coloqué sobre mis hombros. Me hundí directo entre sus labios inferiores, besando, lamiendo, succionando. Sus gemidos empezaron a llenar el balcón, si bien estábamos en la terraza, esta era cerrada y no se escuchaban sus gemidos en el exterior. Sus gemidos eran suaves al principio, luego más intensos. Le metí dos dedos con delicadeza mientras mi lengua se concentraba en su clítoris y ella comenzó a temblar. Se aferraba al borde de la silla, se mordía los labios, su espalda se arqueaba. No paré hasta que gritó mi nombre y su cuerpo entero se estremeció. Su orgasmo fue húmedo, largo, profundo.
Me levanté, me desvestí frente a ella, ya que mi pene estaba duro. Se lo mostré y ella lo miró como si fuera un dulce que llevaba esperando semanas. Se inclinó, lo tomó con una mano, lo acarició con su boca y luego se lo tragó entero. Sentía su lengua, su saliva, sus jadeos. Y al soltarme me dice:
—Ahora hazme tuya —susurró—. Ya me hiciste acabar con tu lengua. Ahora quiero acabar con tu pene adentro.
La acomodé en la reposera, le abrí sus piernas la apunté y entré de un solo golpe. Ella jadeó fuerte y se me aferró del cuello. Empecé a moverme lento, luego más rápido. La penetraba con fuerza, con ternura, con historia acumulada. Sentía que cada embestida era un “te amo”.
La puse de lado, luego de espaldas, la levanté sobre mí. Nos movíamos como si hubiéramos nacido para encajar así. Y cuando llegó su nuevo orgasmo, apretándome por dentro y temblando, no aguanté más. Y me corrí dentro de ella, derramando todo, gimiendo con la boca en su cuello. Ella me abrazó con las piernas, impidiendo que saliera, como queriendo quedarse con todo de mí.
Nos quedamos abrazados largo rato, desnudos, sudados, respirando juntos.
—Estoy enamorada de ti, Gabriel —me dijo, con los ojos cerrados.
—Y yo de ti, Sandra. Aunque no sepa cómo ni cuándo, quiero más fines de semana contigo. Pero desde ya te prometo que nos estaremos viendo continuamente.
Después de ese primer orgasmo compartido, aún entrelazados en la reposera, el cuerpo de Sandra temblaba con pequeños espasmos involuntarios. Su cabeza descansaba en mi pecho, sus dedos dibujaban círculos suaves sobre mi piel. El balcón olía a sexo, a calor humano, a deseo satisfecho, así que la tomé en brazos y nos fuimos al dormitorio y descansamos un rato juntos. El reloj marcaba las 22:00, suena el teléfono de ella y era su marido, preguntándole como había llegado a Santiago, allí conversó con el, le decia "Te Amo", a pesar de estar desnuda en la cama con otro hombre. Luego yo llamé a Paulina y lo mismo, le decía "Te Amo", a pesar de haber penetrado a otra mujer unos minutos previos. Luego de esas llamadas, comimos algunos picadillos que había comprado en la mañana. Aún era temprano y sabíamos que esa noche no estaba hecha para descansar.
—¿Tienes hambre? —le pregunté, acariciando su cabello.
—De ti. —respondió, girando sobre sí misma y comenzando a lamerme el abdomen con una sonrisa—. No me voy a saciar esta noche… así que prepárate.
La tomé por la nuca y la besé fuerte, hundiéndome en su boca como si la acabara de descubrir. Su lengua se enredó con la mía mientras sus caderas se movían sobre mi muslo. La sentía húmeda de nuevo, resbalando, ansiosa. Nos devorábamos. Sin pausa, sin tregua, asi que la senté sobre el borde de la cama y me puse detrás de ella. Desde esa posición, podía vernos reflejados en el espejo del closet. Ella se apoyó sobre sus brazos, mostrando su espalda recta, sus pechos erguidos, sus pezones todavía húmedos. Yo la sujeté de la cintura y la penetré con fuerza desde atrás, mientras ella me miraba a través del espejo, mordiéndose el labio con la cara enrojecida y el placer en los ojos.
—Mírate… —le dije, jadeando—. Mírate cómo te follo… cómo me dejas entrar hasta el fondo.
Ella no respondía con palabras. Solo gemía. Su cuerpo lo decía todo. Estaba entregada y caliente.
Le tomé los brazos por detrás y la empujé más contra mí, haciendo que mi pelvis chocara contra sus glúteos en cada embestida. Su humedad era tal que cada movimiento producía ese sonido delicioso de cuerpos mojados chocando. La besé en el cuello mientras bombeaba y ella gemía mi nombre sin vergüenza.
—¡Gabriel… más… más fuerte!
Y le di más.
Con una mano libre, le tomé el cabello y la obligué a mirar al espejo mientras la follaba sin parar. Sus tetas rebotaban, su rostro se tensaba de placer y verla así —tan puta y tan mía a la vez— me hacía enloquecer.
Cuando estuve a punto de venirme, me susurra:
—Quiero probar unos juguetes… anda a mi bolso y hay una bolsa negra.
Simplemente sonreí.
Fui al comedor, abrí su bolso y vi una bolsa negra y saqué el plug de silicona negra y el vibrador de succión. Ella ya estaba en la cama, con las piernas abiertas, tocándose lentamente mientras me esperaba.
—Pónmelo tú… —me dijo, señalando el plug.
Le unté lubricante que tenia en ese bolso y sin dejar de mirarla, se lo introduje en su culo, sintiendo cómo se abría paso dentro de ella. Sandra se mordía los labios, se tocaba el clítoris y su mirada no se despegaba de mí ni un segundo.
—Ahora ven… y fóllame así.
Me acerqué. Apoyé su espalda en la cama, abrí bien sus muslos y comencé a jugar con el vibrador. Primero lo deslicé por sus labios, luego por su clítoris, y su reacción fue inmediata un gemido fuerte, involuntario, visceral.
—¡Oh, por Dios… eso… eso…!
Mientras el juguete la estimulaba con movimientos circulares, yo la empezaba a penetrarla otra vez con el plug en su culo. Ella se retorcía, se aferraba a las sábanas y con un temblor agudo, se vino otra vez. Su cuerpo entero vibró como si el orgasmo le sacudiera hasta el alma.
