La consecuencia del error moral: El estatismo y la destrucción de la
libertad y la propiedad.
T odos los errores cuestan. Esto resulta más evidente con las
leyes de la naturaleza. Si una persona yerra con respecto a las leyes
de la naturaleza, esa persona no será capaz de alcanzar sus propios
objetivos. Sin embargo, dado que el fracaso de lograrlo tiene que
cargarlo cada individuo que se equivoca, prevalece en este mundo
un deseo universal de aprender y corregir los propios errores. Los
errores morales también cuestan. No obstante, a diferencia del caso
anterior, su costo no debe, al menos no necesariamente, ser pagado
por cada una y todas las personas que cometieron el error. En realidad,
este sería el caso sólo si el error involucrado fuera el de creer que
todos tienen el derecho a cobrar impuestos y a la toma definitiva de
decisiones referentes a la persona y la propiedad de todos los demás.
Una sociedad cuyos miembros crean esto estaría condenada. El precio
26
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
a pagar por este error sería la muerte universal y la extinción. Sin
embargo, la cuestión es claramente diferente si el error involucrado es
el de creer que una agencia el Estado sola tiene el derecho de cobrar
impuestos y de la toma definitiva de decisiones (en lugar de todos,
o, correctamente, ninguno). Una sociedad cuyos miembros creyeran
esto o sea, que debe haber leyes diferentes que se apliquen en forma
desigual a amos y siervos, cobradores y pagadores de impuestos,
legisladores y legislados puede de hecho existir y perdurar. También
hay que pagar por este error.
P ero no todos los que sostienen este error deben pagar por él de
igual manera. En su lugar, algunas personas tendrán que pagar por él,
mientras otras los funcionarios del Estado realmente se benefician
del mismo error. Por ende, en este caso sería erróneo asumir un deseo
universal por aprender y corregir los propios errores. Al contrario, en
este caso habría que asumir que algunas personas, en lugar de conocer
y promover la verdad, tienen un motivo constante para mentir, es
decir, para mantener y promover falsedades aún si ellos mismos las
reconocen como tales.
E n cualquier caso, entonces, ¿cuáles son las consecuencias
mixtas de, y cuál es el precio desigual a pagar por, el error y/o
la mentira de creer en la justicia de la institución del Estado? Toda
vez que el principio del Gobierno monopolio judicial y poder de
cobrar impuestos es admitido incorrectamente como justo, cualquier
noción de restringir el poder gubernamental y salvaguardar la libertad
individual y la propiedad es ilusoria. Más bien, bajo auspicios
monopólicos el precio de la justicia y la protección aumentará
continuamente y la calidad de la justicia y la protección caerá.
Una agencia financiada mediante impuestos es una contradicción
en términos un expropiador protector de la propiedad y llevará
inevitablemente a más impuestos y menos protección. Aún si, como
algunos estatistas liberales clásicos han propuesto, un gobierno con
sus actividades limitadas exclusivamente a la protección de derechos
de propiedad preexistentes, surgiría la cuestión de cuánta seguridad
producir. Motivado (como todos) por el interés personal y la fatiga del
trabajo, pero con el único poder de cobrar impuestos, la respuesta de
un funcionario del Gobierno será invariablemente la misma:
M aximizar los gastos en protección y casi toda la riqueza
de la nación puede ser concebida como consumible por el costo de
la protección y al mismo tiempo minimizar la producción de la
protección. Cuanto mayor dinero uno pueda gastar y menos se deba
27
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
trabar para producir, se saldrá más ganador.
A demás, un monopolio judicial llevará inevitablemente a un
constante deterioro de la calidad de la justicia y la protección. Si nadie
puede apelar a la justicia excepto la del Gobierno, la justicia será
pervertida a favor del Gobierno, incluyendo las constituciones y las cortes
supremas. Las constituciones y las cortes supremas son constituciones
y agencias estatales, y cualesquiera que sean las limitaciones a la acción
estatal que puedan tener o encontrar, es invariablemente decidido por
agentes de la misma institución en cuestión. Presumiblemente, la
definición de la propiedad y la protección serán continuamente alterados
y el espacio de jurisdicción será expandido en ventaja del Gobierno
hasta que, finalmente, la noción de derechos humanos universales e
inmutables y especialmente de derechos de propiedad desaparecerán
y serán reemplazados por los de la ley como legislación gubernamental
y los derechos como garantías brindadas por el Gobierno.
