A principios del siglo pasado existían mucho los 'rotos'. No sé si los conozcan, pero estos tipos eran conocidos por dos características principales: eran humildes y además vivían de trabajos esporádicos.
Un dia había dos rotitos que caminaban por el campo buscando trabajo y tocan a la puerta de una casa. Sale la señora y les dice:
-¿Qué ocurre, gentiles hombres?
-Hola señora, disculpe, pero andamos limpiando alfombras.
-¿Alfombras?
-Efectivamente... ¿Tiene usted, de casualidad, una alfombra que limpiar?
-Justo tengo una bien sucia. Si gustan pasar, pueden verla para comenzar con su trabajo.
-Cómo no -dice uno de los rotos.
Recordemos que esta historia (o anécdota en realidad) ocurre durante el siglo pasado, cuando no existían las lavadoras ni las máquinas de limpieza... menos aún existían las lavanderías para enviar rudimentos como las alfombras.
Por ese entonces las alfombras se limpiaban amarrando un alambre entre dos árboles, encima del cual se 'colgaba' la alfombra sucia y se le daba golpes con unas varas de coligüe. El coligüe era el árbol más utilizado porque sus ramas eran largas y no tenían muchas hojas que quitar. De esta forma, mediante los golpes, el polvo iba saliendo generando una nube de suciedad.
Los rotos, entonces, colgaron la alfombra y se prepararon para comenzar la limpieza.
-Bueno, señores, los dejo aquí -dijo la dueña de casa-, yo me voy a terminar de hacer algunas cosas adentro de la casa. Vuelvo en un rato.
Y la mujer desapareció tras la puerta de la cocina.
Al cabo de un rato, la dama vuelve al patio a ver cómo iba el trabajo. Grande fue su sorpresa al ver a uno de los hombres haciendo maniobras fuera de lo común: una vuelta de carnero hacia adelante, otra vuelta de carnero hacia atrás, un salto mortal, dos saltos en un pie, dos saltos con el otro pie, dos sentadillas y todo tipo de contorsiones.
En medio de todos estos movimientos la dama dice:
-Disculpe, señor -comenta al otro roto-, pero lo que hace su compañero, más que un trabajo, es un arte. Aquellos movimientos no corresponden a un hombre calificado de roto, sino más bien, a un número circense, movimientos espectaculares dignos de un deportista. Qué más voy a decirle, su compañero, más que un hombre, es un atleta.
A lo que el roto contesta.
-Qué atleta ni que nada señora. Lo que pasa, es que el primer coliguazo, se lo pegué en las wéas.