—¡Me corro, me corro otra vez! —gritó.
Y no paré. Aumenté la velocidad, le metí el plug más profundo dentro de ella y la penetré con fuerza. Nuestros cuerpos sudaban, resbalaban, se estrellaban. El ambiente era denso y cuando sentí que iba a explotar, la puse nuevamente en 4, le saqué el plug y en su lugar puse mi pene erecto y mojado con sus jugos, pero lo lubriqué y con cuidado, se lo introduje a ella mientras aún la tenía empalada. Su grito fue agudo, profundo.
—¡Ahhh… Gabriel… me estás llenando entera!
—Y aún falta más —le dije.
Comencé a moverme, sintiendo cómo la estrechez de su ano apretaba mi pene y ella tomó su vibrador y acariciaba su conchita al mismo tiempo. Le agarré fuerte y era como estar atrapado en su cuerpo. Y me vine, con fuerza dentro de ella, con un rugido, con un espasmo que me dejó sin aire.
A los segundos se vino conmigo. El cuarto se llenó de jadeos y nos abrazamos, aún con mi pene dentro de su culo, sintiendo el temblor compartido, el sudor frío bajando por nuestras espaldas, los labios aún deseando más.
Luego de ese orgasmo, nos fuimos a la ducha para refrescarnos y luego dormir en la cama.
La luz suave del amanecer se colaban entre las cortinas del dormitorio, acariciando nuestros cuerpos desnudos, aún tibios del fuego que nos consumió la noche anterior. Sandra dormía sobre mi pecho, su pierna cruzada sobre la mía, su respiración pausada y su cabello alborotado rozándome la mandíbula.
Eran las 7:30. No quería moverme. Quería quedarme así con ella por siempre.
Pero mi pene ya comenzaba a endurecerse de nuevo. El roce de su piel, el aroma de su cuerpo, la tibieza entre sus piernas me despertaba no solo el cuerpo, sino el alma. Lentamente, comencé a acariciar su espalda con las yemas de los dedos. Dibujé líneas suaves desde su nuca hasta la curva de sus caderas. Ella se despertó y medio dormida, me dice:
—¿Ya estás despierto…? —murmuró, sin abrir los ojos.
—Estoy… despierto, duro y con muchas ganas de ti —le respondí en un susurro, besándole el cuello.
—Mmm… ¿y qué piensas hacer con esas ganas…?
—Lo que tú quieras.
Giró sobre sí misma, quedando de espaldas, y llevó una de mis manos hacia su entrepierna. Estaba húmeda, caliente y receptiva.
—Hazme el amor lento… despacito, como si esta mañana fuera eterna…
Y lo hice.
Me deslicé entre sus piernas, con cuidado y le besé sus muslos, el vientre y subí besando su vientre hasta llegar a sus pechos. Al tiempo que ella abrió más las piernas y me recibió con un gemido suave cuando mi pene la rozó, pero no la penetré, si no que baje mi cabeza y mis labios rodearon su clítoris y comencé a jugar con él mientras mis dedos se hundían lentamente en su interior.
—Ohhh… así… no pares…
La masturbé y la lamí al mismo tiempo, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba hacia mi boca. Sus manos apretaban las sábanas, su pelvis se movía buscándome. La llevé al borde, lento, saboreando cada estremecimiento.
Cuando estuvo a punto de correrse, me subí sobre ella, la tomé de la cintura y la penetré en un solo movimiento largo, profundo y firme. La penetré despacio, sintiendo cada centímetro de su vagina, besándola mientras la llenaba. Sandra me miraba a los ojos, con una sonrisa suave, el rostro relajado, el alma abierta.
—Me encanta así… sentirte dentro de mí sin prisa… como si fuéramos uno solo.
Nos movíamos sincronizados, sin palabras, solo miradas, gemidos contenidos y caricias. Yo quería que esa mañana quedara grabada en su memoria como un ritual, no solo un encuentro.
Cuando el orgasmo la alcanzó, tembló debajo de mí, con la boca entreabierta, los pezones duros contra mi pecho y sus piernas abrazándome con fuerza. Yo me corrí segundos después, dentro de ella, con una exhalación profunda, dejándome caer sobre su cuerpo cálido y rendido.
Nos quedamos abrazados, sudados, satisfechos.
Después de unos minutos, me levanté con una idea.
—Tú no te muevas —le dije—. Esta mañana te la dedico. Te haré el desayuno más sensual que hayas probado.
Sandra sonrió, aún con los ojos cerrados.
—Solo si vienes a traérmelo así, tal como estás… desnudo.
Y así lo hice.
Fui a la cocina, aún desnudo. Preparé el desayuno con pan tostado con palta, frutas frescas, yogur y café caliente. Pero también algo más: crema batida y frutillas.
Volví al dormitorio con la bandeja. Sandra estaba sentada en la cama, con mi camisa que use el dia anterior puesta, las piernas dobladas y el cabello revuelto. Hermosa, sensual, deseable como nunca.
—¿Crema y frutillas? —preguntó, alzando una ceja.
—Sí… para comer el postre en tu cuerpo.
Me acerqué, unté una frutilla en la crema y la pasé por su clavícula, bajando lentamente por sus pechos. Luego me la comí con la boca, saboreando su piel y el dulzor de la fruta.
Ella se reía, juguetona, pero ya respiraba hondo otra vez.
—¿No vas a dejarme descansar…?
—Imposible. Contigo… quiero que el desayuno también termine con otro orgasmo.
Y lo hicimos.
Desayunamos entre besos, lamidas y suspiros. Cada bocado y mordisco era una excusa para volver a tocarnos. El sábado recién empezaba y ambos sabíamos que ese fin de semana aún guardaba muchas más locuras por vivir, así que despues de ese orgasmo, nos quedamos en la cama, hasta que a las 1, salimos a almorzar a Reñaca, luego a pasear por Con con y a eso de las 17.30 en donde ya empieza a atardecer, fuimos a pasear a Valparaíso. El tránsito estaba pesado por Avenida España y el sol comenzaba a caer sobre el Pacífico, sin embargo yo estaba extrañamente caliente.