L os resultados, todos predichos por Rothbard, están ante sus
ojos, para que todos los vean. La carga impositiva impuesta sobre
los propietarios y los productores ha aumentado continuamente,
haciendo que la carga económica de incluso esclavos y siervos
parezca, en comparación, moderada. La deuda gubernamental y
por lo tanto, futuras obligaciones impositivas han aumentado a
niveles espasmódicos. Cada detalle de la vida privada, la propiedad, el
comercio y el contrato es regulado por cada vez mayores montañas de
leyes. De todas formas, la única tarea que se suponía que el Gobierno
tenía que asumir la de proteger nuestra vida y propiedad no la
realiza. Por el contrario, los cada vez más altos gastos en seguridad
social, pública y nacional han aumentado, cuanto más se desgastan
nuestros derechos de la Propiedad Privada, más ha sido expropiada,
confiscada, destruida y devaluada nuestra propiedad. Cuantas más leyes
se producen, se crea mayor incertidumbre legal y daño moral, y la falta
de derechos ha desplazado a la ley y al orden. En lugar de protegernos
del crimen doméstico y la agresión externa, nuestro Gobierno,
equipado con enormes cantidades de armas de destrucción masiva,
ataca contra siempre nuevos Hitlers y supuestos simpatizantes de
Hitler en cualquier parte fuera de su territorio. En resumen, mientras
nos hemos convertido en cada vez más indefensos, empobrecidos,
amenazados, e inseguros, nuestros gobernantes estatales se han hecho
cada vez más corruptos, arrogantes y peligrosamente armados.
28
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
La restauración de la moral: Sobre la liberación.
¿ Q ué hacer, entonces? Rothbard no sólo ha reconstruido la ética de
la libertad y explicado a la ciénaga actual como resultado del estatismo,
también nos ha enseñado el camino hacia la restauración de la moral.
Lo primero y más importante es que nos ha explicado que los Estados,
por poderosos e invencibles que puedan parecer, en definitiva deben su
existencia a ideas, y dado que las ideas pueden, en principio, cambiar
instantáneamente, los Estados pueden ser derribados y destruidos casi
de la noche a la mañana. Los representantes del Estado son siempre
y en todas partes, sólo una pequeña minoría de la población sobre la
cual gobiernan. La razón de esto es tan sencilla como fundamental:
cien parásitos pueden vivir vidas confortables si chupan la sangre
vital de miles de anfitriones productivos, pero miles de parásitos no
pueden vivir confortablemente de una población anfitriona de sólo
cien miembros. Sin embargo, si los agentes gubernamentales son
meramente una pequeña minoría de la población, ¿cómo pueden
forzar su voluntad sobre esa población y salir airosos? La respuesta
que da Rothbard al igual que de la Boetie, Hume, y Mises antes que
él, es: sólo por virtud de la cooperación voluntaria de la mayoría de la
población con el Estado. Pero aún ¿cómo puede el Estado asegurarse
tal cooperación? La respuesta es: sólo debido a que, y en tanto que, la
mayoría de la población crea en la legitimidad del Gobierno estatal.
Esto no quiere decir que la mayoría de la población debe estar de
acuerdo con cada medida estatal. En realidad, bien puede considerar
que muchas políticas estatales están equivocadas e incluso son
despreciables. No obstante, la mayoría de la población debe creer
en la justicia de la institución del Estado como tal, y por ende, que
aún si un Gobierno particular se equivoca, estos errores son meros
accidentes que deben ser aceptados y tolerados en miras a un bien
mayor, provisto por la institución del Gobierno.
P ero ¿cómo se hace para que la mayoría de la población crea esto?
La respuesta es: con la ayuda de los intelectuales. En la antigüedad eso
significaba intentar moldear una alianza entre el Estado y la iglesia.
En la actualidad y en forma mucho más efectiva, esto implica la
nacionalización (socialización) de la educación: a través de escuelas
y universidades estatales o subsidiadas por el Estado. La demanda
del mercado de servicio intelectuales, especialmente en el área de
humanidades y ciencias sociales, no es precisamente alta, estable
y segura. Los intelectuales estarían a la merced de los valores y las
29
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
decisiones de las masas, y las masas generalmente no están interesadas
en cuestiones filosófico-intelectuales. El Estado, por otro lado, destaca
Rothbard, acomoda su ego típicamente exacerbado y está gustoso de
ofrecerle a los intelectuales, una cama cálida, segura y permanente
en su aparato, un ingreso seguro, y la panoplia del prestigio. Y
realmente, el Estado democrático moderno en particular, creó una
masiva sobreoferta de intelectuales.
