Primero fue Karl Popper. Dijo que la observación era interpretada según la teoría.
Ok.
Por la misma época, aunque sin conocerse, Koyré estaba diciendo que toda teoría física se entendía a la luz de una teoría filosófica que hubiera detrás.
Koyré había estudiado con Husserl en 1913, quien en 1935 haría una formidable crítica al positivismo en La crisis de las ciencias europeas.
Koyré viajó a los EEUU en los 50 y despertó del sueño dogmático a un jovencito llamado Thomas Kuhn.
Kuhn dijo luego en 1962 que toda teoría física dependía de la carga teorética que hubiera en el paradigma que la sustentaba. Observar era interpretar según el paradigma. Por eso la caída de un cuerpo es una cosa en Ptolomeo y otra cosa en Galileo. O sea que al observar cuerpos que caen, observas galielos o ptolomeos, e interpretas qué está sucediendo.
Luego vino Lakatos y dijo que sí, que los científicos se aferran a un núcleo central, pero tiempo después, como una consecuencia no intentada, la defensa que hayan intentado afirma o debilita al núcleo central. Y que era racional, por ende, correr el riesgo de sostener un núcleo central regresivo con tal de que haya conciencia del riesgo.
Entonces Feyerabend entra en escena y, en resumidas cuentas, afirma que todo depende entonces de la creatividad del científico y de su capacidad literaria para convencer a los demás de su teoría.
Pero dijo muchas cosas más. Entre ellas, que si la metafísica se diferencia de la ciencia por el testeo empírico, pero, hemos visto, no hay testeo independiente de las teorías, entonces no hay testeo empírico como la ciencia tradicionalmente lo pretende y, so, no hay diferencia entre metafísica y ciencia.
Entonces, todo es metafísica, esto es, todo es teoría.
¿Y qué diferencia una buena teoría de una mala teoría? Para ello hay que someter la teoría a la crítica racional, que no es infalible, pero que no es otra cosa que el diálogo socrático con nuestras propias teorías. Popper tenía razón: la crítica es indispensable, pero no es hechos versus teorías, sino teorías versus teorías.
Platón, Aristóteles, Empédocles, Pitágoras, Ptolomeo, San Agustín, San Anselmo, Santo Tomás, Descartes, Hume, Kant, Newton, Darwin, Freud, Einstein, Wittgenstein. Husserl, Edith Stein, J. Ratzinger. Son sólo ejemplos, no excluyentes de otros, sólo para decir: todos son teóricos. No hay diferencia entre filosofía y ciencia. No hay testeo empírico. Hay teorías. Concepciones del mundo. Paradigmas. Horizontes. Mundos de la vida.
Asumámoslo. Todo es teoría. Todos son filósofos, todos somos filósofos; todos, por ende, debemos argumentar y tratar de sostener la teoría ante la crítica racional de otra teoría. ¿Y cuál es el problema? De ese movimiento de la razón sale la verdad y lo mejor de lo humano. Hemos abandonado a la verdad en un imposible: un experimento que pretenda eliminar lo humano. Y esa también es una teoría, y muy mala, porque ha creado un monstruo: una materialidad que no puede hablar, una mudez parlante, una psicosis, porque creemos que eso existe y que habla. Que un experimento, sin la teoría humana, pueda hablar y decirnos la verdad, es tan imposible que, ante ello, creer en los duenceditos verdes es más racional porque ellos no implican autocontradicción y al menos no hemos depositado en ellos la verdad.
Vivimos en una época donde la creencia en una supuesta ciencia experimental, en sus supuestos numeritos y mediciones, se ha convertido en una psicosis, que ha invadido los ámbitos humanos más profundos y los carcome como un virus. La razón y la verdad están mudos y esperan. Los diálogos platónicos han sido relegados al mundo de lo bonito y la humanidad espera en dioses inexistentes.
Fuente
Ok.
Por la misma época, aunque sin conocerse, Koyré estaba diciendo que toda teoría física se entendía a la luz de una teoría filosófica que hubiera detrás.
Koyré había estudiado con Husserl en 1913, quien en 1935 haría una formidable crítica al positivismo en La crisis de las ciencias europeas.
Koyré viajó a los EEUU en los 50 y despertó del sueño dogmático a un jovencito llamado Thomas Kuhn.
Kuhn dijo luego en 1962 que toda teoría física dependía de la carga teorética que hubiera en el paradigma que la sustentaba. Observar era interpretar según el paradigma. Por eso la caída de un cuerpo es una cosa en Ptolomeo y otra cosa en Galileo. O sea que al observar cuerpos que caen, observas galielos o ptolomeos, e interpretas qué está sucediendo.
Luego vino Lakatos y dijo que sí, que los científicos se aferran a un núcleo central, pero tiempo después, como una consecuencia no intentada, la defensa que hayan intentado afirma o debilita al núcleo central. Y que era racional, por ende, correr el riesgo de sostener un núcleo central regresivo con tal de que haya conciencia del riesgo.
Entonces Feyerabend entra en escena y, en resumidas cuentas, afirma que todo depende entonces de la creatividad del científico y de su capacidad literaria para convencer a los demás de su teoría.
Pero dijo muchas cosas más. Entre ellas, que si la metafísica se diferencia de la ciencia por el testeo empírico, pero, hemos visto, no hay testeo independiente de las teorías, entonces no hay testeo empírico como la ciencia tradicionalmente lo pretende y, so, no hay diferencia entre metafísica y ciencia.
Entonces, todo es metafísica, esto es, todo es teoría.
¿Y qué diferencia una buena teoría de una mala teoría? Para ello hay que someter la teoría a la crítica racional, que no es infalible, pero que no es otra cosa que el diálogo socrático con nuestras propias teorías. Popper tenía razón: la crítica es indispensable, pero no es hechos versus teorías, sino teorías versus teorías.
Platón, Aristóteles, Empédocles, Pitágoras, Ptolomeo, San Agustín, San Anselmo, Santo Tomás, Descartes, Hume, Kant, Newton, Darwin, Freud, Einstein, Wittgenstein. Husserl, Edith Stein, J. Ratzinger. Son sólo ejemplos, no excluyentes de otros, sólo para decir: todos son teóricos. No hay diferencia entre filosofía y ciencia. No hay testeo empírico. Hay teorías. Concepciones del mundo. Paradigmas. Horizontes. Mundos de la vida.
Asumámoslo. Todo es teoría. Todos son filósofos, todos somos filósofos; todos, por ende, debemos argumentar y tratar de sostener la teoría ante la crítica racional de otra teoría. ¿Y cuál es el problema? De ese movimiento de la razón sale la verdad y lo mejor de lo humano. Hemos abandonado a la verdad en un imposible: un experimento que pretenda eliminar lo humano. Y esa también es una teoría, y muy mala, porque ha creado un monstruo: una materialidad que no puede hablar, una mudez parlante, una psicosis, porque creemos que eso existe y que habla. Que un experimento, sin la teoría humana, pueda hablar y decirnos la verdad, es tan imposible que, ante ello, creer en los duenceditos verdes es más racional porque ellos no implican autocontradicción y al menos no hemos depositado en ellos la verdad.
Vivimos en una época donde la creencia en una supuesta ciencia experimental, en sus supuestos numeritos y mediciones, se ha convertido en una psicosis, que ha invadido los ámbitos humanos más profundos y los carcome como un virus. La razón y la verdad están mudos y esperan. Los diálogos platónicos han sido relegados al mundo de lo bonito y la humanidad espera en dioses inexistentes.
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