Sandra iba sentada a mi lado, con jeans, una polera de tirantes sin sostén y un chaleco con botones, que más que cubrir, provocaba. El escote dejaba ver el inicio de sus pechos y cada curva de su cuerpo me distraía de la conducción.
—¿A dónde vamos? —preguntó, mientras jugaba con su pelo y cruzaba lentamente las piernas, sabiendo perfectamente el efecto que tenía en mí.
—A donde no haya nadie… y podamos hacer lo que queramos —le respondí, con una sonrisa malévola.
Ella bajó mi mano lentamente y la dejó sobre mi muslo.
—¿Y si no llegamos? ¿Y si no podemos esperar…?
No respondí con palabras, pero su mano se deslizó, desabrochó mi cinturón, bajó el cierre de mi pantalón y comenzó a acariciar mi pene, que ya reaccionaba con firmeza. Mientras avanzaba subiendo y metiendome por calles, Sandra iba quitandose el pantalón, hasta que encontré un lugar ideal en Cerro Barón, buscando un rincón donde nadie nos viera, pero que aún dejara entrar la brisa del mar, hasta que llegamos a una calle que estaba tranquila, con pocos autos estacionados, asi que me estacioné. Desde ahí se veía parte del puerto y los containers apilados a lo lejos.
Apagué el motor. y Sandra me miró seria, con los labios húmedos.
—No aguanto más… necesito sentirte otra vez.
Se pasó al asiento del conductor, sentándose sobre mí, recliné mi asiento y cerré los ojos al sentir cómo su cuerpo me envolvía, cómo su sexo, cálido y mojado, se acomodaba contra el mío mientras comenzaba a moverse lenta, intensamente.
El auto crujía con cada embestida, mis manos le alzaron la polera, dejándola casi desnuda, con los pechos rebotando frente a mi boca. Los besé, los lamí, mientras ella me montaba con fuerza, sin contenerse.
—Mírame —me pidió, con la voz entrecortada—. Quiero que no olvides nunca esta tarde… aquí, sobre ti, en Valpo…
Sus caderas se movían con una cadencia perfecta, mientras los vidrios del auto comenzaban a empañarse. Afuera, la tarde avanzaba y alguna persona pasaba a lo lejos sin imaginar que, en ese rincón entre callejones, alguien se dejaba follar con furia y amor.
Sandra gemía en mi oído, me mordía el cuello, me apretaba fuerte. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el interior del auto y cuando estuvo a punto de correrse, me abrazó con fuerza y comenzó a convulsionar sobre mí. Yo no aguanté mucho más. La penetré con todo lo que tenía y me corrí dentro de ella, gruñendo contra su cuello, temblando.
Quedamos ahí, jadeando, sudados, su cuerpo sobre el mío. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente a nuestro pecado.
Sandra me acarició el rostro.
—Te juro que no hay nada como follar así… sabiendo que en cualquier momento alguien puede vernos.
—Y sabiendo que lo haríamos igual… aunque supieran.
Nos reímos. Luego se arregló la polera, se colocó el jeans, se sentó de nuevo en su asiento y encendí el motor.
—¿Vamos a un mirador? —pregunté.
—Sí… pero esta vez, prométeme que me vas a comer en el asiento trasero. Yo te quiero ver de rodillas… con el mar de fondo.
El trayecto desde Cerro Barón a Playa Ancha fue breve, pero cargado de miradas que decían más que cualquier palabra. El sol ya no estaba y la oscuridad cubria la ciudad, hasta que estacioné el auto en el sector de un mirador, cerca del final de una calle en donde casi nadie andaba a esa hora, solo el rumor del viento, el olor a mar y Sandra, mordiéndose el labio inferior con esa expresión entre ternura y puro instinto.
—Atrás —me ordenó con voz baja, firme—. Quiero que te arrodilles y me comas como si tu vida dependiera de eso.
No respondí. Solo obedecí.
Me fui al asiento trasero y ella me siguió por el lado del copiloto Y al entrar al auto, nuevamente se quita los pantalones y se sentó con las piernas bien abiertas, apoyando su espalda en el vidrio de la puerta de atras del copiloto, abrio su pierna y veia su calzon húmedo con sus jugos y mi leche, asi que me arrodillé entre sus piernas, respirando su aroma, sintiendo el vaivén suave del auto meciéndose con el viento costero.
—Hazlo lento al principio… y después, destrózame con tu lengua.
Metí la cara entre sus muslos y comencé a lamerla. Primero suave, con la punta, rodeando su clítoris, jugando con sus labios menores, disfrutando de su humedad y ella gemía bajito, acariciándome el pelo, pero a los pocos minutos, sus manos se cerraron sobre mi cabeza con fuerza.
—Más… ahí… no pares…
Aceleré el ritmo. Le metí dos dedos, húmedos, mientras mi lengua la masajeaba con furia. Sandra comenzó a moverse contra mí, su pelvis empujando mi boca. Los gemidos se volvieron más altos. En cualquier momento alguien podría pasar cerca del auto, mirar dentro y ver a una mujer dejándose lamer con desesperación frente al mar.
Pero a ella no le importaba. Y a mí menos.
—Me vengo… —gimió con la voz fuerte y desgarrada—. Me estoy viniendo… ¡sigue, por favor!
Y entonces se vino. Tembló entera, sus piernas se apretaron contra mi cabeza y gritó, con el pecho erguido y la boca abierta hacia el techo del auto. La humedad empapó mis labios, mis dedos, su cuerpo entero.
Quedó tumbada, jadeando, los pechos subiendo y bajando.
—Dios… eso fue… —susurró—. No quiero que esto se acabe nunca.
Me incorporé, con la boca brillante. La besé sin pedir permiso y me puse sobre ella. Mi pene estaba erecto, asi que sin problemas me puse sobre ella y la penetré con la brutalidad de quien sabe que el tiempo es poco. Cada estocada era un recordatorio de que cada segundo valía.
Cuando me corrí dentro de ella por segunda vez ese momento, gritamos juntos.
Nos quedamos un rato juntos, pero sabía que ya pronto sería hora de volver al departamento.
Sandra me miró con esos ojos que mezclaban fuego y ternura.