S u comodidad no garantiza un pensamiento correcto estatista -
por supuesto; y por bien y de más, que generalmente que estén pagados,
los intelectuales continuarán quejándose de cuán poco aprecian los
poderes su tan importante trabajo. Pero seguramente ayuda para llegar
a las conclusiones correctas si uno se da cuenta de que sin el Estado
la institución del cobro de impuestos y la legislación uno podría
quedarse sin trabajo y tendría que probar las propias manos en la
mecánica de los surtidores de combustible, en lugar de preocuparse
con cuestiones tan estresantes como la alienación, la equidad, la
explotación, la deconstrucción del género y los roles sexuales, o la
cultura de los esquimales, de los hopis y de los zulúes. E incluso si
uno se siente menospreciado por esto o eso incumbe al Gobierno, uno
aún se da cuenta de que la ayuda sólo puede venir de otro Gobierno,
y seguramente no de un asalto intelectual sobre la legitimidad de la
institución gubernamental como tal. Entonces, no es de sorprender
que, como hecho empírico, la abrumadora mayoría de los intelectuales
contemporáneos sean directamente izquierdistas e incluso que los
intelectuales más conservadores o de libre mercado, como Friedman o
Hayek, por ejemplo, sean fundamental y filosóficamente estatistas.
D e esta perspectiva de la importancia de las ideas y el rol de
los intelectuales como guardaespaldas del Estado y del estatismo,
entonces, resulta que el papel más decisivo en el proceso de liberación
la restauración de la justicia y la moral debe recaer sobre los
hombros de lo que se podría llamar intelectuales anti-intelectuales. Sin
embargo, ¿cómo podrían tener éxito los intelectuales anti-intelectuales
en deslegimitar al Estado en la opinión pública, especialmente si la
gran mayoría de sus colegas son estatistas y harán todo lo que esté a
su alcance para aislarlos y desacreditarlos como extremistas y locos?
El tiempo me permite sólo hacer unos pocos comentarios breves sobre
esta pregunta.
30
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
Primero:
D ado que uno debe contar con la viciosa oposición de los propios
colegas, para poder enfrentarla, sacársela de encima, es de suma
importancia no basar la propia postura en economía y utilitarismo,
sino en argumentos éticos y morales. Esto es debido a que sólo las
convicciones morales lo proveen a uno del coraje y la fuerza necesarios
en la batalla ideológica. Pocos están inspirados y dispuestos a aceptar
sacrificios si aquello a lo cual se oponen es simple error y derroche. Más
inspiración y coraje pueden surgir de saber que uno está involucrado
en la lucha contra el mal y las mentiras.
(Volveré sobre esto en breve).
Segundo:
R esulta importante reconocer que uno no necesita convertir
a los colegas, es decir, persuadir a los principales intelectuales.
Tal como Thomas Kuhn ha demostrado, esto ya es bastante raro
en ciencias naturales. En ciencias sociales, las conversiones de
visiones previamente sostenidas entre los intelectuales establecidos
son casi inexistentes. En su lugar, uno debería concentrar los
esfuerzos personales en los jóvenes que aún no están comprometidos
intelectualmente, cuyo idealismo también los hace particularmente
receptivos de los argumentos morales y del rigor moral. Y así, uno
debería esquivar al mundo académico y llegar al público general (es
decir, el hombre común educado), que sostiene algunos prejuicios
anti-intelectuales generalmente saludables en los cuales se puede dar
fácilmente.
Tercero:
(volviendo a la importancia de un ataque moral contra el Estado):
E s esencial reconocer que no se puede ceder en el nivel teórico.
Es cierto que uno no debería negarse a cooperar con personas cuyos
puntos de vista estén definitivamente equivocados y confundidos, en
tanto y en cuanto sus objetivos puedan ser clasificados, claramente
y sin ambigüedades, como un paso en la dirección correcta de la
desestatización de la sociedad. Por ejemplo, uno no debería querer
negarse a cooperar con personas que buscan introducir un impuesto a las
rentas plano del 10 por ciento (aunque no deberíamos querer cooperar
con aquellos que quieren combinar esta medida con un aumento del
impuesto a las ventas para lograr neutralidad impositiva, por ejemplo).
Sin embargo, bajo ninguna circunstancia dicha cooperación debe
31
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
llevar a, o alcanzarse mediante, el sacrificio de los propios principios.
El cobro de impuestos es justo o injusto. Y una vez que se lo admite
como justo, ¿cómo se hará para oponerse a un aumento de impuestos?
Por supuesto, la respuesta es que no se puede.
P uesto de otra manera, negociar en el nivel de la teoría, como
se encuentra, por ejemplo, entre los defensores moderados del libre
mercado como Hayek o Friedman o incluso entre los llamados
minarquistas, no sólo es filosóficamente insatisfactorio sino también
ineficiente y contraproducente en la práctica. Sus ideas pueden ser
y de hecho lo son fácilmente cooptadas e incorporadas por los
gobernantes estatales y la ideología estatista. Realmente, cuán a
menudo oímos por parte de estatistas y en defensa de una agenda
estatista, gritar cosas como incluso Hayek (Friedman) dice o ¡ni
siquiera Hayek (Friedman) niega que tal y tal cosa debe ser realizada
por el Estado!
P ersonalmente, pueden no estar contentos al respecto, pero es
innegable que su trabajo se presta a este propósito, y por lo tanto,
que ellos, de grado por fuerza, de hecho contribuyen al continuado e
imbatible crecimiento del poder estatal.
E n otras palabras: negociar en la teoría o el incrementalismo
sólo llevará a la perpetuación de las falsedades, males y mentiras
del estatismo, y sólo el purismo en la teoría, el radicalismo, y la
intransigencia pueden y deben llevar primero a la reforma práctica
gradual, la mejora y la posible victoria final. Por ende, como intelectual
anti-intelectuales en el sentido Rothbardiano uno nunca puede estar
satisfecho con criticar varios locuras gubernamentales, aunque puede
que haya que empezar con eso, pero uno siempre debe proceder de
allí a un ataque fundamentalista sobre la institución del Estado como
un ultraje moral y a sus representantes como fraudes morales y
económicos, mentirosos e impostores como emperadores sin ropa.
E n particular, uno nunca debe dudar de atacar al mismo corazón
de la legitimidad del Estado: su supuesto rol indispensable como
productor de protección de la propiedad y la seguridad. Ya he
demostrado cuán ridículo es este reclamo en términos teóricos: ¿cómo
es posible que una agencia que puede expropiar la propiedad privada
sostenga ser protectora de la propiedad privada? Pero dudosamente
sea menos importante atacar la legitimidad del Estado sobre este
aspecto en términos empíricos. Es decir, destacar y dar por descontada
la cuestión de que, después de todo, los Estados, que son nuestros
32
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
supuestos protectores, son la misma institución responsable por 170
millones de muertes aproximadas sólo en el siglo XX más que las
víctimas del crimen privado en toda la historia de la humanidad (y este
número de víctimas de crímenes privados, de los cuales el Gobierno no
nos protegió, hubiese sido aún mucho menor si los gobiernos en todas
partes y en todos los tiempos no se hubieran esforzado constantemente
en desarmar a sus propios ciudadanos para que los gobiernos por
su parte ¡pudieran convertirse en máquinas asesinas cada vez más
eficientes!) En lugar de tratar a los políticos con respeto, entonces, la
crítica hacia ellos debería aumentar significativamente; no sólo son
ladrones sino también asesinos en masa. Cómo se atreven a exigir
nuestro respeto y lealtad.
¿ P ero una radicalización ideológica categórica y distintiva traerá
los resultados buscados? De hecho, sólo ideas radicales y en realidad
radicalmente sencillas pueden movilizar los sentimientos de las
masas oscuras y apáticas y deslegitimar al Gobierno ante sus ojos.
M e permito citar a Hayek sobre este aspecto (y al hacerlo, espero
también dar a entender que mi crítica bastante fuerte hacia él más
arriba, no debe ser malentendida en el sentido de que no se puede
aprender nada de autores que están fundamentalmente equivocados y
confundidos):
D ebemos construir una sociedad libre, una vez más, un
emprendimiento intelectual, a acto de valentía. Carecemos de
una Utopía liberal, un programa que no parezca una mera defensa
de cosas como son, ni tampoco una suerte de socialismo diluido,
sino un radicalismo verdaderamente liberal que no desperdicie las
susceptibilidades del hábil , que no sea demasiado severamente
práctico y que no se confine a sí mismo a lo que hoy parece
políticamente posible. Necesitamos líderes intelectuales que estén
preparados a resistir las lisonjas del poder y la influencia, y que estén
dispuestos a trabajar por un ideal, por más pequeñas que puedan ser las
perspectivas de su temprana realización. Deben ser hombres dispuestos
a aferrarse a principios y a luchar por su completa realización, por más
remota que sea. El libre comercio y la libertad de oportunidades son
ideas que aún pueden causar imaginaciones en muchas personas, pero
una mera razonable libertad de comercio o una mera disminución
de los controles no es ni intelectualmente respetable ni es probable
que inspire ningún entusiasmo A menos que podamos hacer que
los fundamentos filosóficos de una sociedad libre sean una vez más
una cuestión intelectual, y su implementación una tarea que desafíe
33
Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
la ingenuidad e imaginación de nuestras mentes más despiertas, las
perspectivas de la libertad son realmente oscuras. Pero si podemos
recuperar esa fe en el poder de las ideas que fue el logro del liberalismo
en su mejor momento, la batalla no está perdida.
H ayek por supuesto no siguió su propio consejo para proveernos
de una teoría consistente e inspiradora. Su Utopía, desarrollada en su
C onstitución de la Libertad, es la visión bastante poco inspiradora
del Estado de bienestar sueco. En su lugar, fue Rothbard quien
hizo lo que Hayek reconoció como necesario para una renovación
del liberalismo clásico; y si hay algo que pueda revertir la marea
aparentemente incontenible de estatismo y restituir la justicia y la
libertad, es el ejemplo personal brindado por Murray Rothbard y la
difusión del Rothbardianismo.
libertad y la propiedad.