—Esta ciudad ya no será la misma después de esto —me dijo, besándome.
Y yo lo supe con certeza: ni Valparaíso, ni ella, ni yo.
Recuperamos el aliento a los minutos y nos vestimos con lentitud en el auto, después de dejar el asiento trasero húmedo, tibio y con olor a sexo. Su calzón no se lo puso, ya que se lo guardó en la cartera.
—No quiero que nada me tape todavía. Déjame así… —susurró mientras viajabamos hacia Reñaca.
Elegí un restaurante discreto, con terraza cerrada, música suave y jugos (no quise alcohol, ya que debia estar lucido para lo que se venia). Ella se acomodó frente a mí, sin ropa interior, y jugueteando con susmirada. Le encantaba provocarme, incluso en público y yo respondía con miradas cargadas de promesas. Y una vez que íbamos en el auto, rumbo a Viña, le digo
—Nunca te vas a olvidar de lo que te haré —le dije con tono suave—.
—Ya estar en Viña del mar, ya que nunca había venido a Viña, follar en un balcon, hacer anal y ahora follar en un auto en Valpo... ¿Qué más inolvidable me vas a hacer?
—Esta noche, no estaremos solos.
La vi tragar saliva. Sus ojos se abrieron, entre la sorpresa y la excitación. En mi viaje del verano, me había comentado que ella tenia la fantasia de estar con una mujer, pero esta vez, esa fantasia la hariamos realidad, ya que estaríamos con otra mujer.
—¿Quién…?, ¿es tu polola?¿una prosti...? ¿otro hombre...?—mepreguntó en voz muy baja.
—Alguien que te caerá muy bien.
Sandra bajó la mirada, respiró hondo y asintió.
Y continuamos el viaje en silencio. Dejé el auto en el estacionamiento, ayude a bajar y a acomodar a Sandra en su silla y subimos al departamento. Allí le dije que se pusiera un babydoll azul que le habia comprado en Shein y al estar desnuda para colocarlo, suena el citófono.
—Ya llegó.
Noté tensión en Sandra, asi que puse música suave para llenar el ambiente. Allí estaba Sandra en babydoll en su silla. Para asegurarme de rendir esta noche, fui al baño por otros 100mg de azulita y al salir suena el timbre del departamento, voy a abrir la puerta y aparece Carla, una mujer de unos treinta y tantos, cabello rojizo hasta los hombros, labios gruesos, y unos ojos verdes.
Sandra se detuvo, la miró, y sonrió nerviosa.
—Hola, soy Sandra… —dijo.
Carla se acercó y no dijo nada. Cerró la puerta y la besó. Un beso suave, pausado, pero con una energía salvaje. Y Sandra de inmediato se entregó a ese beso, respondiendolo de inmediato. En segundos, las manos de Carla ya recorrían su cintura, sus muslos, su cuello.
Yo observaba, excitado, mientras me desabrochaba la camisa.
—Desde ahora, tú obedeces —dije en voz firme, al oído de Sandra— Mientras Carla y yo te haremos nuestra.
Carla le quitó el babydoll de un tirón y yo tomé a Sandra de los brazos y la llevé hasta el dormitorio, tumbándola sobre la cama, desnuda, completamente expuesta. Le atamos las muñecas con pañuelos de seda, suaves pero firmes.
Sandra jadeaba, entregada y Carla se desnudó lentamente. Tenía un cuerpo curvilíneo y firness, piel blanca, un par de tatuajes pequeños y se sentó al costado de Sandra y comenzó a lamerle los pechos mientras yo le abría las piernas y deslizaba un plug lubricado en su ano, con paciencia.
Sandra gritó de placer.
—No te corras todavía —le advertí.
Tomé un vibrador y se lo coloqué directo sobre el clítoris. Carla se movía arriba de ella, besándola, tocándola, mordiéndola.
—¡Dios, me están volviendo loca! —gritó Sandra, sin poder moverse, temblando—. ¡No puedo más!
Carla se acomodó y se puso a lamerle el clítoris mientras yo seguía dándole con todo. Sandra tuvo un orgasmo tras otro. Su cuerpo sudaba, se arqueaba, lloraba de puro goce.
Cuando por fin le quitamos las ataduras, su cuerpo cayó blando sobre la cama, temblando y agotada.
Pero aún no habíamos terminado.
—Ahora, te toca mirar —le dije, tomando a Carla de la cintura y empujándola contra la pared y penetrándola frente a ella, mientras no parábamos de besarnos.
Sandra, se sentó en la cama, mirando con ojos encendidos cómo yo me follaba a Carla, cómo la hacía gritar, mientras ella misma se masturbaba, sin dejar de jadear.
Luego llevé a Carla al borde de la cama, apoyó sus brazos sobre la cama y yo detrás de ella, poniendo mis manos sobre sus caderas y empecé a penetrarla. Entonces Sandra se acomoda frente a Carla y busca sus labios hasta encontrarla y seguí penetrándola, mientras el ambiente se llenaba de sexo y luego miraba por un espejo la escena de ambas mujeres besándose y yo detrás penetrando, hasta que Carla llegó a su orgasmo y al par de minutos de seguir penetrándola, derrame mi leche dentro de su vagina.
Tras esos orgasmos caímos rendidos sobre la cama, me acomodé entre ellas y empezamos a regalonear y a hablar de la vida.
Allí Carla contaba de ella y decía cosas como
—Conozco a Gabriel hace varios años… nos conocimos por Baddoo… si bien lo nuestro a sido puro sexo, hemos mantenido el contacto… actualmente tengo pareja, se llama Nicole (esto último le causó interés a Sandra)—
Al escuchar esto (los tres seguíamos desnudos sobre la cama) Sandra estaba, con las piernas entreabiertas y su respiración era lenta, pero no del todo calmada.
Carla y yo nos miramos. Sin hablar, ya sabíamos lo que venía. Esta noche era para romper todo control, asi que Carla se levantó y tomó un pañuelo negro de satin y tapó suavemente los ojos de Sandra. La vendó por completo. Enseguida le ató nuevamente las muñecas, pero esta vez por encima de la cabeza, estirándola sobre la cama.