T odos los errores cuestan. Esto resulta más evidente con las
leyes de la naturaleza. Si una persona yerra con respecto a las leyes
de la naturaleza, esa persona no será capaz de alcanzar sus propios
objetivos. Sin embargo, dado que el fracaso de lograrlo tiene que
cargarlo cada individuo que se equivoca, prevalece en este mundo
un deseo universal de aprender y corregir los propios errores. Los
errores morales también cuestan. No obstante, a diferencia del caso
anterior, su costo no debe, al menos no necesariamente, ser pagado
por cada una y todas las personas que cometieron el error. En realidad,
este sería el caso sólo si el error involucrado fuera el de creer que
todos tienen el derecho a cobrar impuestos y a la toma definitiva de
decisiones referentes a la persona y la propiedad de todos los demás.
Una sociedad cuyos miembros crean esto estaría condenada. El precio
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Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
a pagar por este error sería la muerte universal y la extinción. Sin
embargo, la cuestión es claramente diferente si el error involucrado es
el de creer que una agencia el Estado sola tiene el derecho de cobrar
impuestos y de la toma definitiva de decisiones (en lugar de todos,
o, correctamente, ninguno). Una sociedad cuyos miembros creyeran
esto o sea, que debe haber leyes diferentes que se apliquen en forma
desigual a amos y siervos, cobradores y pagadores de impuestos,
legisladores y legislados puede de hecho existir y perdurar. También
hay que pagar por este error.
P ero no todos los que sostienen este error deben pagar por él de
igual manera. En su lugar, algunas personas tendrán que pagar por él,
mientras otras los funcionarios del Estado realmente se benefician
del mismo error. Por ende, en este caso sería erróneo asumir un deseo
universal por aprender y corregir los propios errores. Al contrario, en
este caso habría que asumir que algunas personas, en lugar de conocer
y promover la verdad, tienen un motivo constante para mentir, es
decir, para mantener y promover falsedades aún si ellos mismos las
reconocen como tales.
E n cualquier caso, entonces, ¿cuáles son las consecuencias
mixtas de, y cuál es el precio desigual a pagar por, el error y/o
la mentira de creer en la justicia de la institución del Estado? Toda
vez que el principio del Gobierno monopolio judicial y poder de
cobrar impuestos es admitido incorrectamente como justo, cualquier
noción de restringir el poder gubernamental y salvaguardar la libertad
individual y la propiedad es ilusoria. Más bien, bajo auspicios
monopólicos el precio de la justicia y la protección aumentará
continuamente y la calidad de la justicia y la protección caerá.
Una agencia financiada mediante impuestos es una contradicción
en términos un expropiador protector de la propiedad y llevará
inevitablemente a más impuestos y menos protección. Aún si, como
algunos estatistas liberales clásicos han propuesto, un gobierno con
sus actividades limitadas exclusivamente a la protección de derechos
de propiedad preexistentes, surgiría la cuestión de cuánta seguridad
producir. Motivado (como todos) por el interés personal y la fatiga del
trabajo, pero con el único poder de cobrar impuestos, la respuesta de
un funcionario del Gobierno será invariablemente la misma:
M aximizar los gastos en protección y casi toda la riqueza
de la nación puede ser concebida como consumible por el costo de
la protección y al mismo tiempo minimizar la producción de la
protección. Cuanto mayor dinero uno pueda gastar y menos se deba
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trabar para producir, se saldrá más ganador.
A demás, un monopolio judicial llevará inevitablemente a un
constante deterioro de la calidad de la justicia y la protección. Si nadie
puede apelar a la justicia excepto la del Gobierno, la justicia será
pervertida a favor del Gobierno, incluyendo las constituciones y las cortes
supremas. Las constituciones y las cortes supremas son constituciones
y agencias estatales, y cualesquiera que sean las limitaciones a la acción
estatal que puedan tener o encontrar, es invariablemente decidido por
agentes de la misma institución en cuestión. Presumiblemente, la
definición de la propiedad y la protección serán continuamente alterados
y el espacio de jurisdicción será expandido en ventaja del Gobierno
hasta que, finalmente, la noción de derechos humanos universales e
inmutables y especialmente de derechos de propiedad desaparecerán
y serán reemplazados por los de la ley como legislación gubernamental
y los derechos como garantías brindadas por el Gobierno.
L os resultados, todos predichos por Rothbard, están ante sus
ojos, para que todos los vean. La carga impositiva impuesta sobre
los propietarios y los productores ha aumentado continuamente,
haciendo que la carga económica de incluso esclavos y siervos
parezca, en comparación, moderada. La deuda gubernamental y
por lo tanto, futuras obligaciones impositivas han aumentado a
niveles espasmódicos. Cada detalle de la vida privada, la propiedad, el
comercio y el contrato es regulado por cada vez mayores montañas de
leyes. De todas formas, la única tarea que se suponía que el Gobierno
tenía que asumir la de proteger nuestra vida y propiedad no la
realiza. Por el contrario, los cada vez más altos gastos en seguridad
social, pública y nacional han aumentado, cuanto más se desgastan
nuestros derechos de la Propiedad Privada, más ha sido expropiada,
confiscada, destruida y devaluada nuestra propiedad. Cuantas más leyes
se producen, se crea mayor incertidumbre legal y daño moral, y la falta
de derechos ha desplazado a la ley y al orden. En lugar de protegernos
del crimen doméstico y la agresión externa, nuestro Gobierno,
equipado con enormes cantidades de armas de destrucción masiva,
ataca contra siempre nuevos Hitlers y supuestos simpatizantes de
Hitler en cualquier parte fuera de su territorio. En resumen, mientras
nos hemos convertido en cada vez más indefensos, empobrecidos,
amenazados, e inseguros, nuestros gobernantes estatales se han hecho
cada vez más corruptos, arrogantes y peligrosamente armados.
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Socialismo
La restauración de la moral: Sobre la liberación.
¿ Q ué hacer, entonces? Rothbard no sólo ha reconstruido la ética de
la libertad y explicado a la ciénaga actual como resultado del estatismo,
también nos ha enseñado el camino hacia la restauración de la moral.
Lo primero y más importante es que nos ha explicado que los Estados,
por poderosos e invencibles que puedan parecer, en definitiva deben su
existencia a ideas, y dado que las ideas pueden, en principio, cambiar
instantáneamente, los Estados pueden ser derribados y destruidos casi
de la noche a la mañana. Los representantes del Estado son siempre
y en todas partes, sólo una pequeña minoría de la población sobre la
cual gobiernan. La razón de esto es tan sencilla como fundamental:
cien parásitos pueden vivir vidas confortables si chupan la sangre
vital de miles de anfitriones productivos, pero miles de parásitos no
pueden vivir confortablemente de una población anfitriona de sólo
cien miembros. Sin embargo, si los agentes gubernamentales son
meramente una pequeña minoría de la población, ¿cómo pueden
forzar su voluntad sobre esa población y salir airosos? La respuesta
que da Rothbard al igual que de la Boetie, Hume, y Mises antes que
él, es: sólo por virtud de la cooperación voluntaria de la mayoría de la
población con el Estado. Pero aún ¿cómo puede el Estado asegurarse
tal cooperación? La respuesta es: sólo debido a que, y en tanto que, la
mayoría de la población crea en la legitimidad del Gobierno estatal.
Esto no quiere decir que la mayoría de la población debe estar de
acuerdo con cada medida estatal. En realidad, bien puede considerar
que muchas políticas estatales están equivocadas e incluso son
despreciables. No obstante, la mayoría de la población debe creer
en la justicia de la institución del Estado como tal, y por ende, que
aún si un Gobierno particular se equivoca, estos errores son meros
accidentes que deben ser aceptados y tolerados en miras a un bien
mayor, provisto por la institución del Gobierno.
P ero ¿cómo se hace para que la mayoría de la población crea esto?
La respuesta es: con la ayuda de los intelectuales. En la antigüedad eso
significaba intentar moldear una alianza entre el Estado y la iglesia.
En la actualidad y en forma mucho más efectiva, esto implica la
nacionalización (socialización) de la educación: a través de escuelas
y universidades estatales o subsidiadas por el Estado. La demanda
del mercado de servicio intelectuales, especialmente en el área de
humanidades y ciencias sociales, no es precisamente alta, estable
y segura. Los intelectuales estarían a la merced de los valores y las
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decisiones de las masas, y las masas generalmente no están interesadas
en cuestiones filosófico-intelectuales. El Estado, por otro lado, destaca
Rothbard, acomoda su ego típicamente exacerbado y está gustoso de
ofrecerle a los intelectuales, una cama cálida, segura y permanente
en su aparato, un ingreso seguro, y la panoplia del prestigio. Y
realmente, el Estado democrático moderno en particular, creó una
masiva sobreoferta de intelectuales.
S u comodidad no garantiza un pensamiento correcto estatista -
por supuesto; y por bien y de más, que generalmente que estén pagados,
los intelectuales continuarán quejándose de cuán poco aprecian los
poderes su tan importante trabajo. Pero seguramente ayuda para llegar
a las conclusiones correctas si uno se da cuenta de que sin el Estado
la institución del cobro de impuestos y la legislación uno podría
quedarse sin trabajo y tendría que probar las propias manos en la
mecánica de los surtidores de combustible, en lugar de preocuparse
con cuestiones tan estresantes como la alienación, la equidad, la
explotación, la deconstrucción del género y los roles sexuales, o la
cultura de los esquimales, de los hopis y de los zulúes. E incluso si
uno se siente menospreciado por esto o eso incumbe al Gobierno, uno
aún se da cuenta de que la ayuda sólo puede venir de otro Gobierno,
y seguramente no de un asalto intelectual sobre la legitimidad de la
institución gubernamental como tal. Entonces, no es de sorprender
que, como hecho empírico, la abrumadora mayoría de los intelectuales
contemporáneos sean directamente izquierdistas e incluso que los
intelectuales más conservadores o de libre mercado, como Friedman o
Hayek, por ejemplo, sean fundamental y filosóficamente estatistas.