—Ahora no verás nada… solo vas a sentir —susurró Carla, mientras yo le deslizaba dos pinzas suaves en los pezones, provocando un gemido agudo, casi desesperado.
Le colocamos audifonos de los grandes, ya que no solo queríamos anular su vista, sino que distorsionar su oído. Todo lo que Sandra iba a experimentar esta vez sería piel, tacto, lengua, suspiros contra su piel. Entonces, Carla comenzó a pasarle un cubo de hielo por el vientre y luego entre los muslos, yo me arrodillé a un costado y le deslicé lentamente una bola china que me pasó Carla dentro de su vagina, una a una, muy despacio, viendo cómo su cuerpo temblaba al sentir cada esfera deslizarse dentro.
Sandra gritaba, pero sin saber bien por qué.
—No paren… no paren… —susurraba entre jadeos—. ¡Háganme lo que quieran!
Carla se sentó sobre su rostro, tomándole la cabeza con ambas manos. La hizo lamerla, morderla. Yo, desde los pies, la giré y comencé a lamerle el ano suavemente, con las bolas aún dentro, jugando con los límites de su resistencia.
—Eres nuestra esta noche —le dije con voz firme—. Y vamos a exprimir cada parte de ti.
Tomé mi cinturón y le di un azote en la cadera. Luego en la parte interna del muslo, pero no era dolor, era presión, juego, intensidad que se mezclaba con el placer.
—¡Sí! ¡Más fuerte! —gritaba ella, con Carla sobre su boca.
Le quité las bolas y entré con mi pene en ella con fuerza. Estaba caliente, resbalosa, convulsionando. Carla me besaba mientras Sandra gemía debajo de nosotros, perdida en su mundo privado, vendada, amarrada, sin oír más que sus propios gemidos mezclados con los de Carla.
La follé en esa posición mientras Carla se bajaba de ella, tomaba un consolador delgado, lo lubricó y se lo empezó a meter por su culo en sincronía con mis embestidas y sin más Sandra se vino dos veces seguidas.
Su cuerpo colapsó, jadeante, convulso, entregado por completo.
Le quitamos la venda. Le sacamos los auriculares. Lo primero que vio fue a nosotros dos abrazándonos sobre ella, observándola con ternura, con orgullo, con deseo aún no terminado.
—¿Quieres más, Sandra? —le preguntó Carla, acariciándole el pelo—. Porque aún no hemos terminado contigo…
Y Sandra, entre sonrisas, susurros y sus muslos temblorosos, dijo lo único que podía decir:
—Háganme lo que quieran. Soy suya esta noche. No me dejen dormir.
Pasó un rato, hasta que colocamos a Sandra de rodillas en medio de la cama y Carla se sentaba tras ella, abrazándola por la cintura mientras con una mano le acariciaba los pechos y con la otra se la pasaba por su cintura. La mirada de Sandra era de sumisión total, mientras yo estaba frente a ella, le sostenía la mandíbula mientras la hacía mirarme fijamente.
—Vas a hacer lo que te digamos, ¿verdad?
—Sí, amor —susurró, lamiéndose los labios.
Tomé un pequeño vibrador que me pasó Carla y lo coloqué justo en su clítoris, sosteniéndolo con fuerza mientras seguía excitandola. Carla por su lado, la había tomado del rostro y aumentaba la presión contra su boca, besándola y se sentían los gemidos entrecortados de Sandra.
—No vas a acabar todavía —le dije al oído—
Sandra temblaba, su cuerpo entero sudaba. Luego la inclinamos de espalda en la cama, Carla le introdujo lentamente un plug en el ano mientras yo me acomodé sobre ella, metiendo mi pene en su boca, el cual Sandra tragó todo sin chistar. Carla le puso el vibrador en el clítoris, mientras yo le follaba la boca, hasta que no aguanté más y acabe en su boca y al ver que había acabado yo, Carla comenzó a masturbarla con ritmo y fuerza y decía:
—Te vas a venir una vez más… y luego vas a dormir como nunca.
—¡Sí! ¡Sí, por favor! ¡sigue todo! —gritó Sandra, al tragarse toda mi leche.
Y llegó el orgasmo, el cual fue salvaje, un espasmo absoluto y todo su cuerpo convulsionó. Gritó, jadeó, gimió.
Carla y yo nos besamos y mirabamos como dos enamorados, mientras Sandra no decía nada, solo respiraba fuerte, con una sonrisa en los labios, sus pechos subiendo y bajando como olas lentas.
—Gracias… por todo esto —murmuró—
La besamos y luego nos fundimos los tres en la cama, hasta quedarnos dormidos, desnudos y con la certeza de que esa noche no la olvidaríamos jamás.
A las horas me despertó el sonido suave del mar y el leve roce de una mano en mi pecho. Abrí los ojos y vi a Sandra dormida entre mis brazos, su cabeza sobre mi hombro, sus labios entreabiertos, el pelo desordenado. Carla estaba a su otro lado, de espaldas, abrazándola también, desnuda y hermosa.
Todo olía a sexo, a piel mezclada, y también había calma. Entonces besé suavemente la frente de Sandra. Ella abrió los ojos lentamente y me miró con una sonrisa que no tenía palabras. Se encogió un poco más contra mi pecho y dejó escapar un suspiro largo.
—No quiero que esto se acabe nunca —murmuró.
—Ni yo —le respondí, acariciándole la espalda con los dedos.
Carla se dio vuelta, aún con los ojos entrecerrados y nos abrazó a ambos. Sus piernas se entrelazaron con las nuestras. Los tres quedamos en una especie de nudo cálido, sudado, pero lleno de ternura.
No dijimos nada por unos minutos y solo escuchábamos nuestras respiraciones.
Hasta que Sandra, con esa voz suave y de recién despertada, dijo:
—Anoche me sentí completamente viva. No solo por lo que hicimos, sino por cómo me miraban… por cómo me tocaron… por cómo me cuidaron después. No era solo sexo. Era algo más.
—Aqui hay amor, amor de verdad... no solo calentura. Ustedes dos se aman, por eso disfrutan de estar juntos. Si bien, aquí soy una invitada, me he sentido querida y deseada por ambos. Por la ternura tuya Sandra y las ganas de ti Gabriel. Yo pensaba que iba a ser un simple trio y que todo seria sexo, pero no solo ha sido eso.