D e esta perspectiva de la importancia de las ideas y el rol de
los intelectuales como guardaespaldas del Estado y del estatismo,
entonces, resulta que el papel más decisivo en el proceso de liberación
la restauración de la justicia y la moral debe recaer sobre los
hombros de lo que se podría llamar intelectuales anti-intelectuales. Sin
embargo, ¿cómo podrían tener éxito los intelectuales anti-intelectuales
en deslegimitar al Estado en la opinión pública, especialmente si la
gran mayoría de sus colegas son estatistas y harán todo lo que esté a
su alcance para aislarlos y desacreditarlos como extremistas y locos?
El tiempo me permite sólo hacer unos pocos comentarios breves sobre
esta pregunta.
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Libertad o
Socialismo
Primero:
D ado que uno debe contar con la viciosa oposición de los propios
colegas, para poder enfrentarla, sacársela de encima, es de suma
importancia no basar la propia postura en economía y utilitarismo,
sino en argumentos éticos y morales. Esto es debido a que sólo las
convicciones morales lo proveen a uno del coraje y la fuerza necesarios
en la batalla ideológica. Pocos están inspirados y dispuestos a aceptar
sacrificios si aquello a lo cual se oponen es simple error y derroche. Más
inspiración y coraje pueden surgir de saber que uno está involucrado
en la lucha contra el mal y las mentiras.
(Volveré sobre esto en breve).
Segundo:
R esulta importante reconocer que uno no necesita convertir
a los colegas, es decir, persuadir a los principales intelectuales.
Tal como Thomas Kuhn ha demostrado, esto ya es bastante raro
en ciencias naturales. En ciencias sociales, las conversiones de
visiones previamente sostenidas entre los intelectuales establecidos
son casi inexistentes. En su lugar, uno debería concentrar los
esfuerzos personales en los jóvenes que aún no están comprometidos
intelectualmente, cuyo idealismo también los hace particularmente
receptivos de los argumentos morales y del rigor moral. Y así, uno
debería esquivar al mundo académico y llegar al público general (es
decir, el hombre común educado), que sostiene algunos prejuicios
anti-intelectuales generalmente saludables en los cuales se puede dar
fácilmente.
Tercero:
(volviendo a la importancia de un ataque moral contra el Estado):
E s esencial reconocer que no se puede ceder en el nivel teórico.
Es cierto que uno no debería negarse a cooperar con personas cuyos
puntos de vista estén definitivamente equivocados y confundidos, en
tanto y en cuanto sus objetivos puedan ser clasificados, claramente
y sin ambigüedades, como un paso en la dirección correcta de la
desestatización de la sociedad. Por ejemplo, uno no debería querer
negarse a cooperar con personas que buscan introducir un impuesto a las
rentas plano del 10 por ciento (aunque no deberíamos querer cooperar
con aquellos que quieren combinar esta medida con un aumento del
impuesto a las ventas para lograr neutralidad impositiva, por ejemplo).
Sin embargo, bajo ninguna circunstancia dicha cooperación debe
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llevar a, o alcanzarse mediante, el sacrificio de los propios principios.
El cobro de impuestos es justo o injusto. Y una vez que se lo admite
como justo, ¿cómo se hará para oponerse a un aumento de impuestos?
Por supuesto, la respuesta es que no se puede.
P uesto de otra manera, negociar en el nivel de la teoría, como
se encuentra, por ejemplo, entre los defensores moderados del libre
mercado como Hayek o Friedman o incluso entre los llamados
minarquistas, no sólo es filosóficamente insatisfactorio sino también
ineficiente y contraproducente en la práctica. Sus ideas pueden ser
y de hecho lo son fácilmente cooptadas e incorporadas por los
gobernantes estatales y la ideología estatista. Realmente, cuán a
menudo oímos por parte de estatistas y en defensa de una agenda
estatista, gritar cosas como incluso Hayek (Friedman) dice o ¡ni
siquiera Hayek (Friedman) niega que tal y tal cosa debe ser realizada
por el Estado!
P ersonalmente, pueden no estar contentos al respecto, pero es
innegable que su trabajo se presta a este propósito, y por lo tanto,
que ellos, de grado por fuerza, de hecho contribuyen al continuado e
imbatible crecimiento del poder estatal.