La miramos sin decir nada, yo sabía lo que quería decir, pero dije:
—Nosotros tres tenemos un lazo invisible que se crea cuando el deseo se mezcla con cariño real, con confianza absoluta. Si bien Carla apareció en mi vida en una aplicación de citas y tuvimos relaciones bien ricas, con el tiempo ese amor furtivo pasó a ser una amistad intensa que con pocas personas se consigue. Contigo Sandra, todo empezó cuando te hacía clases de reforzamiento de matemáticas y de a poco empezamos a sentir cosas por el otro, hasta que por ser inmaduros nos ganó el tiempo y tarde nos dimos cuenta que nos amamos. En fin, cuando alguien se entrega y otro lo recibe con respeto, es una muestra de amor.
Sin decir más, nos besamos los tres, con besos lentos, profundos, sin apuros.
Luego, de esos besos, empezamos a hablar de ambigüedades Carla se levantó y fue a la cocina, para volver a los minutos después con una bandeja con café humeante, trozos de fruta, pan con palta y unas galletas, entonces desayunamos desnudos en la cama, entre risas suaves, caricias sin apuro. Carla le daba de comer a Sandra, y luego me pasaba trozos a mí con la boca. Sandra nos besaba los dedos después de cada bocado. Todo era juego, pero también ternura pura.
—¿Y ahora qué? —preguntó Carla.
—Ahora solo esto —dije—. Estar juntos, saber que esto fue real y disfrutarlo.
Nos abrazamos. Sandra apoyó su cabeza en mi pecho otra vez y Carla sobre su vientre. Las dos cerraron los ojos yo me quedé mirándolas un rato largo, con una emoción suave y profunda palpitando en el pecho. Y la mañana avanzó despacio, sin prisas ni culpas y solo habia piel, ternura y una certeza silenciosa: lo vivido ese fin de semana no era solo un exceso de placer.
Pasaron varias horas y el sol ya se alzaba alto cuando Carla comenzó a vestirse (ya que la llamó Nicole). Lo hizo en silencio, lentamente, mirándonos de reojo mientras Sandra aún permanecía desnuda sobre la cama, enredada en una sábana blanca y yo estaba apoyado en el marco de la ventana, tomando un café frío, observando cómo Carla abrochaba uno a uno los botones de su blusa sin apuro y nos miró por última vez antes de ponerse los botines.
—Gracias por todo —dijo con una sonrisa suave, casi triste—. Por el deseo, por la confianza… y por el cariño.
Se acercó a mí, me besó profundo, con lengua, con sabor a despedida. Luego se agachó junto a Sandra y la besó en los labios, lento, suave, con los dedos deslizándose por su cuello.
—Fue perfecto —murmuró.
Sandra no dijo nada. Solo la tomó de la mano por unos segundos, como si no quisiera soltarla del todo y cuando Carla cerró la puerta tras de sí, la habitación quedó en silencio espeso y yo miré a Sandra que tenía la mirada clavada en el techo, respirando hondo, como si intentara no quebrarse.
Me acerqué a ella y le acaricié la cara.
—¿Estás bien?
—No quiero que este fin de semana se acabe —dijo.
Entonces me miró y en sus ojos ya no había ternura.
—Ahora fóllame duro. Sin pausas y hazme tuya completamente. Quiero olvidarlo todo y recordarlo al mismo tiempo.
La frase se quedó flotando entre nosotros. No dije nada, solo la tomé del cabello, lleve su silla al borde de la cama y la acomode alli en cuatro patas sobre las sábanas desordenadas. Mi pene estaba duro desde que Carla se despidió, ya que había demasiada tensión contenida.
La tomé por la cintura y la empujé hacia mí. Le abrí los glúteos con las manos y sin avisar le escupí el ano y ella jadeó fuerte.
—¿Estás lista?
—Hazlo.
Metí dos dedos empapados de saliva, sin suavidad y ella gimió, arqueándose. Su cuerpo ya estaba acostumbrado a mi ritmo. Saqué los dedos y presioné la punta de mi pene contra su culo. Y empujé fuerte y ella gritó.
—Sí… sí… ¡así!
Me metí entero de una embestida, hasta el fondo. Sandra temblaba, gemía sin pudor, con la cara enterrada en las sábanas. Le agarré los brazos por la espalda y comencé a embestirla con fuerza, golpeando su culo contra mi pelvis con cada estocada brutal.
—Más… ¡más!
No aflojé. La follaba con furia, con rabia, con amor convertido en pura posesión. Su cuerpo se estremecía con cada golpe. Le tiré del pelo, la obligué a mirarme mientras la rompía desde atrás. Su cara estaba desencajada, roja, sudada, hermosa.
La giré y la dejé boca arriba con las piernas abiertas. Le escupí en el pecho, le mordí los pezones y volví a metérsela, esta vez en la vagina, con igual violencia.
—Tú eres mía —le dije al oído mientras la embestía—. Mía.
—¡Sí! ¡Soy tuya, toda tuya!
Volví a sometiendola, esta vez con una mano ahorcándola levemente, su mirada fija en la mía, tptalmente entregada y sus gemidos eran gritos de placer.
Me vine adentro de ella, profundo, con un rugido animal y Sandra se vino segundos después, con un orgasmo que hizo que su cuerpo se sacudiera como una ola.
Nos quedamos así, pegados, respirando entre jadeos. Su ano dilatado, mi semen goteando por su muslo, nuestros cuerpos enredados como si fuéramos parte de la misma carne.
Después de aquella sesión de sexo, caimos rendidos sobre la cama, para luego quedarnos dormidos abrazados, para que al rato volviera a despertar y viera a Sandra estaba de espaldas, con una pierna cruzada sobre la mía, con su cabello desordenado cayéndole por la espalda, la piel aún tibia, oliendo a sexo. Pero no podria evitar pensar que esta aventura estaba por terminar y que en menos de 24 horas, ya estarpiamos separandonos. Mientras pensaba, me moví y Sandra me dice:
—Esto es un sueño... me siento plena y no quiero irme.
Se giró hacia mí, buscó mi boca y me besó despacio, con ese deseo tranquilo, profundo, de querer estar cerca, de fundirnos con ternura después de tanta intensidad.
La besé de vuelta, esta vez más lento, más sentido. Mis manos recorrieron su cintura, sus caderas, su vientre. Mientras los besos llegaban, ella se acomodó sobre mí, montándome con suavidad, guiando mi nuevamente erecto hacia su vagina húmeda y caliente.
Entró en mí con facilidad y se movía despacio, ondulando las caderas, con la frente apoyada en la mía, mirándome a los ojos.
—Así me gusta —susurró—. Lento, profundo. Como si no quisiéramos que se acabara nunca.
Le acaricié el rostro, la besé en la mejilla, en la clavícula, en los pechos suaves que se alzaban con cada movimiento. Ella gemía bajo, como si cantara. Me apretaba con las piernas, con los brazos y mi pene la llenaba por completo, entre sus suspiros y mi respiración agitada.
Sandra empezó a temblar, un orgasmo lento y dulce le recorría el cuerpo. Se aferró a mí con fuerza mientras se venía, gimiendo contra mi cuello, húmeda y hermosa.
Yo la abracé fuerte, me dejé ir con ella, sintiéndome dentro, profundo, sin soltarla, llenándola una vez más, pero esta vez sin gritar. Solo un murmullo de placer, como si quisiéramos quedarnos así para siempre.
Cuando todo terminó, no nos separamos. Nos quedamos abrazados, sudados, mirándonos sin palabras.
—Gracias —susurró.
—No digas gracias.
Ella sonrió, y esa sonrisa quedó grabada en mi mente.
Luego, nos fuimos a la ducha juntos, para luego salir a dar una vuelta a Reñaca y Concon para ver el atardecer como dos pololos enamorados y regresamos a las 8pm al departamento y nos fuimos al dormitorio para estar desnudos nuestra ultima noche juntos.
Pero esta vez, más que deseo, habia ternura, asi que abrazados nos quedamos dormidos, pero a eso de las 2am desperté y al verla tan bella y vulnerable, empecé a llevar mis dedos a su vientre y bajaron entre sus muslos y luego a su entrepierna y la sentí alli... estaba húmeda, increíblemente húmeda y al tocarla, se giró despacio, aún entre sueños, y sin decir una palabra, me besó. Un beso denso, lento, cargado de deseo dormido, pero vivo. Me montó de inmediato, guiando mi verga adentro con una facilidad que me arrancó un gemido bajo.
—No quiero dormir más —susurró entre jadeos—. Quiero que me folles otra vez… pero así… medio dormida… encima tuyo… hasta que me tiemblen mis débiles piernas…
Se movía lento al principio, con la respiración agitada y la frente apoyada en mi pecho. Yo la sujetaba por las caderas, sintiendo cómo su sexo se abría y se cerraba sobre mí, húmeda, tibia, perfectamente apretada.
Luego la sujeté del pelo y la forcé a levantar la mirada. Nuestros ojos se encontraron en la penumbra y en ese cruce de miradas todo se volvió más intenso. Sandra empezó a moverse más fuerte, golpeando su pelvis contra mí con un ritmo cada vez más desesperado.
Me senté, tomándola por la cintura, y embestí hacia arriba con fuerza, haciéndola gritar. La alcé con las manos bajo sus muslos y la follé con fuerza, sin pausa, mientras ella mordía mi hombro, jadeando contra mi oído.
—Así… así… —decía—. Hazme tuya otra vez… fóllame fuerte, como si no fuera a volver a verte…
Sus uñas se clavaban en mi pecho. Su respiración se rompía en gemidos desgarrados. Y yo la penetraba profundo, con golpes secos, haciéndola rebotar sobre mi verga como si estuviéramos ardiendo por dentro.
Entonces la eché boca abajo sobre la cama, tomé su cintura y me metí de nuevo, fuerte, rápido, sin filtro. Ella se aferró a la sábana, gritando ahogada contra la almohada mientras la cogía con toda la rabia dulce del deseo acumulado.
Un último gemido, largo, quebrado, fue el preludio de su orgasmo. Se vino convulsionando, empapando mis muslos, mientras yo la llenaba por dentro una vez más, rugiendo su nombre al venirme.
Quedamos exhaustos. Sudados. Respirando como si hubiéramos corrido kilómetros. Me tumbé junto a ella, la abracé por la cintura y sentí cómo se relajaba entre mis brazos.
—No me sueltes —murmuró, con la voz casi apagada—. No todavía…
La abracé más fuerte. El sol aún no salía, pero ya todo ardía entre nosotros. Pasaron varias horas, hasta que aparecieron los primeros rayos de la luz del día ya se colaba clara por las ventanas, marcando las esquinas del cuarto desordenado. Entre ropa tirada y sábanas revueltas, nos movíamos lentamente, conscientes de que cada minuto que pasábamos juntos se deslizaba como arena entre los dedos.
A eso de las 9am, tomamos desayuno y nos duchamos, fuimos a dar una vuelta por Viña del mar y al regresar al departamento, volvimos a follar en el primer lugar en donde follamos al llegar (en el balcon) y luego pasamos a la cama a regalonear, hasta que nos dieron las 12hrs, entonces empezamos a recoger las cosas de nosotros, pero sin perder la oportunidad de rozar su piel cada vez que pasaba a su lado.
Cuando ya teníamos todo listo, me acerqué por detrás y apoyé mi cuerpo contra su espalda, sintiendo cómo su piel se erizaba y mis manos subieron despacio por su cintura, deteniéndose en sus costados, jugueteando con la curva de sus caderas.
—¿Ya lista para irte? —susurré, justo detrás de su oído.
Ella se giró apenas, mordiendo el labio con esa sonrisa pícara que aún tenía desde la noche anterior.
—Si tú quisieras, podrías convencerme de quedarme un rato más.
Me acerqué más, rozando su mejilla con la mía. Con una mano acaricié su cuello y con la otra bajé hasta sus muslos, dejando un leve contacto que hizo que sus piernas temblaran.