E n otras palabras: negociar en la teoría o el incrementalismo
sólo llevará a la perpetuación de las falsedades, males y mentiras
del estatismo, y sólo el purismo en la teoría, el radicalismo, y la
intransigencia pueden y deben llevar primero a la reforma práctica
gradual, la mejora y la posible victoria final. Por ende, como intelectual
anti-intelectuales en el sentido Rothbardiano uno nunca puede estar
satisfecho con criticar varios locuras gubernamentales, aunque puede
que haya que empezar con eso, pero uno siempre debe proceder de
allí a un ataque fundamentalista sobre la institución del Estado como
un ultraje moral y a sus representantes como fraudes morales y
económicos, mentirosos e impostores como emperadores sin ropa.
E n particular, uno nunca debe dudar de atacar al mismo corazón
de la legitimidad del Estado: su supuesto rol indispensable como
productor de protección de la propiedad y la seguridad. Ya he
demostrado cuán ridículo es este reclamo en términos teóricos: ¿cómo
es posible que una agencia que puede expropiar la propiedad privada
sostenga ser protectora de la propiedad privada? Pero dudosamente
sea menos importante atacar la legitimidad del Estado sobre este
aspecto en términos empíricos. Es decir, destacar y dar por descontada
la cuestión de que, después de todo, los Estados, que son nuestros
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Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
supuestos protectores, son la misma institución responsable por 170
millones de muertes aproximadas sólo en el siglo XX más que las
víctimas del crimen privado en toda la historia de la humanidad (y este
número de víctimas de crímenes privados, de los cuales el Gobierno no
nos protegió, hubiese sido aún mucho menor si los gobiernos en todas
partes y en todos los tiempos no se hubieran esforzado constantemente
en desarmar a sus propios ciudadanos para que los gobiernos por
su parte ¡pudieran convertirse en máquinas asesinas cada vez más
eficientes!) En lugar de tratar a los políticos con respeto, entonces, la
crítica hacia ellos debería aumentar significativamente; no sólo son
ladrones sino también asesinos en masa. Cómo se atreven a exigir
nuestro respeto y lealtad.
¿ P ero una radicalización ideológica categórica y distintiva traerá
los resultados buscados? De hecho, sólo ideas radicales y en realidad
radicalmente sencillas pueden movilizar los sentimientos de las
masas oscuras y apáticas y deslegitimar al Gobierno ante sus ojos.
M e permito citar a Hayek sobre este aspecto (y al hacerlo, espero
también dar a entender que mi crítica bastante fuerte hacia él más
arriba, no debe ser malentendida en el sentido de que no se puede
aprender nada de autores que están fundamentalmente equivocados y
confundidos):
D ebemos construir una sociedad libre, una vez más, un
emprendimiento intelectual, a acto de valentía. Carecemos de
una Utopía liberal, un programa que no parezca una mera defensa
de cosas como son, ni tampoco una suerte de socialismo diluido,
sino un radicalismo verdaderamente liberal que no desperdicie las
susceptibilidades del hábil , que no sea demasiado severamente
práctico y que no se confine a sí mismo a lo que hoy parece
políticamente posible. Necesitamos líderes intelectuales que estén
preparados a resistir las lisonjas del poder y la influencia, y que estén
dispuestos a trabajar por un ideal, por más pequeñas que puedan ser las
perspectivas de su temprana realización. Deben ser hombres dispuestos
a aferrarse a principios y a luchar por su completa realización, por más
remota que sea. El libre comercio y la libertad de oportunidades son
ideas que aún pueden causar imaginaciones en muchas personas, pero
una mera razonable libertad de comercio o una mera disminución
de los controles no es ni intelectualmente respetable ni es probable
que inspire ningún entusiasmo A menos que podamos hacer que
los fundamentos filosóficos de una sociedad libre sean una vez más
una cuestión intelectual, y su implementación una tarea que desafíe
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Hans Hoppe
Libertad o
Socialismo
la ingenuidad e imaginación de nuestras mentes más despiertas, las
perspectivas de la libertad son realmente oscuras. Pero si podemos
recuperar esa fe en el poder de las ideas que fue el logro del liberalismo
en su mejor momento, la batalla no está perdida.
H ayek por supuesto no siguió su propio consejo para proveernos
de una teoría consistente e inspiradora. Su Utopía, desarrollada en su
C onstitución de la Libertad, es la visión bastante poco inspiradora
del Estado de bienestar sueco. En su lugar, fue Rothbard quien
hizo lo que Hayek reconoció como necesario para una renovación
del liberalismo clásico; y si hay algo que pueda revertir la marea
aparentemente incontenible de estatismo y restituir la justicia y la
libertad, es el ejemplo personal brindado por Murray Rothbard y la
difusión del Rothbardianismo.