Y antes de marcharnos, la levante, la puse de pie frente a mi, la tomé por la cintura y la giré hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso lento y profundo, cargado de toda la pasión que habíamos disfrutado durante el fin de semana.
—No quiero que esto termine —dijo, susurrando contra mis labios.
—Todavía no termina —respondí, deslizando una mano por su espalda hasta bajar a su trasero, apretándolo con suavidad.
Volvimos a movernos hacia la puerta, pero en el pasillo me detuve, la tomé de la mano y empujé de manera brusca su silla contra la pared, nuestras respiraciones se mezclaron y mientras la besaba con deseo, mis manos exploraban su cuerpo, buscando cada rincón.
—Este fin de semana fue inolvidable y lo repetiremos muy pronto —murmuré.
Bajamos, llegamos al auto, subí su bolso, su silla de ruedas y a ella y empecé a conducir con algo de apuro al aeropuerto mientras conducía por entrando a la 68, pero mi atención estaba fija en Sandra, que viajaba a mi lado, con la mirada fija en la ventana, envuelta en un suéter rojo que realzaba sus curvas y jeans. Bajo el chaleco llevaba una polera y sostén..
Después de un póco mas de media hora de viaje, ya estaba altura de Casablanca y deslicé mi mano lentamente desde el apoyabrazo, rozando la suya con los dedos. Ella volteó apenas, con una sonrisa pícara y los ojos brillantes. Mis dedos empezaron a acariciar la palma de su mano, subiendo por el dorso, hasta enredarse en sus rizos de piel suave. Luego, disimuladamente, bajé hacia su muslo, cubierto por el suéter, sintiendo cómo su piel respondía al contacto, erizándose.
Ella inhaló profundo, sus ojos clavándose en los míos, y sin dudarlo, apoyó su pierna contra la mía, deslizando el pie con delicadeza, pero con intención. El roce de su piel contra mi pierna fue eléctrico. La música suave del radio acompañaba el ritmo lento y constante de la carretera Mis dedos comenzaron a trazar círculos sobre su muslo, mientras sus manos se movían hacia mi cuello, acariciándolo, bajando hacia mi pecho, donde sentía los latidos acelerados de mi corazón.
En un movimiento casi imperceptible, ella deslizó su mano por dentro de mi camisa, apretando mi torso con ternura, mientras yo respondía con un beso suave en su cuello, inhalando su aroma dulce y salvaje.
La tensión crecía a cada segundo, mientras nuestras respiraciones se volvían más profundas y el auto parecía un mundo aparte en donde el tiempo se estiraba y la distancia se acortaba.
Por un instante, ella apoyó la cabeza en mi hombro y susurró:
—No quiero que esto termine.
Yo apenas pude responder con un beso en su cabello, prometiéndole sin palabras que esto era solo un hasta luego.
Pero antes de que el aeropuerto apareciera en el horizonte, la mano de Sandra se deslizó hacia mi entrepierna, rozándola suavemente, provocando que mi respiración se entrecortara.
—¿Quieres que pare? —pregunté, con la voz.
—No —respondió con una sonrisa atrevida—. Haz que cada segundo valga.
Y con ese pacto silencioso, seguimos el camino, hasta llegar al estacionamiento del aeropuerto, ella antes de bajarse, me dice:
—Espera, no bajes, tengo un regalo.
Se levantó el chaleco, luego la polera y al quedar en sostén, lleva sus manos a la espalda, quitandoselo y quedando en topless en pleno estacionamiento. Mi pene de inmediato se erectó y atine a besar sus pezones por un instante, mientras colocaba sus manos en mi cabeza. Tras recibir ese regalo, lo guardé en la guantera y volvio a vestirse en el auto, mientras yo bajé para dejar lista su silla y bajar su bolso.. Al estar frio el ambiente (y para que no se le marquen sus pezones en el suerter) se acomodó una chaqueta y cuando terminó, me acerqué a ella y, sin decir palabra, le tomé las manos entre las mías. Sus ojos buscaban los míos, brillando con una mezcla de deseo y tristeza contenida.
Con suavidad, la acerqué hacia mí, lo justo para rozar su cuerpo con el mío, sintiendo el calor que aún quedaba tras la noche y la mañana juntos.
Le susurré al oído:
—Cuídate mucho hasta que volvamos a vernos.
Ella respondió con un suspiro, apoyando la frente contra mi pecho y dejándose envolver en mis brazos por unos segundos más.
Después, la besé con delicadeza, un beso corto pero lleno de significado, un pacto silencioso de que esto no era un adiós definitivo.
—Te amo Gabriel
—Te amo Sandra.
Sandra sonrió y entramos al recinto del aeropuerto y al haber pocas personas hizo el tramite del check in en el counter y fuimos hacia la puerta de seguridad, en donde nos apartamos con lentitud, en donde lagrimas surgieron en ambos al separarnos
—No sabes cuánto voy a extrañarte —susurró ella, apoyando su frente contra la mía.
—Yo también —le respondí, con voz triste—. Pero esto no es un adiós. Solo un hasta pronto.
—Prométeme que pronto nos veremos.... y quizas los tres con Carla
—Promesa, antes de juntarme con ella, prefiero mil veces ser tuyo amor.
Nuestras manos se entrelazaron, aferrándonos a ese último instante de cercanía. Una brisa movió su cabello y sin más nos dimos cuenta que era momento del adiós. Ella debía ver a sus hijos y a su marido y yo de volver a mi casa de soltero en Buin y de pololo con Paulina, pero con el recuerdo de haber vivido un fin de semana inolvidable y que fue mucho mas intenso de lo esperado. Ella entró y al pasar el control de los rx se empezó a alejar lentamente y alli la llamé por telefono y la hice girar para ver su sonrisa que contenía toda la promesa de futuros encuentros.
Tras esa despedida, pase a comprar un café y me fui al auto solo, con una tristeza contenida, en donde no aguante el llorar y una vez desahogado, opté por llamar a Carla para pasar este momento y me responde lo mismo que Sandra, que me agradecía esta sorpresa y que deseaba volver a estar con nosotros. Tras esa llamada, Sandra me dice que estaba en el avión. Y a la noche, me manda un video acostada con su marido al lado que dormía, mientras ella tocaba sus tetas por mi.